Gente con historia
Carlos Yeray Benítez: «Todos podemos ser héroes de nuestra propia historia»
Carlos Yeray Benítez decidió crear un cuento, la historia de Fyrel, para explicar a su hijo la realidad adoptiva desde el amor y la fantasía. Profesor de Francés y vecino de Añaza, relata su experiencia: desde el día en que conoció a su marido al momento en que decidieron adoptar y, luego, la llegada del amigo de Fyrel.

Carlos Yeray Benítez, profesor de Francés y vecino de Añaza. / MARÍA PISACA

La conversación surge por la presentación del segundo libro de Carlos Yeray Benítez Flores y se centra en la experiencia vital desde la franqueza con el que este docente y vecino de Añaza acompaña la conversación. Habla con la serenidad de quien ha encontrado en los cuentos una forma de transformar su propia vida, la misma que le permitió contarle a su hijo su historia de amor.
Profesor de francés y padre adoptivo, decidió en 2023 narrarle una historia a su hijo para que se durmiera la siesta. Y nació Fyrel, el protagonista de un cuento que hoy recorre aulas y bibliotecas de Canarias y que desde este sábado tiene un segundo volumen en el que narra sus aventuras en Tajogaite. Lo que comenzó como un relato improvisado en casa se convirtió en una saga que ya viaja por las ocho islas.
Carlos Yeray nació en Santa Cruz de Tenerife el 13 de diciembre de 1989. Se crió con sus abuelos hasta los nueve años, y luego con su madre, en el barrio de Añaza. Estudió Filología Francesa en la Universidad de La Laguna, completó un máster en Profesorado y hoy imparte clases de Francés.
«Me casé en 2018 con un profesor de inglés. Nos conocimos en la universidad, en la misma facultad. Desde que nos conocimos, en 2011, teníamos claro que queríamos ser papás». La adopción fue una meta compartida. «Teníamos claro que queríamos ser padres desde el principio, pero primero había que cumplir etapas: acabar la carrera, encontrar trabajo, convivir, casarnos y tener estabilidad. La adopción fue la fresa del pastel».

Carlos Benítez muestra el interior de su libro. / María Pisaca
En 2019 iniciaron los trámites. «Nos dijeron que la espera podía ser de seis años. En nuestro caso, fueron dos años y cuatro meses”, recuerda. Carlos Yeray y su marido se apuntaron a dos listas: la de niños de entre 0 y 3 años, y la de niños con características especiales. «Mi marido tiene pérdida auditiva leve. Dijimos que podíamos acoger a un niño con esa condición, o con diabetes, o alguna cardiopatía. También estábamos dispuestos a acoger un grupo de hermanos», explica.
En 2022 llegó la llamada. «Estaba en el claustro final de curso. Me llamaron del servicio de adopción y me dijeron que me habían asignado un niño con una característica especial: un pequeño soplito en el corazón, que después se cerró solo».
Emociona al recordar la escena. «Fui corriendo a comprar globos, preparé todo en la cocina y le dije a mi marido: Felicidades, papá. Fue uno de los momentos más bonitos de mi vida».
El proceso de acoplamiento comenzó en agosto de 2022. «Durante quince días vivimos en la isla donde estaba el niño. Pasábamos el día con él, desayunábamos, comíamos, hacíamos siestas, para que nos fuera conociendo sin provocarle dolor. Todos los niños adoptados sufren pérdidas, pero así el proceso fue más humano».
El profesor Carlos Benítez crea un cuento para explicar a su hijo cómo es una adopción
Su hijo había estado desde bebé con una familia de acogida, lo que le evitó heridas más profundas. «Por suerte, no pasó por centros. Fue un privilegiado», reconoce Carlos Yeray. Desde entonces, la familia vive plenamente unida. «Llevamos tres años juntos. Él tiene cinco. Al principio el concepto de familia era difuso para él, pero ahora sabe perfectamente quiénes somos».
Sobre los prejuicios, Carlos Yeray habla con naturalidad: «En Canarias estamos muy beneficiados. Aquí nos ven con nuestro hijo y somos una familia más. En otras partes de España sí hemos notado miradas raras, pero aquí hay una normalidad maravillosa».
El momento más complicado, confiesa, fue el papeleo posterior. «El proceso no acaba cuando adoptas. Primero eres papá acogente con fines adoptivos, y la tutela sigue siendo del servicio hasta que un juez dicta la adopción plena. Es un sistema necesario, pero agotador».
Una tarde cualquiera, mientras contaba cuentos, se acabaron las historias que tenía en casa. «Mi hijo me dijo: ‘invéntate una’. Y nació Fyrel», recuerda sonriendo.
El relato narra la historia de un niño que nace en el fondo del océano de las Islas Canarias y es adoptado por dos papás guanches. Cuando Guayota lanza una maldición sobre el reino, Fyrel debe salvarlo. «Quería que mi hijo entendiera que da igual la raza, el origen o el tipo de familia. Todos podemos ser héroes de nuestra historia», explica.
Tras la erupción en La Palma, el personaje de Fyrel siguió creciendo. «Vi que podía explorar nuevos universos. Empecé a escribir sobre leyendas canarias, porque la literatura infantil de aquí apenas trata la diversidad. Siempre es la misma historia del guanche o el rey, pero faltan otras voces».
En sus libros también aborda el maltrato animal. «En casa adoptamos podencos. En el primer cuento, Fyrel salva a un podenco herido por una flecha. En el segundo, se inspira en los perros atrapados por la lava de La Palma». El libro se encuadra dentro de la temática LGTBI y de adopción. «Hay dos papás guanches. Por eso forma parte del rincón violeta», señala. En su vida real, también ha llevado esa educación a las aulas. «He ido al colegio de mi hijo, he hecho talleres y charlas para que sus compañeros comprendan su realidad. Lo ven con total normalidad».
Antes de finalizar, una confidencia. Otra más. «Mira, mi hijo es un privilegiado, y nosotros también. Vivir en Canarias, donde la diversidad se vive con naturalidad, nos ha permitido ser familia sin etiquetas». Y sonríe, mientras Fyrel, el hijo de papel de Carlos Yeray, recorre mundos.
Un día para recordar
Yeray y su marido participan en asociaciones como Copile, de familias acogentes y adoptivas, y Cora, a nivel nacional. Sobre la paternidad, lo tiene claro: “Un hijo, adoptado o biológico, puede unir más a una pareja. En nuestro caso, nos ha unido muchísimo. Hoy se conmemora el Día Mundial de la Adopción. Para Yeray, la adopción no es una fiesta. «No es un día para celebrar, sino para recordar y dar visibilidad. Mi hijo no eligió ser adoptado. Las circunstancias lo llevaron a eso. Por eso, más que celebrar, hay que acompañar».
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