Relatos de la capital | Siglos XVIII y XIX (IX)
Llegada a Tenerife, por Francois August Péron
El asalto a Santa Cruz sería muy difícil debido al Castillo de Paso Alto, que el último gobernador hizo construir en una montaña escarpada

Grabado de Tenerife con el Teide nevado al fondo. | | E.D. / José Manuel Ledesma Alonso
José Manuel Ledesma Alonso
François Auguste Péron (*), naturalista y explorador francés, escribió esto sobre una visita a Tenerife a principios de noviembre del año 1800:
«El uno de noviembre de 1800, a las seis de la tarde, apareció ante nosotros la tan ansiada vista del Teide, el monte Nivaria de los antiguos, dibujado en el horizonte como un cono inmenso con un vértice bastante achatado. Su ancha base estaba cubierta de nubes, mientras que su cima, iluminada por los últimos rayos de sol, se perfilaba majestuosamente por encima de aquéllas.
Esta cumbre tan famosa, conocida con el nombre de Pico de Tenerife, se elevaba entre las islas de La Palma, El Hierro y La Gomera, al oeste, y las de Canaria, Fuerteventura y Lanzarote, al este.
Todas las miradas se dirigían hacia aquel macizo gigantesco, al que cada vez nos íbamos acercando más gracias al viento favorable que nos impulsaba. Esperábamos fondear al atardecer, pero, al no poderse cumplir nuestras previsiones, tuvimos que sestear durante la noche en la punta de Anaga hasta que a las diez de la mañana del día siguiente, Le Géographie echó el ancla a 22 brazas (37 m), en un fondo de arena volcánica, fangoso y negro de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife.
La naturaleza de nuestra misión, el buen entendimiento entre los dos gobiernos, las últimas victorias de Francia, y la reciente paz con América, contribuyeron a que fuéramos recibidos por los españoles con una acogida de lo más atenta y acogedora.
Imaginen Tenerife como una costa escarpada, negruzca, surcada por profundos barrancos, sin más vegetación que algunos tallos raquíticos de cactus y euforbias. Más allá de estas costas poco hospitalarias, varias hileras de altas montañas, igualmente desprovistas de vegetación y rematadas por picos puntiagudos, crestas áridas y rocas en desorden y, aún más lejos, el pico del Teide, alzándose como un enorme gigante por encima de ellas.
Un pico en medio de los mares
No obstante, hay que reconocer que el aislamiento de ese pico en medio de los mares, la presencia de las famosas islas que anuncia desde lejos, los recuerdos que evoca, las grandes catástrofes que proclama, y de las que él mismo es un efecto prodigioso, contribuye a darle una magnitud que no podrían alcanzar las demás montañas del planeta.
El asalto a Santa Cruz sería hoy en día muy difícil debido al Castillo de Paso Alto, que el último gobernador hizo construir en una montaña escarpada, cuyas baterías están orientadas hacia la rada, cruzando su fuego con el de la torre cuadrada (San Cristóbal) que defiende el muelle. Aunque existe otro peligro, aún más temible, al que estarían expuestas las naves que atacaran la ciudad, ya que el viento raras veces sopla de tierra adentro, y si fracasaran en su intento les sería imposible escapar al fuego de las baterías que bordean la costa, tal como le ocurrió al valiente almirante Blake en 1657, cuando Inglaterra estaba en guerra con España, que henchido de entusiasmo por servir a su patria desafió este peligro atacando a una flota de galeones, tan numerosa como su escuadra. Gracias a que pudo retirarse porque el viento, como por milagro, cambió de repente.
Tan valiente como Blake, pero menos afortunado, Nelson no salió tan bien parado de la intentona que hizo contra Santa Cruz en 1797 pues fue rechazado enérgicamente cuando intentó desembarcar por la playa, ya que fue aniquilado por los cañones de los fuertes y, después de perder a muchos de sus hombres, tuvo que volver a embarcar precipitadamente, abandonando mucha de sus chalupas. Él mismo perdió un brazo en esta acción».
(*) Francois August Péron (Francia, 1775-1810). Realizó sus estudios en la Escuela de Medicina de París, gracias a la generosidad del notario de su localidad y la protección de sus maestros, llegando a ser miembro de la Academia de Ciencias de París. Estuvo en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife, del 2 al 13 de noviembre de 1800, formando parte de la campaña científica del capitán Nicolás Baudin, como encargado de las investigaciones de historia natural.
Debido a que durante la travesía una infección pulmonar le produjo la muerte, sólo pudo redactar la primera parte del informe oficial de la campaña, que consta de treinta capítulos. A medida que los iba redactando, los enviaba al Instituto de Ciencias, al Museo de Historia Natural y a la Sociedad de Medicina de París. Su trabajo de naturalista lo continuaría Freycinet, uno de los oficiales de la expedición. Durante el viaje llegó a reunir una colección zoológica de más de 100.000 muestras y más de 2.500 especies.
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