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Treinta años de la gala del Carnaval que inauguró el recinto ferial bajo la dirección de Eduardo Bazo

La inauguración de los concursos se aplazó por goteras; Maxi Carvajal, de Diablos Locos, se cayó de un burro en la final, y la gala, de casi cuatro horas

Eduarzo Bazo solicitó la presencia del presidente del Cabildo para que le garantizaran que se subsanarían las goteras en la inauguración.

Eduarzo Bazo solicitó la presencia del presidente del Cabildo para que le garantizaran que se subsanarían las goteras en la inauguración. / Jesús Adán

Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

El Carnaval 2026, dedicado a los Ritmos Latinos, conmemorará los treinta años de la inauguración del Centro de Ferias y Congresos de Tenerife.

El popular Recinto Ferial, promovido por el entonces presidente del Cabildo de Tenerife, Adán Martín Menis, y diseñado por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava, tenía un presupuesto inicial de 2.800 millones de pesetas, que acabó superando los 4.000 millones, según datos de la época.

Al frente del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife estaba Miguel Zerolo, y en la Concejalía de Fiestas, Dámaso Arteaga, quien era conocedor de la carrera contrarreloj necesaria para que todo estuviera a punto para la doble inauguración —del Carnaval y del recinto ferial—, anunciada inicialmente para el viernes 2 de febrero.

Una apuesta arriesgada

Hipopotecar el éxito de los actos al estreno del nuevo aforo era un riesgo que hizo suyo Arteaga: «Asumiré la responsabilidad de esta aventura», declaró el 31 de diciembre de 1995 a la prensa, cuando todavía no había comenzado el montaje porque, entre otras cosas, el recinto ferial seguía en obras.

Fue una edición de cambios e improvisaciones, marcada por el empeño de celebrar el Carnaval bajo techo y dejar atrás no solo los tiempos de la Plaza de España, sino también la etapa de José Antonio Plaza.

Las Palmas se adelanta

En los prolegómenos, la fiesta de Las Palmas encontró en Francis Suárez y Geni Afonso, miembros del equipo de Jaime Azpilicueta en Tenerife, a dos directores para reflotar la elección de la Reina de la Plaza de San Ana.

Con ellos, el certamen dio el salto a Santa Catalina, donde cosechó un gran éxito.

Las Palmas había movido ficha con antelación, mientras Santa Cruz buscaba director artístico para sus actos y se debatía entre Sergio García, avalado por su trabajo en la etapa del Guimerá, y Francis Suárez, que ya había firmado con la organización grancanaria.

El alcalde Miguel Zerolo descartó tener un director «a tiempo compartido», y menos con Las Palmas.

Eduardo Bazo, la apuesta chicharrera

Finalmente, el alcalde chicharrero se decantó por Eduardo Bazo, sobrino del recordado caricaturista Francisco Martínez y miembro de una familia portuense de reconocido prestigio.

A sus 34 años, Bazo, que percibió 4.500.000 pesetas por la dirección artística, era reconocido por su labor en el mundo del espectáculo en Madrid.

De su mano llegó Mamo Marrero, escenógrafo que se inspiró en el lema del Carnaval, ¡Viva México!, para recrear el primer decorado instalado en el Recinto Ferial, dispuesto a lo ancho, en la zona más próxima a la sede de Cajasiete.

Un decorado de película

El poblado mexicano fue construido por la empresa Chacena, habitual en las producciones del cineasta manchego Pedro Almodóvar, y supuso un desembolso de 20 millones de pesetas, el más barato de las seis ediciones anteriores, gracias a que se desarrollaba en el recinto ferial y no en la Plaza de España.

Tenía 700 metros cuadrados, con 20 de profundidad y 30 de frente, además de una pasarela de 50 metros de largo.

Aunque inicialmente se anunciaron 5.200 localidades, finalmente se habilitaron 7.500 para el público.

“Quiero devolver el humor al Carnaval”

«Quiero hacer una gala menos comercial y más para el pueblo», anunció en sus primeras entrevistas Eduardo Bazo, que apostó por un espectáculo más corto y con mucho ritmo. «Quiero devolver el humor al Carnaval», añadió, y para lograrlo contó con Juan Luis Calero como guionista del espectáculo.

El año de los contratiempos

Aquel año, el cartel anunciador, de estilo veneciano, fue obra de Elena Lecuona, también autora de la lámina conmemorativa de la inauguración del recinto, que se entregó el día de la gala.

La organización recuperó a Juan Viñas para la gerencia, después de que Gustavo de Armas dirigiera el Organismo Autónomo de Fiestas entre 1992 y 1995.

En 1996, La Laguna decidió suspender su Carnaval y apostar por otras fiestas; La Orotava vio retrasado el montaje del decorado por las lluvias, mientras Santa Cruz luchaba para que la construcción llegara a tiempo.

Fue el año en que la capital permitió la entrada de Tropicana de Candelaria en concurso y dejó fuera a Trapaseros, porque el Norte tenía su propio certamen, aunque con solo cinco murgas.

El estreno bajo la lluvia

El Carnaval de México comenzó mal.

El viernes 2 de febrero se aplazó la gala inaugural al día siguiente por las goteras que caían desde la espina dorsal de la nave central: llovía más dentro que fuera.

Durante el ensayo, el director artístico se plantó y exigió la presencia del presidente del Cabildo si querían que no tirara la toalla.

Y allí se presentó Adán Martín.

El sábado, a las 20:30 horas, se celebró la inauguración, y el inicio del primer concurso se retrasó a las 22:30 horas.

Una gala polémica

También la gala de la Reina había cambiado de fecha. Con 29 aspirantes, cifra récord, se adelantó al miércoles 24 de febrero para evitar la pegada de carteles de la campaña electoral que arrancaba el viernes 26.

Antes se celebraron los concursos. En la final de murgas, Diablos Locos, dirigidos por Maxi Carvajal, que se estrenaba como director, irrumpieron en un burro… que acabó cayendo al borde de la rampa.

La gala del miércoles 14 comenzó con 25 minutos de retraso, duró cuatro horas, y —lo peor— provocó una queja del Consulado de México por exaltar la imagen de ciudadanos ebrios.

Aquel fue el año en que ganó la llamada «reina calva», presentada por Justo Gutiérrez “Ra”, pero que quedó en el olvido gracias a que, un lustro después, llegó Rafael Amargo, quien —dicen— hizo “bueno” a Eduardo Bazo.

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