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La Gran Tijera: 60 años de la tienda de uniformes militares que hizo la primera bandera de las Siete Estrellas Verdes

Gracia Almazán tuvo ocho hijos en diez años y alternó su maternidad como empresaria ejemplar

El negocio marca una época en Santa Cruz, testigo que continúa la tercera generación en La Laguna

El primer traje con ruedas de una reina de Carnaval lo hizo Gracia para Diablos Locos; la descalificaron

María de Gracia Almacán Vieira, fundadora junto a su esposo Aníbal Pérez, de La Gran Tijera.

María de Gracia Almacán Vieira, fundadora junto a su esposo Aníbal Pérez, de La Gran Tijera. / Arturo Jiménez

Humberto Gonar

Humberto Gonar

La Gran Tijera, prestigiosa sastrería que abrió sus puertas en Santa Cruz hace sesenta años, puede presumir de que muchos de sus esmoquin han durado más que matrimonios en los que se vistieron...

María de Gracia Visitación Almazán Vieira (Pontevedra, 2 de julio de 1946) –más conocida como Gracia– es una de esas «grandes pequeñas empresarias», como la define Silvia Barreda, escultora, ceramista y presidenta de la asociación de vecinos Zona Centro-El Perenquén, a la que Santa Cruz le debe un homenaje por su entrega.

Esta gallega, segunda de tres hermanos, quedó huérfana de padre cuando tenía cinco años –un hermano mayor, de seis, y otra casi recién nacida–. Miembro de una familia de abolengo andaluz, y republicana, que se trasladó a Galicia, en 1962, con 16 años, conoció a Aníbal Pérez Conde (Orense, 15 de agosto de 1909), en la sastrería que regentaba en la calle Michelena, en el corazón de Pontevedra, donde niñas y jóvenes del colegio Sagrado Corazón que regentaban las monjas acudían a comprar aquellos cuellos y puños duros del uniforme, recuerda Gracia.

Ella era una chica que le distinguía, y distingue, su sonrisa y trato afable y agradable; él un reputado sastre de Pontevedra, viudo y padre de dos hijas del que Gracia admiraba su dulzura y amabilidad que extendía también para su familia... Fue la llama del amor que dejó atrás la diferencia de 37 años de edad, con el añadido de que él cumplió la única condición que le impuso ella para contraer matrimonio: «ir a vivir a Canarias».

No fue una decisión fácil, pues incluso Aníbal se embarcó tres meses en una vuelta a mundo para quitarse a ella de la cabeza y no faltaron hasta los ejercicios espirituales que realizó ella en el colegio que seguía las reglas de los jesuitas para madurar la decisión.

Un tío paterno de Gracia residía de Gran Canaria y justificaba la propuesta de quien buscaba alguien de su familia que pudiera apadrinarla en la nueva etapa de su vida y dejara atrás el auxilio social que socorría a su madre. Aníbal viajó tanto a Gran Canaria como a Tenerife y decidió desmontar su negocio en Pontevedra y poner rumbo a Santa Cruz, y encomendó a un apoderado la búsqueda de un local para establecer su sastrería –que encontró en la calle Suárez Guerra, génesis de La Gran Tijera–, y un piso para el matrimonio, en Garcilaso de la Vega, que también encargó decorar; acababa de abrir en la esquina de su casa Helados California.

Aníbal y Gracia contrajeron matrimonio el 25 de marzo de 1963 en la Basílica Santa María La Mayor, de Pontevedra. «Recuerdo que cuando entramos al templo no había nadie y cuando salimos no cabía un alma». La boda, admite Gracia, «era un disparate con lógica por la diferencia de edad», a lo que se suma que Aníbal era un sastre de prestigio, especializado en todos los estilos: eclesiástico, civil, y toda clase de uniformes militares...

No faltaron las anécdotas desde la primera noche de bodas por la diferencia de edad. Aníbal había previsto en viaje en tren desde Pontevedra a Madrid para coger un avión de cuatro hélices que lo trasladaran hasta su nuevo domicilio. Ocurrió que el flamante esposo contrató un coche cama en el tren y... apareció la policía secreta que pensaba que lo había sorprendido, y para colmo, Aníbal no había tomado la precaución de llevar un documento que acreditara su nuevo estado civil. «Le valió que en la cartera llevaba tarjetas a algunos de sus clientes –entre los que se encontraban ministros y gobernadores civiles de la época– que le hicieron ganar crédito y que llamaran a la Basílica para que acreditar la veracidad de la boda».

Ya en Tenerife, la primera escala fue en el hotel Anaga, que estaba en la calle Barranquillo, antes de poner rumbo al día siguiente al domicilio familiar que había encargado Aníbal para su esposa, y que fue su primer hogar hasta que dos años, 1965, después se mudaron a la Finca Mackay, porque la primera vivienda, de tres habitaciones se le había quedado chica. «Con 27 años y diez años de casada tenía ya mis ocho hijos: cuatro chicas y otros tantos chicos».

La pionera de los chinos

Y aún así, Gracia acompañó desde el primer día a su esposo en la tienda. Él, como un sastre de prestigio que encontró enTenerife mucho militar a los que había hecho uniforme en Galicia, a lo que sumó los encargos que recibió para hacer la ropa de trabajo del personal de Transportes Tenerife, Coca-Cola, Correos y militares que prestaban servicio en El Aiún, en el Sáhara Occidental; ella, una comerciantes que alternó la maternidad con la venta de mantelerías que traían los hindúes de China y ella vendía en la tienda de Suárez Guerra, al inicio la calle del Castillo, donde eran célebres las colas de clientes aprovechando que entonces Canarias era Puerto franco. En 1973, «hasta el director de Correos se interesó por esta empresa, que era la que más paquetes enviaba a la Península».

Mercedes Pérez Almazán, hija de los fundadores de La Gran Tijera y continuadora de la saga en la lagunera calle Juana Blanca desde septiembre de 2004, elogia de su madre que «junto a la sastrería de su padre y la venta de mantelería, compagina la venta de efectos militares de segunda mano para que los soldados pudieran salir los fines de semana o llegar a licenciarse. Las madres, agradecidas, venían a Canarias y le traían chorizos embutidos y regalos en agradecimiento de poder ver a sus hijos; muchas andaban con las pesetas muy justas y a lo mejor era el único hijo que tenían». Era la otra cara del negocio que atendía a los 1.500 reclutas que llegaban a Tenerife en los reemplazos trimestrales y a los que vendía ropa de segunda mano para hacer menos gravosa su situación económica.

Junto a su espíritu emprendedor, nunca olvidó su origen humilde, hasta el punto de que a sus cuatro hijos los matriculó en el colegio de San Matías, en Taco, para que supieran que «pobres y ricos no tienen diferencias», más allá que ya en la última etapa le diera estudio en el CEU San Pablo.

No se le resistió la confección de trajes típicos, para lo que se rodeó de un equipo que llegó a reunir a cuarenta y cinco personas entre caladoras, bordadoras... mientras se traían los mejores paños de Salamanca –sedas, encajes, terciopelos– y se confeccionaba todo en la empresa con mucho rigor.

También el Carnaval encontró acomodo en la factoría de La Gran Tijera. El Carnaval empezaba en su casa desde octubre con la adaptación del cartel oficial que realizaba el artista Juan Galarza y que Gracia adaptaba al cuerpo de Alfonso Esteban, que encarnó el cartel viviente en las décadas de los años setenta y ochenta. Y por las noches, después de dar de cenar a los niños, Gracia cosía sus diseños de reinas. Su hija Mercedes asegura que su madre fue «la primera diseñadora que le puso ruedas a un traje de reina, como ocurrió en la época de la plaza de toros con una candidata que presentó Diablos Locos. La descalificaron porque decían que era una carroza y no un disfraz. Diablos locos se volvieron más locos que nunca. Al año siguiente ya todas las reinas llevarían ruedas». Por La Gran Tijera desfilaron muchas murgas, comparsas... a las que les confeccionaron sus disfraces.

El 19 de septiembre de 1999, con 90 años de edad, falleció Aníbal, uno de los sastres más grandes que ha tenido Tenerife, que dejaba un legado que continuó su esposa, ocho hijos, seis nietos y dos bisnietos... En su taller se confeccionaron episodios tan curiosos de la historia como los uniformes militares de la plana mayor y también la primera bandera de las Siete Estrellas Verdes, o la toga de Antonio Cubillo...

Hoy, desde la sabiduría de la vida, Gracia recoge los últimos enseres que restan en el local de la calle Suárez Guerra, donde La Gran Tijera cerró sus puertas por última vez el 14 de marzo de 2020 por el confinamiento decretado por la incidencia del Covid y que dio paso a la judicialización por mantenerlo clausurado... En la lagunera calle Juana Blanca, Mercedes y su hijo Ruymán continúan con la tercera generación de La Gran Tijera, un establecimiento de obligada visita para adquirir únicas togas, según el Reglamento vigente y “con sentencia ganada”, que evoluciona de la sastrería a la armería. Y sin perder con la maestría de Gracia que sigue bordando piezas únicas, como las palas encargadas para uniformes militares o de un capitán de tripulación aérea. Un trabajo que no tiene precio porque está labrado con el mismo hilo de la vida.