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La riada del 31M | 20 aniversario

«Recibimos ayudas de forma inmediata hasta de mis excompañeros de trabajo»

Entre los primeros en auxiliar a Elvira está la empresa donde había trabajado 3 años antes v «Cuando compramos un piso, lo primero que preguntó mi hijo era si iba a entrar agua»

Lala, a la izquierda, junto a su padre Vitaliano y su hermana Elvira, en su casa en el barrio de El Rosarito. María Pisaca

Las hermanas Elvira y Lala Martín González, junto a su padre Vitaliano Martín –de 89 años–, reciben la visita a la entrada de la misma casa que tal día como hoy hace 20 años estaba anegada por el agua que transformó el centro del barrio de El Rosarito en una piscina. Hacían agua los coches, con independencia de su antigüedad. Hasta el vehículo de uno de sus familiares, recién comprado hacía 3 meses, quedó entre el lodazal. Fue la riada del 31M, de las peores trombas de agua que se recuerdan en Santa Cruz.

De la boca de Elvira, y su familia solo salen palabras de agradecimiento tanto a las administraciones, por la inmediata respuesta que recibieron en forma de ayudas, así como a los compañeros de la empresa JSP donde habían trabajado hasta tres años antes de la riada del 31 de marzo y que, nada más enterarse de que habían perdido todo, montaron una recogida de dinero para salir en su auxilio. «Hasta los compañeros de la empresa con sede en Las Palmas de Gran Canaria reunieron dinero para ayudarnos, por eso yo no puedo decir nada cuando hay quien se queja de que no llegan las ayudas oficiales. En mi caso recibimos tanto las oficiales como las particulares», precisa Elvira. Se emociona aún cuando recuerda que JSP, de donde ya se había desvinculado, le envió a su domicilio todos los productos lácteos que comercializa.

«Todo el barrio quedó convertido en una piscina; sacamos a mi madre por la azotea»

Elvira Martín González - Vecina de El Rosarito

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Madre de dos niños en aquella época –entonces tenían 14 y 6 años–, recuerda que con su esposo, José Juan, fueron de paseo al rastro para disfrutar de la veraniega jornada del 31 de marzo, hasta que comenzaron a caer unos goterones y decidieron retornar a su casa en previsión de que lloviera. Pero nunca pensaron que fuera tanto. En la vivienda de Elvira, en el número 4 de la calle San José, entonces residía el matrimonio y sus hijos, junto a los abuelos maternos, Vitaliano Martín y Brígida, así como Lala y Tomás, hermanos de Elvira, si bien como el día estaba bueno también habían salido.

Estado de una zona de El Rosarito totalmente anegada. E. D.

Recuerda que cuando llegó a su casa fue al cuarto de baño y sintió cómo de la tasa salía un chorro de agua que desbordaba el saneamiento. Por aquella fecha ya estaba operativa la autovía que enlaza la zona de Santa María del Mar a Las Chumberas, y El Rosarito se había quedado dentro de una hoya, sin canalización de pluviales. «En cuestión de dos horas todo esto quedó anegado. El agua creció a la altura de la ventana y la presión de una escorrentía que se coló por detrás reventó una vieja puerta de madera, por lo que rápidamente se anegó la planta de acceso a la vivienda», explica Elvira, para añadir que su madre tuvo que recibir ayuda de familiares y vecinos para salir por la azotea a otra construcción vecina.

Se da el caso de que la mayoría de los terrenos del corazón de El Rosarito eran propiedad de Juan González y María Ramos, los abuelos maternos de Elvira. Tuvieron diez hijos y a cada uno le dieron una parcela para que edificara su casa, por lo que pueden presumir de vivir en familia.

Elvira recupera el relato. «Mi marido quedó atrapado por el agua tras reventarse la puerta de atrás. Todo era una piscina y hasta la fuerza del lodazal empujó una nevera grande. A mi hijo, de seis año, le llegaba el agua por el cuello», precisa. Recuerda que cuando el pequeño se enteró de que su madre había adquirido un piso en la zona de El Draguillo, la primera pregunta que le hizo fue si era un primer piso y por tanto tendría el riesgo de que se colara el agua en caso de que se repitiera la riada. «Tranquilo que es un tercero», le respondió Elvira, ya con la perspectiva del tiempo, con una sonrisa y esperanzada de que no vuelva a repetirse la riada.

«Lo pasé tan mal que me salió una psoriasis que todavía padezco en la actualidad», explica con la complicidad de su padre, Vitaliano, que a sus 89 años puede presumir de ser un luchador de la vida como demostró trabajando de la agricultura, tanto en el cultivo de las plataneras y los tomaderos, como en sector de la construcción en la fábrica de vigas.

Lala y Elvira juntos a su padre Vitaliano en el recibidor de su casa. María Pisaca

Para Elvira el problema fue que el agua corría por la ladera y, encima, habían sellado el barranco para hacer la autovía y alteraron el trazado, lo que impedía evacuar las aguas. Y tiene palabras de desconsuelo y recuerdo para el fallecido en la zona de Los Andenes.

Ahora, cuando se anuncia una alerta, «no nos podemos quedar porque vienen sobre la marcha a revisar las alcantarillas. También se han realizado obras importantes en la canalización del barranco para garantizar el desagüe del agua», cuentan, mientras el propio Vitaliano, que apura su krüger se acerca de forma discreta donde se ejecutó la obra, como quien supervisa que no hay incidencia. «Durante mucho tiempo padecimos la psicosis. Oíamos llover y nos poníamos de los nervios».

En El Rosario se curtió la vocación del hoy concejal del Suroeste, Javier Rivero, quien con 14 años y como miembro de la asociación de vecinos, inmortalizó en sus fotografías el estado de las casas de sus vecinos que ayudaron a documentar la solicitud de las ayudas que percibieron del Cabildo, cuando entonces no existían los móviles.

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