Las 'vecinas' silenciosas de Santa Cruz
La capital tinerfeña presume 50 años después de un legado artístico construido con firmas como Joan Miró, Henry Moore, José Abad, Eduardo Paozolli o Martín Chirino

Vecinos 'escultóricos' residentes en Santa Cruz desde hace 50 años / María Pisaca
Seguro que alguna vez pasó cerca y las miró de reojo esperando respuestas, aguardando unas señales grabadas en unas pequeñas etiquetas que son el DNI de los 29 proyectos artísticos que formaron parte de la I Exposición Internacional de Cultura en la Calle de 1973 que vinieron para quedarse. Y es que se cumple medio siglo desde que sus ilustres creadores decidieron ‘empadronarlas’ en esta capital.
Soñar a lo grande, creer que lo que sucede a miles de kilómetros puede tener una vida propia en Tenerife, anticiparse al futuro urbanístico de la ciudad... En torno a estas tres ideas, y alguna que otra más, se esconden los pilares que sostuvieron a la I Exposición Internacional de Escultura en la Calle de 1973, un hecho sin precedentes en el Archipiélago en cuyo catálogo de incluyeron las referencias de una treintena de obras de arte que forman parte del callejero de Santa Cruz de Tenerife. Unas joyas silenciosas que nacieron hace medio siglo y acabaron empadronadas en un municipio que presume de contar con un museo al aire libre con proyectos pensados y ejecutados por talentos universales como Joan Miró, Claude Viseux, Henry Moore, Óscar Domínguez, Eduardo Paolozzi... La lista es distinguida y larga, pero antes de acceder a esa galería de creadores conviene realizar una parada en el Colegio Oficial de Arquitectos capitalino.
El origen.- A principio de la década de los setenta no habría más de medio centenar de arquitectos en la Isla, administrativamente su día a día dependía de un órgano de gobierno localizado en Andalucía y la aspiración era tener una identidad propia; una sede desde la que impulsar los proyectos que se gestaban en estas coordenadas atlánticas. Esa ambición se hizo realidad en 1972 con la inauguración del Colegio Oficial de Arquitectos de Santa Cruz de Tenerife... Los dos padrinos de aquel acontecimiento social tenían un peso social descomunal. El artista catalán Joan Miró (1893-1983) y el catedrático de la Universidad de Harvard Lluís Sert (1902-1983). La puesta de largo giró alrededor de dos exposiciones –una de Josep Lluís Sert y una muestra de arte contemporáneo español– y entre sus paredes creció la semilla de la que germinó I Exposición Internacional de Escultura en la Calle, concretamente, en su comisión de cultura.
Soñar a lo grande.- Vicente Saavedra, presidente entonces de la comisión de cultura del Colegio de Arquitectos de Santa Cruz deTenerife, y Carlos A. Schwartz, un joven arquitecto recién licenciado que apuraba sus últimos coletazos de mili en el Ejército del Aire (Gran Canaria), coincidieron en la sede, hablaron de sus últimos viajes por Europa [regresaron a casa fascinados con la riqueza cultural que encontraron en las calles] y se hicieron la misma pregunta: «¿Nosotros somos capaces de hacer algo parecido?». La respuesta debió de ser afirmativa porque a finales de 1972 ya estaba sobre la mesa la posibilidad de realizar una exposición nacional en Tenerife. Aquello se les fue de las manos porque tras realizar una consulta al aragonés Pablo Serrano Aguilar ( 1908-1985), ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1982, éste dio mucho más volumen al sueño: «Nos sólo nos animó a ejecutar el proyecto, sino que abrió el radio de acción de la muestra para transformarla en una convocatoria internacional», precisa el arquitecto Carlos A. Schwartz en relación a una aventura que, además, invitó a los artistas a que vinieran a realizar sus esculturas en Tenerife. «Nos quedó la gran pena de que Eduardo Chillida (1924-2002) rechazara nuestro ofrecimiento, pero vino gente de un nivel sobresaliente», aclara sobre los primeros pasos de lo que parecía ser una «hermosa locura».
Creer que era posible.- Una vez se convencieron de que era posible montar una gran exposición al aire libre, Carlos Schwartz, Vicente Saavedra y otros colaboradores tiraron de amistades comunes para empezar a gestar la muestra. Una de las primeras paradas, si no la primera, estaba conectada con La Gaceta de Arte, una publicación mensual dirigida por el pintor, crítico de arte y escritor Eduardo Westerdahl (1902 - 1983) que sacó a la calle 38 números entre 1932 y 1936. La explosión de la Guerra Civil, por supuesto, hizo saltar por los aires uno de los referentes culturales más fascinantes que han existido en Canarias. Otra de las voces autorizadas a la que se le pidió consejo fue al santacruceo Domingo Pérez Minik (1903 - 1989). Poco a poco, la cosa empezó a ponerse sería y se dieron los pasos oportunos para constituir una Comisión de Honor que quedó integrada por Eduardo Westerdahl, Joan Miró, Josep Lluís Sert y, no olviden este nombre, Roland Penrose (1900 - 1984), un afamado crítico de arte que mantenía una estrecha amistad con Henry Moore (1898 - 1986).
El ‘club del 83’.- Antes de seguir adelante haremos una breve parada en el año posterior al Mundial de Naranjito (España’82). En 1983 murieron Joan Miró, Lluís Sert y Eduardo Westerdahl, es decir, tres de los cuatro miembros delComité de Honor de la I Exposición Internacional de Escultura en la Calle. El pleno no fue total, ya que la esquela de Roland Penrose se retrasó unos meses (1984). Una década más tarde de activar esta fantasía artística no quedaba ni un solo rastro de vida de sus cuatro visionarios. Esas casualidades o caprichos vitales aportan un plus a esta historia.
El azar y los contactos.- A estas alturas de la película a Carlos Schwartz no le importa confesar que es un ferviente creyente del azar. «Las cosas no pasan por casualidad sino que existen unos mecanismos, que no entendemos ni sabemos explicar, que posibilitan que pasen cosas», teoriza el canario cuando le toca razonar la importancia de tener a tu lado un buen padrino. «Contar a nuestro alrededor con este elenco de figuras mundiales de la cultura supuso una ventaja... Descolgabas el teléfono y al otro lado se te ponía un artista de peso.
Predecir el futuro. No se trataba de tener una bola mágica para consultar la combinación ganadora del Euromillón, pero sí garantizarse una visibilidad que llegó de la mano del escultor Eduardo Paozolli (1924 - 2005), otra de las piezas claves para completar este maravilloso puzzle. Antes de montar su Homenaje a Gaudí en territorio santacrucero realizó tres viajes a la Isla. «La primera vez vio el sitio en el que se iba a exponer su escultura, la segunda trajo unas pequeñas figuras de cera que enseñó a dos o tres arquitectos para explicar lo que iba a hacer y, por último, quería comprobar sobre el terreno cómo se iba a ver su invento en el espacio real», enumera Carlos, no si rescatar que «la comisión asignó que yo fuera el acompañante de Paozolli el tiempo que duró el proceso creativo... Eso es algo que le debo a mi padre porque él tuvo la clarividencia de enviarme a estudiar inglés en unos años donde casi nadie lo hablaba aquí», añadiendo que «ésa fue mi gran baza para entablar una amistad con Paozolli».
«Colonizar la ciudad».- Uno de los objetivos de la exposición urbana, aunque no llegara a cristalizar, era colonizar espacios que en el futuro serían importantes para SantaCruz de Tenerife. «Fue algo que hablamos con una concejal en su día, pero que no salió tal y como se esperaba... Luego, con el paso de los años, sí que se dieron una serie de cambios que han potenciado el itinerario escultórico», confiesa Carlos Schwartz cuando habla de los dos grandes ejes artísticos que se han consolidado en las últimas cinco décadas. «El García Sanabria, sin lugar a duda, está acolmatado de piezas y las Ramblas son otro ejemplo claro de presencia masiva de las esculturas», señala segundos antes de puntualizar que en LaGranja se está creando un punto muy atractivo para los ciudadanos. El resto de los enclaves en los que se pueden apreciar estas construcciones son la Avenida 25 de Julio, la Avenida de Anaga, el Parque Las Indias o el Parque Cultural Viera y Clavijo.
Alrededor de ‘Lady Tenerife’.- La enorme pieza de color rojo elaborada por Martín Chirino (1925 - 2019) que se instaló en 1972 en la plaza anexa al Colegio Oficial de Arquitectos de Santa Cruz de Tenerife se convirtió en la piedra angular o enganche al que debían conectar sus propuestas los 43 autores que participaron en la muestra. No es que se tuvieran que ceñir a ella, pero sí usarla como una especie de referente (sus curvas, el rojo y el material que se usó a la hora de fabricarla están muy presentes en otras intervenciones). «Es una obra magnífica», avanza Schwartz. «Sobría, intensa y, además, se ha quedado en un lugar privilegiado porque no hay nada detrás del pequeño muro construido». El boca a boca entre artista funcionó y el autor belga Mark Macken (1913 - 1977), por citar un ejemplo, que por entonces era director del Middelheimmuseum de Amberes, envió tres piezas a las Islas: Miracolo, del milanista Marino Marini (1901 - 1980); Phoenix, del ruso Ossip Zadkine (1890 - 1967) y El Profeta, de Pablo Gargallo (1881 - 1934). Ninguna de las tres se quedó de por vida en Santa Cruz de Tenerife. Pero si hubo un envío que generó una emoción especial entre los tinerfeños, ése fue el asociado a los planos del Monumento al gato, del lagunero Óscar Domínguez (1906 - 1957), que remitió en una valija el vizconde Charles de Noallies: el original de la escultura que hoy reside en elGarcía Sanabria se encuentra en la villa francesa de Noailles de Hyères. Pero el felino no se convirtió en el único guiño del creador surrealista, ya que se cedió también Pirata. Además de la ya comentada renuncia de Chillida, entre los escultores que prometieron estar y al final no vinieron estaban el italiano Mario Ceroli (1938), el suizo Jean Tinguely ( 1925 - 1991) o la francesa Niki de Saint-Phalle (1930 - 2002). Entre las que se quedaron en Tenerife sólo hay una elaboración que lleva la firma de una mujer: la tarjeta de visita de la argentina María Simón (1922 - 2009) aún se puede ver en la Avenida Reyes Católicos con Hombre.
‘Femme Bouteille’.- Pero levantar este proyecto sin la presencia en la colección de una de las criaturas de Joan Miró era algo que no iba a pasar. El autor de El Carnaval de Arlequín, La masía, Mujer y pájaro o Retrato de Vicenç Nubiola se trajo Femme Bouteille, que 50 años después sigue atrapando las miradas de los transeúntes que se mueven por las inmediaciones del Parque Viera y Clavijo, bastante cerca de donde luce resplandeciente Móvil, del guadarreño Francisco Sobrino Ochoa (1932 - 2014). De Miró Carlos Schwartz nos descubre un último secreto vinculado con la portada de un folleto que el catalán realizó para un evento impulsado por el Colegio de Arquitectos de SantaCruz de Tenerife. «No pude evitar pedir que me lo dedicara, tengo en casa un cartel con la firma de Miró».
Henry Moore. El miembro de la Orden del Imperio Británico fue soldado antes que escultor –herido en la Batalla de Cambrai (1917), este contratiempo le dio una paga de subsidio y un giro de 180 grados a su vida– y, una vez halló la gloria como artista, uno de los autores más cotizados del planeta. Tenía una gran amistad con Roland Penrose y Eduardo Paolozzi, dos puntales con los que Carlos Schwartz tenía hilo directo. Esa conexión fue determinante para que sus datos aparecieran en la relación de la I Exposición Internacional de Escultura en la Calle de 1973. «Insisto, no hay nada mejor que tener un buen padrino... Si son dos, mejor [sonríe el arquitecto tinerfeño]. Ellos hicieron bien su trabajo y, sobre todo, me abrieron las puertas para poder llegar a un Henry Moore que aún era terrenal, por así decirlo», aclara el santacrucero en un punto de la entrevista en la que no había demasiados interlocutores por el medio, ni una densa guardia pretoriana. Esa fue la senda que siguió para llegar al Guerrero de Goslar.
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