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Joyas del patrimonio | Los BIC de la capital (XIX)

Ermita de Santa Catalina de Taganana

Declarada Bien de Interés Cultural en la categoría de Monumento por Decreto de 29 de abril de 2008

Ermita de Taganana. E. D.

La Ermita de Santa Catalina, ubicada en la plaza de Taganana frente a la iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Nieves, la mandaron a construir el alcalde Melchor de Armas y el párroco Pedro Delgado. Fue inaugurada el 29 de mayo de 1630.

Desconocemos los motivos que llevaron al pueblo de Taganana a erigir una ermita en honor a Santa Catalina Mártir y nombrarla compatrona del lugar. La imagen que hoy se venera en la iglesia parroquial procede del monasterio de Santa Catalina de Siena de San Cristóbal de La Laguna y llegó a Taganana en 1910 sustituyendo a otra escultura de vestir de la que solo se conserva la corona de plata labrada en 1661. La imagen salía en procesión la víspera de su festividad, dejando de hacerlo en 1963.

Su primer siglo de existencia transcurre con independencia de la Parroquia, pues contaba con rentas propias que administraban los mayordomos de su cofradía, según las diferentes partidas gastadas en el ornato y en la conservación del edificio que se encuentran consignadas en sus libros de cuentas. Pero, debido a que en 1718 la Ermita se había deteriorado, el presbítero y comisario del Santo Oficio de la Inquisición en Santa Cruz, Mateo Fernández Vera, natural de Taganana, nombraría capellán de la ermita a su sobrino Silvestre Perdomo y mayordomo de la cofradía a Matías Rodríguez Carta y Abarca, marido de su sobrina María de la Concepción Domínguez Perdomo y Fernández-Paiba. Además, en su testamento dejaba varios lotes de tierras, casa o bodega para que en ellas se oficiaran 138 misas anuales por su alma y por la de sus padres, a las que también podían asistir los vecinos.

La voluntad del testador no se llegó a cumplir pues dada la lejanía las misas se celebraban en la parroquia de la Concepción de Santa Cruz, ante el altar donde está enterrado el citado presbítero Mateo Fernández Vera. También haría donación de un tributo redimible de 19,5 reales anuales para las reparaciones y adornos de la ermita, aunque muy poco debió de invertirse en ella, pues en 1787 el obispo Antonio Tavira y Almazán, al comprobar el estado de ruina en que se encontraba y sin los ornamentos sagrados que le correspondían, ordenaría la comparecencia del titular de la capellanía para que prestara declaración sobre las cantidades de dinero que había recibido del citado tributo y prohibía la celebración del culto.

Diez años más tarde, Rafael Carta Eduardo y Domínguez, poseedor de la capellanía, lograría que el citado obispo decretara que las misas se redujeran a doce cada año, dado el escaso rédito que producían los terrenos heredados. En 1813, siendo mayordomo de la ermita el presbítero Francisco Cabrera Brito, lograría un decreto episcopal por el que se ponía al corriente el tributo con el que estaba dotada, reparándola totalmente.

Según relata su constructor Juan García, «la estructura del edificio construida con piedra basáltica calzada con ripios tiene 30 pies de largo y 18 pies de ancho (74.20 m²) y las paredes tres cuartas de vara de ancho con sillares de toba roja en las esquinas, el suelo está pavimentado con losas chasneras rectangulares con un escalón delimitando el presbiterio y la zona del altar».

La portada principal está provista de capiteles de orden toscano apoyados sobre baquetones y tiene como elemento significativo un arco de medio punto de sillería de toba roja. La clave del arco está decorada con un escudo pétreo en el que figura labrado un emblema pontificio del Papa Alejandro VII, según las indulgencias plenarias concedidas el 13 de marzo de 1664, día de la festividad de Santa Catalina, según el pergamino que se conserva en el archivo parroquial. La portada lateral cuenta con un arco similar, aunque de menor tamaño.

En el vértice inferior izquierdo del hastial se encuentra la espadaña del campanario, formada por arcos de medio punto de sillares de toba color rojizo. La pequeña campana estaba adornada con la Cruz de Santiago encuadrada por cuatro estrellas de ocho puntas a cada lado.

El interior del recinto se caracteriza por su gran sencillez, dada la economía de medios con que fue hecha. En la cabecera se abre una hornacina con arco de medio punto en cantería roja, donde se custodiaba la imagen titular. En el lado del Evangelio se levantó una especie de tribuna de madera o coro alto, con barrotes torneados en los antepechos.

La armadura del techo es de par de hilera con tres faldones, los dos mayores longitudinales y un paño menor coincidente con la cabecera, cuya presión lateral ejercida sobre la parte superior de los muros se contrarresta mediante tres tirantes transversales y dos esquinados en el testero. La cubierta de tres aguas y teja árabe está sostenida por una cercha de madera de barbusano.

Por el lado de la Epístola se le adosaron la sacristía y un pequeño cuarto mortuorio para velar a los fallecidos procedentes de los distintos pagos de su jurisdicción antes de ser inhumados en el templo parroquial. Ambas construcciones han sido demolidas.

Utilizada como templo

La ermita fue utilizada como templo mientras se reconstruía la iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Nieves (1959-1965), aunque también sería utilizada para otros fines, bien distintos a los de su fundación.

En 1998, el Cabildo de Tenerife encomendó a CF Cabrera-Febles Arquitectura, Paisaje y Urbanismo la rehabilitación del cuerpo principal de la ermita para destinarla a sala de usos múltiples. Las obras en el exterior consistieron en revestir las paredes con mortero de cal, cemento y arena, colocar peldaños de piedra roja, trastejar la cubierta con tejas curvas obtenidas de casas derribadas.

En el interior se mantuvo el pavimento de piedra original y el peldaño bocelado que delimitaba el presbiterio y la zona del altar; se reutilizó la tea existente en los marcos de las puertas, respetando los herrajes existentes, etc.

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