Sergio Giménez, el último tallista que da alma a la madera en Santa Cruz
Forma la tercera generación de una familia de talladores de Granada, donde su tío hizo las imágenes de La Macarena o la Virgen del Pilar. Lleva desde los 14 años labrando desde retablos a juegos de cuartos o molduras.

Sergio Giménez, tallista de madera / Andrés Gutiérrez

En pleno corazón de El Toscal, Sergio Giménez (Santa Cruz de Tenerife, 1963) mantiene viva una tradición que languidece en Canarias: la talla artesanal en madera. Es heredero de una familia de tallistas granadinos, que considera la mejor escuela en este arte que ha dejado su sello: desde un retablo a trinchantes, juegos de cuarto o molduras para cuadros.
«Mi padre y mi tío llegaron desde Granada en los años cincuenta del siglo pasado. Mi padre vino destinado en el servicio militar con mi madre y se quedaron. Así empezó todo», cuenta.
Una herencia familiar tallada en madera
Su tío, Antonio Giménez, fue autor de imágenes tan veneradas tanto en Santa Cruz como en la Diócesis de Tenerife como la Esperanza Macarena, de la parroquia de La Concepción, o la Virgen del Pilar y su camerino, en la iglesia del mismo nombre, entre otras.
«Aprendí de ellos. En mi familia, mi abuelo, mi padre y mis tíos fueron tallistas».
Rememora que «con 14 años empecé de chico de los recados en el taller de mi padre, en la calle Santa Rosa de Lima, debajo de la antigua clínica de Felipe Coello». Huérfano desde joven, se quedó al frente del taller cuando apenas había cumplido veinte años.
«Mi padre murió en 1985. Yo salí del cuartel y me tocó seguir solo, y hasta la fecha».
Manos que dan forma al alma
Con sus manos tiene la habilidad de transformar un listón de madera en un retablo, una consola o un espejo barroco.
«Todo empieza con el dibujo. Se traslada a escala real, se recorta, se talla y, después, se dora o barniza a muñeca. No hay máquinas ni químicos. Todo es artesanal».
En su carrera ha trabajado en una decena de retablos, entre ellos los de Los Sauces, Tazacorte o Los Remedios, en La Palma, y el de Arico, en Tenerife, además de piezas para capillas.
«Cada obra tiene su historia, pero quizá el retablo de Los Sauces sea el que más cariño me da. Lo empecé con mi padre y lo terminé yo», expone con parsimonia.
El oficio que se apaga
Los juegos de cuarto tallados, las consolas, los muebles artesanales, en general, vivieron una época de oro en los años ochenta y noventa, hasta el punto que el padre de Sergio tuvo que pedir a su tío que se trasladara desde Granada para ayudarle.
«Había demanda y respeto por el oficio», señala.
Pero el tiempo cambió: «Un armario hecho a mano no puede competir con uno industrial en precio ni en tiempo».
Hoy, Sergio no tiene competencia.
«Tallistas como yo, ya no hay. Pregunté en las madereras y me dicen que no conocen a nadie. Los que quedaban se jubilaron. Los jóvenes no quieren saber nada de esto. Prefieren sentarse en una oficina», expone con resignación.
El cedro, lujo de pocos
El encarecimiento del material tampoco ayuda:
«El cedro, que costaba 980 euros el metro cúbico, ahora está a más de 6.000. Y ni se consigue. Hay que recurrir a maderas blandas, de menor calidad».
Cuenta que «cuando el Viera y Clavijo estaba abandonado, propusimos crear allí una escuela de oficios. Podrían enseñar talla, barnizado, tornería, etc. Era el sitio ideal. Pero nunca se hizo».
Defiende que los oficios artesanos deben enseñarse en contacto con la materia, no solo en aulas.
«Rompiendo madera se aprende», dice sonriendo.
El arte sacro y la fe en el trabajo
Aunque buena parte de su obra está vinculada al arte sacro, asegura que la pérdida de fe no es la causa de la decadencia del oficio.
«No creo que haya menos encargos por eso. Lo que pasa es que ya no se hacen iglesias nuevas, solo restauraciones. Y esas sí siguen, por suerte».
Casado desde 1985 y padre de dos hijos, Sergio ha sacado adelante a su familia con su trabajo y deja un consejo para las nuevas generaciones:
De esto «se vive, pero es muy sacrificado».
El evangelio de la madera
Sobre una pieza tallada, un álbum de fotos. Su particular evangelio, en el que ojea las obras que presenta como si fueran sus hijos.
No hace milagros, pero sí le insufla alma a la madera.
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