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225 aniversario de la Gesta del 25 de julio de 1797 | Los ingleses firman su derrota

La capitulación de las fortalezas

Retrato del general Gutiérrez

Celebramos hoy el 225 aniversario de la Gesta del 25 de Julio y justo hace dos años publicaba, en este mismo periódico, un largo artículo a doble página que titulaba: 25 de julio de 1797 ¿Se meditó la capitulación ante el inglés? Demostraba, o al menos eso pretendía, que sí que hubo unos momentos en que falto de información de lo que ocurría en el exterior del Castillo de San Cristóbal, presionado por los que le rodeaban –a excepción del subinspector de Ingenieros, el coronel Luis Marqueli, que en su hoja de servicios asegura, bajo palabra de honor, que colaboró a evitar la capitulación cuando ya se meditaba–, el general Gutiérrez estuvo sopesando seriamente la posibilidad de capitular, evitando así que los ingleses cumplieran la amenaza que el sargento parlamentario inglés le transmitía: poner fuego a la plaza y pasar a filo de espada al vecindario.

Afortunadamente, se produjo la providencial llegada del teniente del banderín de enganche del Batallón de La Habana, Vicente Siera, que al ver el ambiente propenso a la capitulación, mal hablado como era, les dedicó unos cariñosos recuerdos a las madres de los presentes y, de forma airada e irrespetuosa, se dirigió al general con una frase que cambió totalmente el panorama –«Mi general, don Antonio ¡El batallón está intacto!»–, acompañada seguramente de una interjección de cuatro letras que contiene una eñe. Daniel García Pulido define muy bien la situación en su artículo La soledad de un general: la llegada del teniente valenciano vino a cubrir ese vacío, esa soledad, en que se movía el general, motivada por la incomparecencia de unos, la animadversión de otros y la entendible observancia inerme del grupo de oficiales de segunda fila.

Siempre pensé que el general Gutiérrez solo tenía que analizar la situación que se le presentaba en esos momentos para tomar su decisión, pero la lectura de un trabajo de Antonio Sánchez Gijón, publicado en el libro Los Ingenieros Militares de la monarquía Hispánica en los siglos XVII y XVIII, bajo el título La capitulación de fortalezas como figura jurídica, me hizo comprender que esa decisión de capitular iba a afectar a su futuro y también al de sus subordinados. Porque una capitulación no autorizada, o negligentemente negociada, tendría probablemente las más graves consecuencias.

La guerra es una institución social y política y, por tanto, sujeta a normas. Normas que crean al gobernador de una plaza una situación de conflicto existencial. Una de esas más antiguas normas mandan morir antes de entregar la plaza. Solo 29 años antes se habían dictado las Reales Ordenanzas de Carlos III, cuyo artículo 24, título 17, tratado 2, dice: El oficial que tuviese orden de conservar su puesto a todo coste, lo hará. Por eso, el marqués de La Mina decía: La defensa de una plaza pide un gobernador que después del mando de un ejército, necesita más estudio en la elección del sujeto a quien se ha de encargar. Pero también esas antiguas leyes establecían la obligación del soberano de dotar a la plaza de sus medios de defensa. ¿La falta de medios que evidentemente padecía Gutiérrez hubiese justificado una capitulación? En todo caso, Gutiérrez no hubiese podido tomar tan grave decisión sin consultar antes con sus subordinados que hubiesen podido oponerse para evitar posibles futuras represalias.

Tenemos un ejemplo de capitulación, que nos ilustra sobre esta situación, con un protagonista muy conocido en Tenerife, porque se trata del ingeniero militar Luis Muñoz, autor del proyecto del cuartel de San Carlos, y es la de Cartagena de Indias que tuvo lugar, menos de 25 años después, el 14 de febrero de 1821.

Con solo 6 años de experiencia, Luis Muñoz, en 1820 ya de capitán, se encontró en el nuevo reino de Granada, siendo el único oficial de su arma, encargado nada menos que de la Comandancia de Ingenieros de la plaza de Cartagena de Indias, la mayor plaza fuerte antemural del Caribe y además de la Comandancia General de aquel reino. Estuvo desempeñando estos cargos dos años, nueve meses y algunos días, y durante este tiempo ocurrió el bloqueo y sitio de Cartagena de Indias. Luis Muñoz participó activamente en la defensa que duró quince meses. El 14 de julio 1821 el gobernador , el brigadier Gabriel Ceferino de Torres y Velasco, comunicaba con gran sentimiento la rendición de las fortalezas de la plaza. La capitulación pactada con el general colombiano Mariano Montilla fue un modelo de caballerosidad, manteniendo al máximo la dignidad de los vencidos. El 10 de octubre, último día de la presencia española en Cartagena de Indias, en cada uno de su fuertes se arrió la bandera española y se izó la tricolor colombiana, en los dos casos con los honores de ordenanza. Luis Muñoz hizo entrega de las dependencias a su mando, al jefe del ejército sitiador comisionado para recibirlas, con el mismo rigor y protocolo que un relevo de mando normal. Toda la guarnición se embarcó en buques colombianos que los transportarían hasta La Habana, llevando consigo sus armas y mochilas. Entre las cuatro y cinco de la tarde, cuando ya estaba a bordo toda la tropa, se embarcó en la falúa el gobernador, el brigadier de Torres y Velasco, con su Estado Mayor, entre ellos el ingeniero Luis Muñoz, y al pasar por delante de las fuerzas navales colombianas, éstas lo despidieron con una salva de 21 cañonazos. A pesar de ser un modelo de capitulación, todos los mandos –desde el brigadier hasta el último teniente– fueron sometidos a un proceso en el que se juzgaba su participación en ella. Luis Muñoz no se incorporó al servicio activo hasta que en mayo de 1823 una orden real aprobaba su conducta en Ultramar. El brigadier de Torres estuvo en La Habana dos años sometido a este proceso.

El artículo al que antes hice referencia habla de la capitulación de fortalezas, por extensión, las plazas fortificadas, lo que era Santa Cruz, una de las mejor fortificadas del Imperio. Las fortalezas se extendían desde el castillo de San Andrés hasta el de San Juan, pero había una destacada, el castillo de San Cristóbal, donde el general tenía su puesto de mando y su residencia oficial. Lo dice claramente el propio Gutiérrez cuando les ordena a pasar a su casa en el castillo al coronel Marqueli y al capitán de Artillería Eduardo, que mantenían una agria discusión en público con motivo del secuestro por parte de los ingleses de la corbeta francesa La Mutine. Sin embargo, cuando no era necesaria su presencia, vivía mucho más cómodamente en lo que fue más tarde el hotel Camacho junto a la iglesia de San Francisco. Por eso en la noche calurosa y oscura del ataque de Nelson, Gutiérrez se instala en ese castillo y no se refugia como dice algún autor malintencionado.

Esas leyes no escritas de la guerra, de las que antes hablábamos, le obligaban a ello. Los propios ingleses tenían como objetivo principal la toma del castillo de San Cristóbal. Por eso llevaban cantidad de escalas de asalto, que perdieron en el hundimiento del Fox y en las lanchas que naufragaron a su llegada a tierra. No tenían la menor duda de que el general español les esperaba allí. Era una norma que venía desde la Edad Media. La posesión de una plaza estaba centrada en su fortaleza. Más de medio siglo después, el ingeniero militar Salvador Clavijo, ya con otro criterio, diseñó un plan de defensa de Tenerife en la que establecía el puesto de mando en la montaña de San Roque, en La Laguna, porque consideraba que era el paso más corto y obligado para llegar al norte de la Isla.

Las plazas se rinden por la fuerza o por capitulación. Los ingleses habían perdido la oportunidad de hacerlo por la fuerza, después del fracaso del desembarco, provocado por la gran eficacia de la artillería de los fuertes. Solo disponían de 340 hombre en lo alto de la plaza de La Pila, por lo que para lograr la capitulación solo les quedaba el terror. Normalmente, en el asedio a una plaza fortificada, el terror se consigue por medio de la artillería, pero las corrientes impedían a sus barcos acercarse a posiciones de tiro. Había que recurrir a la intimidación y a la amenaza. Muy próximo a donde estaban los ingleses , en la calle de las Tiendas –hoy Cruz Verde–, en un almacén de víveres encontraron a un grupo de vecinos y no es casual que los aterrorizaran con una demostración de violencia extrema y les hicieran creer que dominaban la población. Dos aterrorizados ciudadanos, Antonio Power, diputado de Abastos, y Luis Fornspertiu acompañaron hasta el Castillo de San Cristóbal a un sargento de Infantería de Marina que haría de parlamentario. Power le contó angustiado al general que eran muchos los enemigos , que todas las plazas y calles las tenían ocupadas los ingleses, que no había más remedio que rendirse, a lo que comenta Domingo Vicente Marrero, alcalde real: Expresiones que de pronunciarlas otro de quien pudiera haber la más ligera sospecha serían dignas del más severo castigo, pero a este vecino solo le ocupaba su corazón el terror y la confusión que causa una acción de esta naturaleza ejecutada en la oscuridad.

El deslenguado teniente Siera llegó en el momento oportuno e hizo comprender al general Gutiérrez que podía derrotar a los ingleses. Así ocurrió, y fueron ellos los que tuvieron que capitular. Nelson, abatido, con su brazo derecho amputado, el día antes de emitir su informe, escribía una carta personal a su jefe, el almirante Jervis, en la que le dice que se ha convertido en un estorbo para sus amigos y un ínútil para su nación. Pero los ingleses son los ingleses y en contra de lo que pasaba en España con las capitulaciones, cuando llegó a su patria en septiembre, los periódicos difundieron la noticia alabando la osadía de Nelson, no igualada por nadie desde Drake. No hubo quien le culpara del desastre que había sido el ataque a Tenerife, ni reclamara su responsabilidad por tantas muertes habidas. Incluso fue condecorado por su rey, que destacó su sacrificio al perder el brazo derecho. El que en la carta, antes mencionada,decía de sí mismo que moriría para el mundo, y que nunca más se le volvería a ver, en mayo de 1798 estaba de nuevo a las órdenes del almirante Jervis, en el Mediterráneo, enfrentándose a la marina francesa, a la que derrotó en Abukir, aumentando hasta lo indecible su fama de marino legendario.

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