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Felipe echa el cierre a su kiosco

El barrio de El Toscal despide hoy a Felipe Machín, quien

durante medio siglo ha regentado el Kiosco García Morato

Felipe Machín, a la izq, en el kiosco García Morato, que hoy cierra las puertas bajo su tutela. Sobre estas líneas algunas de las apuestas del Estado de 1966 y 1972. | maría pisaca

Felipe Machín, a la izq, en el kiosco García Morato, que hoy cierra las puertas bajo su tutela. Sobre estas líneas algunas de las apuestas del Estado de 1966 y 1972. | maría pisaca / Humberto Gonar

Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

Felipe nació el mismo día que la televisión en España: el 28 de octubre de 1956. A mitad de camino entre Los Lavaderos y el Barrio de La Alegría, presume de llevar toda su vida trabajando –comenzó con 15 años con su padre repartiendo pan– hasta que fue contratado en el kiosco que en 1990 hizo suyo.

Felipe Machín García no solo es el kiosquero de toda la vida del barrio de El Toscal, donde desde su atalaya en la calle García Morato puede contar la historia del primer enclave obrero de Santa Cruz. Satisfecho y agradecido por la confianza de la clientela, sentencia que «no sé si es bueno o malo pero El Toscal no ha evolucionado aunque se hayan construido edificios nuevos», y eso desde el desconsuelo de quien entiende este enclave como la oportunidad perdida de Santa Cruz para tener aquí La Ranilla de Puerto de la Cruz. «Es un barrio precioso».

«No sé si estamos dormidos o seguiremos dormidos siempre», advierte Felipe, que imagina un barrio de El Toscal con edificios de tres o cuatro alturas, con peatonales, patios, flores, y por encima de todo, la seña de identidad: «he tenido la mejor clientela del mundo lo que me ha llevado a desear afrontar cada jornada labora, desde la tranquilidad y con las ganas de disfrutar». Hijo de un panadero y de una asistenta de hogar –que desarrolló su labor profesional en la casa del vicealcalde de Santa Cruz Belisario Guimerá –en las décadas de los años sesenta y setenta–, Felipe es el pequeño de tres hermanos; la primogénita, Isabel, que le lleva ocho años, seguida de Juan Ramón, siete años más que Felipe.

Allá por 1972, con 15 años, hacía falta llevar dinero a casa y comenzó a echar una mano como repartir de pan con su padre, hasta que tuvo la oportunidad de ser contratado como dependiente en el Kiosco García Morato especializado en efectos timbrados como letras, sellos, papel de pago, además de desarrollar su actividad propia de la venta de artículos de perfumería, bazar, juguetería, librería, papelería. La contratación fue una oportunidad que le brindó su cuñado Antonio Medina; hoy, el día después en el que cumple 66 años, medio siglo en el estanco, Felipe anuncia que hoy echa el cierre a su kiosco, pero garantiza la continuidad de este establecimiento con la mano de su amigo Paco Beltrán. Desde la reflexión y el orgullo de la entrega y el trabajo bien hecho, Felipe recuerda cuando repartía el pan que su padre traía de San Andrés y que él distribuía por las zonas de Pino de Oro y Las Mimosas, para simultanear esta ocupación con su formación en la Escuela de Comercio.

El Kiosco García Morato era propiedad de Arístides Pulido González, ya fallecido, donde su madre, la recordada Antonia, jugaba un papel fundamental a la hora de organizar el trabajo que desarrollan allí los dependientes Quintero y Quico, junto al propio Felipe. «Yo vine a completar el equipo de trabajadores en una etapa en la que este establecimiento era todo un referente junto a El Guanche que existía en la plaza de Weyler». «Llegamos a hacer cajas diarias de hasta un millón de pesetas con la venta de materia de oficina a empresas que venían aquí a adquirir papel timbrado. No existían entonces grandes superficies y entre nuestros clientes estaban Alers y Rahn, Coansa, Finamersa, Dragos y Construcciones, Alfa Romero y un etcétera muy grande. Se podía aparcar en doble fila y facilitaba la llegada de clientes».

En 1990 el dueño del comercio, Arístides Pulido, decide jubilarse y Felipe pactó quedarse con el bazar. «Tenía un dinerito y llegué a una acuerdo a cambio de una compensación para mis compañeros, que también se jubilaron y se fueron un añadido». A partir de ahí, Felipe y Ani, su esposa –padres de Cathaysa, profesora de Infantil, y de Ehedey– han sacado el kiosco adelante, liderando la transformación de los efectos timbrados a su consolidación como administración de Apuestas y Loterías del Estado, sin renunciar a vender libros de cultura canaria que han exportado a todo el mundo.

Su kiosco ha repartido premios de 169.000 euros, de una Bonoloto del 10 de octubre de 2020, o 65 millones de pesetas, el 14 de mayo de 1993... Hasta alguna vez le visitó la suerte, si bien su apuesta ahora es disfrutar de la vida y sus paseos a Valleseco, la familia y su nietito. Hoy cierra un local pero abre de par en par su vida.

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