BARRIO A BARRIO | Azorín

Los sintecho del barrio de Azorín: "Si estamos tan bien es gracias a la UMA"

La Unidad Móvil de Acercamiento (UMA) de Atención Social mantiene un control exhaustivo de todas las personas que pernoctan en el pabellón y en la calle en general

La concejala de Atención Social, Charín González, con miembro de uno de los equipos del IMAS.

La concejala de Atención Social, Charín González, con miembro de uno de los equipos del IMAS. / María Pisaca

Humberto Gonar

Humberto Gonar

Una cosa son los datos que se plasman en los informes sobre las personas que viven en la calle, sin recursos económicos, y otra es el testimonio que aportan los propios usuarios que tiran abajo que los indigentes que moran a la intemperie de la capital tinerfeña son de fuera, entendiendo que proceden de la Península o incluso de países vecinos.

La visita a los dos asentamientos que se localizan en el barrio de Azorín –uno en el antiguo asentamiento de la trasera del pabellón Pancho Camurria, y otro, junto a la asociación de vecinos Azorín– permite descubrir el incremento de usuarios del Centro Municipal de Acogida nacidos en Canarias. Las dos zonas se dividen casi por lugares de origen de sus moradores: los tres que habitan en las chabolas del Pancho Camurria proceden del países africanos, mientras que los seis que duermen en casetas de campaña que recogen cada mañana son nacidos enTenerife, algunos en Santa Cruz y otros llegados del Norte de la Isla.

Otro dato que dejan los moradores de la trasera de la asociación de vecinos, un asentamiento que parece llamado a más... la edad, que oscila entre 54 y 64 años, en su mayoría varones. De hecho, solo hay una mujer entre quienes pernoctan junto a la sede vecinal.

Y un añadido que llama a la reflexión. De la media docena que pernocta detrás de la asociación de vecinos Azorín, la mayoría percibe una ayuda económica, ya sea un ingreso mínimo vital o una pensión que en todos los casos se lo ha gestionado la Unidad Móvil de Acercamiento (UMA), un servicio que depende del Instituto Municipal de Atención Social (IMAS) y que tiene encomendado el seguimiento del sinhogarismo a pie de calle. «Si estamos así de bien es gracias precisamente a la UMA», agradece Óscar, de 55 años, un agricultor de Buenavista del Norte al que los avatares de la vida lo han llevado a vivir en la calle. El consumo de alcohol le pasó factura. Después de dejar las fincas de plátanos, de las que dice conocer todos los secretos, trabajó en un centro de mayores en Garachico tras formarse como auxiliar de geriatría. En Garachico conoció a su pareja con la que tuvo una hija, hace 23 años. Y recayó con el alcohol. «Al mes de dar a luz me echaron de la casa que había construido». «Hace siete años vi a mi hija por última vez», casi el mismo tiempo que lleva en la calle.

Gestiones de la UMA

Óscar pone voz y da la cara para agradecer el trato recibido por la UMA, elogios compartidos por todos los consultados por EL DÍA en la visita realizada recientemente al barrio Azorín. El único que no cobra ayuda,Francisco –el mecánico electricista que montaba taxímetros en la cooperativa del taxi San Cristóbal– asegura que tiene techo en Chimisay Alto, mientras espera la resolución de los trámites que le ha gestionado la trabajadora social de la UMA.

Enrique, vecino de El Sobradillo y cerrajero que acabó en la calle cuando falló el trabajo, pernocta en los bajos de la piscina municipal, aunque cobra una pensión de mil euros; no está solo por las noches, pues cerca duerme Jesús, de El Boquerón (Valle de Guerra, en La Laguna), que a sus 63 años cuenta que trabajó más de media vida en la construcción, entre las que participó en la edificación de la barriada de Cepsa, frente a donde ve pasar las horas... «El día de siete a siete –en referencia al horario de apertura del Centro Municipal de Acogida– se hace eterno», admite Francisco.

Tanto Enrique como Jesús también agradecen la atención que reciben del personal de la UMA. «Todas las noche se acercan con el furgón para preguntar cómo estamos y si necesitamos algo», ya sea de alimentos como de medicinas.

En las escalinatas del Pancho Camurria, Mohamed, de 53 años, que estudió en su Marruecos natal Derecho Privado cuatro años y pasó otros dos como pasante en el despacho de un abogado. En 2001 se trasladó a Tenerife; los dos primeros años de su estancia, a la espera de legalizar su situación, se ganó la vida limpiando y trabajando en fincas. En su caso desde la UMA se le incorporó a los demandantes de empleo, que le ha permitido trabajar en convenios municipales para el mantenimiento de parques y jardines.

El Pancho Camurria, en extinción

De las más de treinta chabolas que se llegaron a contabilizar en la trasera del Pancho Camurria, en la actualidad solo continúan tres, después de que otras tantas se eliminaran después de llegar a un acuerdo con sus moradores. En un caso se le garantizó el recurso en el Centro Municipal de Acogida, otro se asignó a uno de los pisos supervisados que gestiona Grupo 5 en colaboración con el Ayuntamiento de Santa Cruz y un tercero reside en un centro de mayores. «La problemática del número elevado de personas que frecuenta alrededores ha disminuido considerablemente, manteniéndose el espacio en buenas condiciones la reducirse las consecuencias que conlleva la acumulación de personas en el lugar, como es la acumulación de enseres, colchones y basura».

De aquel poblado de infraviviendas del Pancho Camurria continúan en pie tres, una de ellas la de Moisés Kamon. Llegó a la capital tinerfeña de Sierra Leona y gracias a la mediación de Cruz Roja logró asilo político. A sus 54 años, lleva 26 en Tenerife. «Tengo los papeles en regla y estoy en lista de espera por una vivienda». Moisés subsiste a la semana con los 80 euros que gana con lo que vende cada domingo en el rastro.

Preservando los datos confidenciales, desde el IMAS se hace constar que hay tres moradores en el asentamiento del Pancho Camurria, de las cuales una de ellas posee informe de derribo y alternativas técnicas.

El servicio del UMA divide su cobertura en dos modalidades de intervención: uno, el equipo que atiende a las personas que pernoctan en las calles del municipio, como en plazas, bancos, vía pública, etc, y dos, un equipo especializado en la atención a las personas que pernoctan en playas, barrancos y asentamientos como el caso del Pancho Camurria.

«Desde el Servicio de la UMA se tiene un control exhaustivo de todas las personas que pernoctan en el exterior del Pabellón y las calles contiguas, gracias a dos procedimientos que se realizan de manera diaria. la Ruta de Zonas Diana, que realiza una ruta diaria, en horario de 22:00 a 23:30 horas, por diferentes lugares del municipio donde, históricamente, se da una acumulación de varias personas. Siendo el Pancho Camurria una de estas zonas todas las noches se realiza una identificación, un recuento y una atención a las personas en el momento».

Y luego está la Ruta de UMA 1, que consiste en acudir en horario de mañana, entre las 06:00 y las 08:00h, por diferentes zonas para identificar personas nuevas y corroborar que las personas conocidas por el Servicio continúan en las mismas zonas de pernocta. Por cercanía, el Pancho Camurria es una zona de paso casi diaria, y la información que se obtiene en la ruta de Zonas Diana de la noche anterior facilita la labor de los equipos, permitiendo que el Servicio pueda atender las posibles demandas de usuarios de una manera mucho más rápida».