Walkiria Melián Rodríguez, la vecina del 5D del bloque 2 de la calle Pedro Bernardo Forstall, en Salud Alto, ha decidido romper el silencio que ha guardado desde que se dieran por finalizadas las obras de rehabilitación y mejora que se desarrollaron en su edificio, beneficiado con las Ayudas a la Regeneración y Renovación Urbana (ARRU) promovidas desde el Ayuntamiento de Santa Cruz para la mejora de los inmuebles. Tanto Walkiria Melián como la presidenta de la comunidad de vecinos del bloque, Carmen María Vicierra de Hernández, señalan como responsable de este «despropósito» a la empresa constructora, que se hizo con el encargo de la rehabilitación del inmueble.

Asegura que en este tiempo se han dirigido tanto al alcalde como al concejal de Viviendas. «Es cierto que nos mandaron a unos técnicos, pero parece que se han venido a reír de todos nosotros. El colmo fue el miércoles, cuando aparecieron unos operarios –que no tienen culpa, porque son trabajadores de la empresa– con una pistola de silicona, un botito de pintura y un pincelito para ir rematando las grietas por donde creen que se cuela el agua».

Walkiria recuerda que, en agosto del año 2018, se trasladó hasta la zona el alcalde de Santa Cruz con un dossier para explicar cómo sería la mejora del bloque 2 de la calle Pedro Bernardo Forstall, trabajos que comenzaron en junio de 2019 y se prolongaron hasta febrero del siguiente. La vecina en agosto del año 2018, se trasladó hasta la zona el alcalde de Santa Cruz con un dossier del 5D asegura que la empresa constructora llegó y comenzó las obras «como un elefante en una cacharrería: empezaron a abrir una zanja para colocar un bajante general, obviando que ahí están conectados los desagües de las lavadoras desde las solanas y que ese agua iría a tirarse al barranco. Se los advertí y no siguieron». «No me llegan a hacer caso y yo misma hubiera presentado una denuncia por el vertido de productos tóxicos al barranco», asegura.

Las obras de rehabilitación que se desarrollaron entre junio de 2019 y febrero de 2020 pasaron su particular prueba del algodón con las fuertes lluvias que se registraron en Santa Cruz el pasado 25 de febrero. «Este bloque tiene cinco alturas y dos viviendas por planta. La mayoría de las solanas tienen humedades, porque repusieron los vierteaguas sin retirar previamente el marco de las persianas y por ahí se cuela el agua. Aunque ese problema afecta a la mayoría de los vecinos, no es mi caso; ojalá me pasara a mí eso y no que con las obras de rehabilitación del edificio hayan convertido mi dormitorio de matrimonio en una nevera», añade.

«Mi vivienda está orientada a donde confluyen dos barrancos, por lo que el batiente da ahí cuando llueve. Curiosamente, antes de los trabajos de rehabilitación no tenía humedades y ahora no se puede estar en ese cuarto. Es más, a mi pareja, recién operada, le tuve que habilitar otra habitación de la casa porque ahí no se puede estar», se lamenta Walkiria.

Junto a la presidenta de la comunidad de vecinos aseguran que comunicaron a la empresa constructora la existencia de las humedades en las solanas y en la habitación del 5D, que tras una inspección realizada el pasado mes de abril realizó un informe. Según la valoración que realiza el director de la obra, Víctor Cabrera, en el documento que aportan los vecinos, «se concluye que las filtraciones se producen por las carpinterías de aluminio, bien sea por los carriles de las correderas, por los encuentros de los perfiles o por la escasa estanqueidad que se aprecia en las vidrieras de algunas solanas, las cuales presentan un estado deficiente a simple vista». Además, añade, «dado que las humedades solo aparecen en la solana y no así en el resto de la fachada trasera, se descarta que se produzcan filtraciones a través del paramento, cuya solución de reparación fue la misma para todo el edificio». «Bien es cierto –añade– que se ha apreciado una fisura en la esquina de una de las solanas coladas que pudiera acarrear problemas y que, no siendo el causante principal, dada la cantidad de agua filtrada, convendría repararse por precaución».

Pero los vecinos consideran insuficiente la respuesta: «La obra ha costado 221.000 euros, de los que cada vecino, por vivienda, ha aportado 1.375 euros, y vienen con un pincel y una pistola de silicona a sellar la fisura. Además, solo quieren arreglar los daños por fuera, cuando las humedades han provocado desperfectos en el interior de solanas o en mi habitación», se lamenta Walkiria, esposa de una de las nueve víctimas de la riada del 31 de marzo de 2002. «Aquí todos somos pensionistas y no hay derecho a que nos traten de esta forma», se lamenta.