Aquel jueves, 27 de abril de 1916, el Salón Novedades anunciaba la proyección de la película 'En las cumbres de Alsacia'. También en el Parque Recreativo se exhibía 'El tres de oros', dividida en 15 episodios de aventuras, emoción e intriga, tanta como la que había despertado la vista con tribunal de la causa instruida contra María Díaz Campos, acusada de haber envenenado a su convecina Francisca Díaz en el pago del Escobonal. En la plaza de La Constitución (actual plaza de La Candelaria), la banda municipal interpretaba pasodobles y polonesas, y para el domingo, la prensa promocionaba una corrida de novillos en “el circo taurino” de la capital. De fondo, resonaba el sombrío eco de los partes de la Gran Guerra. Las Islas mantenían lazos económicos con las grandes potencias europeas y el estallido del conflicto supuso un corte en esas relaciones. La práctica ausencia de tráfico de buques por el bloqueo marítimo y la paralización del renglón agroexportador provocó la carestía de los productos básicos, lo que acarreó falta de empleo, el enriquecimiento de los estraperlistas y generó un flujo migratorio, producto de la grave depresión económica, con el consiguiente descenso de la población, que pasaría de 63.004 vecinos en 1910 a 52.432 en 1920.

Aquel jueves, 27 de abril de 1916, en una casa de la calle 25 de Julio esquina a General O’Donell, venía al mundo Dolores Crosa Sáenz de Cenzano, Lola, la cuarta hija tras Pilar, Felisa y Angelita del matrimonio formado por Ángel Crosa y Costa y Felisa Sáenz de Cenzano e Irañeta, una familia que iría creciendo en femenino con la sucesiva llegada de Isabelita, María Luisa (fallecida tempranamente de meningitis) y Ana, y que además sumaba a la prole la figura del tío Diego Crosa, el popular Crosita, y de sus hermanas, también solteras, Adela y María.

Lola, en una imagen antigua.

Lola, en una imagen antigua. E. D.

La prensa saludaba el natalicio de “una hermosa niña” y felicitaba a sus progenitores. Aquel mismo día, su padre, concejal en el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife –siendo alcalde Jacinto Casariego y Ghirlanda–, presenta una proposición para que se aumente la subvención que tenía consignada Matilde Martín, “a fin de que pueda marchar a Italia a continuar sus estudios. Esta señorita es una verdadera esperanza del arte”, argumentaba con sentido. La propuesta se aprobó por unanimidad y la joven soprano vio incrementada en 2.000 pesetas la subvención que ya disfrutaba.

El asentamiento de la familia Crosa en Santa Cruz de Tenerife, tal y como describe Carlos Gaviño de Franchy, hay que situarlo en una fecha cercana a 1809, cuando fija su residencia en la villa José Crosa Carbonell, nacido en Cádiz en 1784, hijo de Ángel Crosa Isolabella, genovés, dueño de una rica casa de comercio. En 1808 hizo inventario y balance de los negocios y con el capital resultante trasladó su casa al puerto de Santa Cruz. A poco de su llegada, en 1815, desempeñó momentáneamente la alcaldía, cargo que volvería a ejercer, esta vez por elección, entre el 11 de septiembre de 1833 y el 31 de diciembre de 1834. Fue teniente de cazadores y capitán de voluntarios nacionales, compañía que había financiado de su peculio. Cuando se dispuso el traslado del Real Consulado Marítimo y Terrestre desde su sede en La Laguna al puerto de Santa Cruz aceptó presidirlo. Obtuvo acta de diputado provincial en 1822 y falleció en la incertidumbre de que sus herederos percibieran los numerosos créditos que se le adeudaban.

Tras su muerte, su hijo Ángel Crosa y Jorge obtuvo las patentes de cónsul de Méjico y de Italia, y fue vicecónsul del imperio del Brasil, desempeñando la alcaldía accidental de Santa Cruz de Tenerife el 5 de agosto de 1881. La conflagración mundial golpeó su negocio de carbón para el avituallamiento de buques, sumiéndolo en crisis. Su mujer, Evencia Costa de Grijalva, nacida en el puerto de La Orotava, se avecindó desde niña en la villa de Santa Cruz, lugar en el que su padre ejercía como propietario de una escribanía pública. Ellos fueron los progenitores de la familia Crosa y Costa.

El periodista y escritor Leoncio Rodríguez señala que, antes que el popular Crosita, fallecido en 1942, habían muerto sus dos hermanos: Ángel, secretario del Ayuntamiento, “modelo de laboriosidad y competencia, que antes había sido regidor municipal (...) y animador con Néstor de la Torre, Ledesma, Cabrera Topham y Hardisson de varias empresas artísticas y teatrales, aparte de su fecunda gestión como inspector y reformador del Teatro Guimerá”, y el singular Pepe Crosa, “compositor de zarzuelas regionales y director de la Masa Coral Santa Cecilia”. Con su muerte “perdió Tenerife un compositor de fibra y de vocación y la ciudad al primer noctámbulo. Contra su bohemia y su flema fracasaron los alcaldes que intentaron implantar un nuevo horario municipal”, tan en boga como está ahora el toque de queda.

Con el paso de los años, la familia Crosa fue mudando sus residencias: desde la calle del Castillo (donde hoy está la farmacia Wildpret), convirtiendo la plaza Weyler en patio de sus juegos infantiles con las primas Guigou, a Viera y Clavijo, en su salida a la Rambla, y de ahí a la calle San Martín, ya de luto por el fallecimiento de su padre Ángel Crosa en la década de los 20, a causa de la tuberculosis, que dejaba viuda a Felisa, con 37 años y siete hijas. “Fueron momentos difíciles”, recuerda Lola, en tiempos difíciles. La situación obligaba y la mayor, Pilar, con 19 años contrajo matrimonio con Rafael Lojendio Clavijo, militar y capitán de la Marina Mercante; Felisa se avecindó en Las Palmas de Gran Canaria y, más adelante, Isabel formaba familia con el juez José Borges y Jacinto del Castillo, mientras Ana se unía al comerciante José Prats, propietario de una de las camiserías más señeras y distinguidas de la capital.

Tras terminar sus estudios primarios, Lola asumió las tareas de la casa y el esmerado cuidado de su madre, Yaya, y era su hermana Angelita (ambas solteras) la que desarrollaba una eficiente carrera profesional como administrativa, convirtiéndose en la persona que llevaba el dinero a casa. Paradójicamente, la familia consideró que la fragilidad física de Lola aconsejaba que se encargara de las tareas domésticas. Y así fue. Ella, como joven de su tiempo, disfrutaba de los paseos por el viejo Santa Cruz, de las jornadas en los jardines de Camacho, con sus primas Chuchi y Lilí, de los bailes en el Casino y el Real Club Náutico, cumpliendo con el precepto de misa diaria, como era norma social.

En tiempos de la Segunda República se domiciliaron en la calle del mismo nombre (después 18 de Julio y hoy Juan Pablo II), en una vivienda que lindaba con la que habitaban Diego Crosa y sus hermanas Adela y María, atendidas por Lola con delicado mimo. Fue al estallar la Guerra Civil cuando se trasladaron a la casa de su hermana Pilar, en General Sanjurjo esquina Santiago Cuadrado. El entonces artillero Rafael Lojendio estaba en el frente, y hermanas y madre se reencuentran. A la vuelta, el militar se hace a la mar y entre travesías y mareas la casa se va llenado de niños; llegan los sobrinos, la alegría de la vida. Por entonces, Santa Cruz se recupera lentamente del bache poblacional, mientras asoma la sombra de la dura posguerra, la autarquía y un nuevo conflicto bélico atrona en Europa y el mundo. Los países extranjeros aíslan y bloquean a España y el puerto vuelve a su desnudez. Es la época del hambre, de las cartillas de racionamiento... y también del silencio.

Tras aquel periodo en el barrio de Salamanca, las Crosa se trasladan a la calle La Marina, esquina plaza de Isabel II, al último piso del edificio Núñez, obra del arquitecto José Blasco Robles, un símbolo racionalista y de modernidad que mira orgulloso y altivo a la bahía santacrucera. Fue conocido como la casa de El Molino, porque su propietario, dedicado al comercio de granos, había instalado un luminoso en el tejado con esa figura, que fue obligado a retirar porque sus destellos llevaban a la confusión a los buques.

Por entonces, Lola, que siempre había manifestado una natural habilidad para las manualidades y las labores, comienza a confeccionar por encargo banderines para sociedades, navíos de guerra, equipos deportivos... Y entre puntada y puntada hasta montaba puzzles de más de 2.000 piezas o resolvía crucigramas con enorme celeridad. Así mantenía el pulso de su vida simple, junto a su hermana Angelita y su madre, midiendo la línea del horizonte, los vaivenes del tiempo, desde aquella privilegiada atalaya.

Con la llegada de la democracia, Felisa, siempre Yaya, fallece, y sus dos hijas deciden abandonar el edificio Núñez y trasladarse a un pequeño piso en la calle de San Vicente Ferrer. Entonces Angelita enferma y también dice adiós. Ya se habían ido Pilar, Felisa, Isabelita... Lola es acogida en casa de su hermana Ana y allí viven.

En febrero de 2016, ambas ingresan en una residencia para mayores de la capital y conviven en la misma habitación, pero la salud de Ana se va deteriorando progresivamente hasta que también muere. Lola, que mantiene una prodigiosa lucidez, inusual para sus años, muestra una prodigiosa memoria que representa todo un libro abierto de la ciudad, y tan sólo está aquejada de una leve sordera, pero mantiene una firme fortaleza de ánimo. Ni la pandemia del covid ha podido con ella.