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Barrio a barrio | La Alegría

La Alegría, entre escombros y basura

Han transcurrido casi 20 años de la riada y todavía los vecinos del Barrio de La Alegría esperan la retirada de escombros de unas 20 casas de familias que fueron realojadas

Beatriz y Jesús, testigos del olvido.

«Nuestra ilusión es poder irnos un día de aquí». Es el consuelo con el que vive Carol, una de las vecinas del Barrio de La Alegría, harta de promesas incumplidas y que vive con el alma en vilo cada vez que llueve o hace viento, por temor a que caiga el muro de una casa próxima. El Ayuntamiento realojó a las familias que perdieron su vivienda, que demolió... y ahí siguen los escombros; algunas hoy con okupas.

Hasta los vecinos contactados para realizar una visita al Barrio de La Alegría se sorprenden por el interés de quien quiere conocer la zona porque, «después de veinte años, van a ver lo mismo»: casas tapiadas y llenas de escombros.

La Alegría, entre escombros y basura

Paradojas de la vida. Hablar del Barrio de La Alegría es rememorar la riada del 31 de marzo de 2002, que dejó ocho fallecidos y que se cebó con este enclave de Anaga, el más próximo al centro de Santa Cruz. Beatriz, propietaria de La Alegría de la Huerta –que se localiza por debajo de la iglesia– se refiere a la montaña de tierra que se formó a la entrada y que sepultó más de diez coches que estaban aparcados. Agradece el esfuerzo de los militares para retirar todos los escombros.

La Alegría, entre escombros y basura

Aquel episodio dejó heridas y recuerdos que permanecen vivos en la memoria de los vecinos, como el hallazgo del hermano de Jesús Santana, dirigente de la asociación. Este vecino falleció arrastrado por la barranquera después de que acudiera a ayudar a un residente con movilidad reducida y que apareció en un lodazal de la parte baja del barrio, mientras una pala lo buscaba con la precisión de un bisturí porque se temía lo peor. Y así fue.

Beatriz recuerda que aquella mañana del 31 de marzo de hace ya casi veinte años había ido a coger sol... y a las dos de la tarde pareció que se rompió el cielo y cayó toda el agua en este enclave. Casi un año se tardó en recuperar la normalidad en el Barrio de La Alegría, casi el mismo tiempo que permanecieron aparcados allí coches dañados por las lluvias. «Hasta robos en las mismas casas afectadas se vivieron los días después de la riada», se lamenta.

A consecuencia de la riada, el Ayuntamiento de Santa Cruz ejecutó un ambicioso proyecto, una obra faraónica –reconocen Beatriz y Jesús– para la colocación de las canalizaciones, tanto de pluviales como de alcantarillado, y hasta la propia familia de Beatriz llegó a un acuerdo con la Corporación para ceder parte de su propiedad y ampliar el viario y generar una zona de aparcamiento en línea en la subida. La parte municipal se ejecutó, pero el Ayuntamiento no ha cumplido y a duras penas le han habilitado la salida de su finca, donde desde 2010 tiene en servicio una decena de huertos urbanos. Aún espera la compensación que se solicitó para ganar suelo urbano después de haber cedido terreno para ampliar la carretera de acceso y poder habilitar hasta aparcamientos. «Antes, esto era un barrio familiar, pero en la última época se ha convertido en multicultural», explican para referirse a los nuevos tiempos que viven en La Alegría.

La permuta

A consecuencia de la riada, el Ayuntamiento permutó las viviendas a la veintena de familias que perdieron las suyas, porque quedaron en pésimas condiciones de habitabilidad. En su mayoría, fueron trasladadas a un edificio que se construyó para los afectados del 31M por encima del campo de fútbol. A cambio, se formalizó la cesión de los propietarios al Ayuntamiento, pero veinte años después no figuran incluidos aún en el inventario municipal, según la respuesta facilitada la semana pasada por el equipo de gobierno a una pregunta del Grupo Socialista.

Más allá del trámite burocrático inconcluso, el Ayuntamiento tiró los techos y demolió parcialmente algunas de esas casas para impedir que fueran ocupadas. Todavía hoy los escombros se pueden ver entre las ruinas, e, incluso, alguna de aquellas viviendas que en su día fueron desalojadas están okupadas, cuando no ocurre que otras se han convertido en auténticos lazaretos en medio de las callejuelas que quedaron en las viviendas de autoconstrucción que se levantaron desde mitad del siglo pasado, en algunos casos en suelo que correspondía a los militares.

Cabe recordar que en la primera parte del siglo XX, donde hoy está la propiedad de Beatriz (que compró su familia) había una pequeña industria y, debajo, una base naval, donde luego se construyó el colegio Miguel Pintor. De resto, la ladera se fue convirtiendo en el hogar de familias llegadas de Anaga o el Norte que preferían levantar cuatro muros y montar un techo que pasar horas en la carretera para regresar.

Entre escaleras

Con el paso de los años, las familias consolidaron sus viviendas como propiedad, lo que no les evitó el riesgo de vivir en la ladera. Calles angostas, unidas por escalones y más escalones que ponen fecha de caducidad a la continuidad de los vecinos cuando pasan los años y empiezan los problemas de movilidad. Un estado que acaba aislando a los residentes, que se ven abocados a abandonar el barrio. Por eso, Carol, otra vecina, asegura que su ilusión es «irnos un día de aquí».

Jesús, patrón de lanza portuario, llegó a vivir a La Alegría hace 69 años, después de que su abuelo, natural de Garachico, se estableciera allí, en la zona donde él ha levantado su casa invirtiendo años de trabajo. Con su compañía, el visitante se adentra por la pista militar hasta la parte alta, donde en tiempo de la Alcaldía socialista, colocaron una barrera para limitar el paso y evitar la presencia de jóvenes que se trasladaban con sus coches y llenaban la zona de latas de cerveza. Es un privilegiado mirador que muestra las dos caras de Santa Cruz: Barrio de La Alegría y Residencial Anaga.

A consecuencia de la autoconstrucción, la carretera es estrecha. Jesús calma al conductor: «Aquí los vecinos sabemos dónde paramos para dejar paso», porque no caben dos vehículos a la vez. Barrio de La Alegría es un monumento al esfuerzo de trabajadores que encontraron cobijo para sus familias en este núcleo que, cada vez que llueve, vive con el temor a que caiga alguna de las viviendas en ruinas, mientras lamenta la pérdida de identidad del que consideran que era un enclave muy familiar.

Carol teme que caiga una vivienda próxima a su casa; abajo, restos de un hogar del 31 de marzo. A la derecha, Beatriz y Jesús, testigos del olvido.

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