La reapertura del rastro chicharrero, después de catorce meses de inactividad por el confinamiento y las normas sanitarias por el Covid, supuso esta mañana un día de reencuentro con los vendedores y clientes de toda la vida que sumaron a su currículum de habituales un nuevo emplazamiento, que se anuncia provisional hasta diciembre. De los inicios en las Ramblas, hasta su posterior ubicación en la avenida de Anaga, luego el entorno del mercado y ahora en el recinto de la feria de atracciones.

Desde las ocho y media de la mañana comenzó a tomar forma la cola a la entrada del recinto que, con un acceso controlado con personal que llevaba la camiseta de Toma Ticket, habilitó un circuito en el interior al estilo de Ikea, que obligaba a hacer el recorrido completo. El nuevo rastro estrena circuito y también dimensiones de los puestos. Tomás, que lleva unos ocho años vendiendo muebles, lamenta el recorte a la mitad del puesto, ahora de dos por dos. “No me cabe la mercancía: “Hemos pasado de un rastro de yogourt a un rastro Petit Suisse”.

Las colas del exterior traían al recuerdo aquellas que se armaban a las puertas de los grandes centros. En el rastro se puede encontrar no solo de todo, sino lo que menos se piensa.

Cada visitante del rastro tuvo que protegerse con gel hidroalcohólico. Andrés Gutiérrez

La primera de la cola. El jefe de área de Servicios Públicos del Ayuntamiento, enfundado en peto amarillo y gorra para sortear el solajero –aunque bien podría haber comprado una por un euro– invirtió junto con el personal municipal desde las siete y media hasta las nueve y media en el reparto de los casi cuatrocientos puestos autorizados en el emplazamiento en la zona de la feria. La apertura de las puertas de gel hidroalcohólico –por el que todos pasaron– se produjo con media hora de demora sobre la anunciado y despertó el malestar.

Colas a las puertas del rastro, que abrió con media hora de retraso. Andrés Gutiérrez

De las primeras, Águeda Taima, que desde que regresó de Venezuela y Portugal a su capital natal, no ha faltado al rastro. “Vine tempranito para evitar las aglomeraciones; aprovechaba y daba un paseo y luego desayunar, pero me voy. ¿Has visto esa cola para entrar? No hay ni un metro de distancia entre la gente. ¿Qué están haciendo contra el virus? Me voy, no voy a estar apelotonada”.

Mala organización. Cerca de Águeda, Paco Fernández, que se acercó para preguntar: “¿Usted es del ayuntamiento?”, a escasa distancia del jefe de Servicios Públicos que supervisaba el dispositivo. “Dijeron que iban a abrir a las nueve y ya son las nueve y media. Vine por gusto, por curiosear y compro lo que se me antoja.Escriba que les pongo un suspenso en organización”.

Algunos vendedores con licencia decidieron no montar en el primer día del rastro. Andrés Gutiérrez

La familia Carmona. El retraso en la espera permitió, en el acceso, que la familia Carmona cargara contra la desorganización del primer día de reapertura del rastro. Juana Carmona lamentó que “la situación que vivimos no es justo, porque no nos dejan trabajar después de un año y dos meses. Si el 9 de mayo van a levantar el confinamiento... ¿por qué nos desplazan a esta zona? Cuando hemos esperado tanto, mejor sería haber esperado unas semanas más y volver a la ubicación de siempre”. “Me ha venido una orden de desahucio porque me han quitado el sustento de mi casa”. “¿Tú te crees que voy a ir a orinar a esos baños que han puesto ahí por los que pasa todo el mundo? Si es que tengo que caminar 30 kilómetros para encontrar un bar y poder desayunar. Aquí, cuando voy a tomar algo y vuelvo ya tengo hambre”.

A su lado, Luisa Santiago, que lamenta que no se haya consultado, a lo que Sara Delia Carmona apostilló: “Se han comprometido a que en diciembre volvamos a la recova. Vivimos de lo que ganamos en el rastro”.

“Yo tenía un puesto”. Domingo de Dios Morales se acercó al rastro con desconsuelo, y recordó que el tenía un puesto durante once años donde vendía bisutería frente a los puestos azules. Con lo que ganaba y la paga no contributiva podía salir para adelante, pero se lamenta de que se ha quedado sin puesto en la nueva ubicación.

Poco después de las nueve y media, ya se puede pasar al recinto. De los 631 puestos de la zona del mercado solo se han autorizado unos 400: unos porque no presentaron solicitud, otros porque no estaban al día y otros porque se fueron, explicó la presidenta del rastro, Carmen Tejera. De los casi 400 puestos marcados en el recinto, casi una cuarta no se ocupó, según Tejera, porque coincidió que la comunidad senegalesa estaba de duelo. También están de duelo hoy los ecuatorianos, por eso no verás aquí a ninguno, ni tampoco de Bolivia”. Admite la incertidumbre de muchos por ver la acogida al rastro en su nueva ubicación. “Hay mucho más público del que esperábamos”.

En el interior del recinto acotado del rastro se estableció un recorrido con una única dirección. Andrés Gutiérrez

“Me ha tocado en la rampa”. Al inicio del recorrido, el puesto de José Manuel Heredia Carmona, desconcertado porque “fíjate, me ha tocado aquí en la rampa; además no hay ni bares ni aparcamientos”, y pone en valor que por lo menos el recinto está perimetrado y controlado el aforo, aunque teme que muchos mayores no puedan venir al lugar.

Interrumpe la conversación para atender a la primera clienta, que se interesa por su venta de zapatos.“Son los que yo uso”. “Ahí los tiene, por siete euros”. “¿Pero tengo que cargarlos todo el recorrido?”, le pregunta. Heredia le dice que lo deje pago y se lo aparta escribiendo el nombre por fuera de la caja. “Mire que hoy lo he traído de oferta”, le dice, para precisar Heredia que su bisabuelo de uno de los fundadores del rastro.

Sigue la ruta. Y reencuentro con Sergio, un joven que una mesita de un metro cuadrado es capaz de vender crucifijos, rosarios de pared –a dos euros, lo que habla de la crisis de la Iglesia– o unos vinilos pequeños que muestra en fundas plásticas de un cartapacio.

Las toallas, uno de los artículos estrellas del rastro de Santa Cruz. Andrés Gutiérrez

Al lado, grifería de baño de 25 euros y de 30, porque es telescópica, o cables para cargar la batería del coche al lado de una bolsa de play mobil, mientras en la parte de atrás cierra la venta de una caña de pescar de quinta mano por un puñado de euros. Taladro de dos cabezas, por 120 euros; relojes digitales, por 7; hasta una caja fuerte; toallas, una por 6 euros y dos por diez; bragas por un euros; servicio de peluquería de trenzas... y quien no pueda llevárselo o no tenga puede quedar con el vendedor de mesillas de noche por diez euros, que tiene dos locales en las calles La Bandera y Juana La Blanca. Microondas, la primera generación de agendas electrónicas... y entre la nueva mercancía, después de catorce meses cerrados por la pandemia, dispensadores de gel hidroalcohólico y mascarillas de tela a 2 euros; cinto a 8 euros...

Apertura con retraso. Entre los vendedores, Jonathan Regalado, un feriante con tanta tradición que asegura que nació bajo la mesa de un puesto. “No somos tirados de la calle. El ayuntamiento está muy equivocado porque esto ha cambiado mucho: sitio a donde va la feria, pueblo que recupera la economía, y si no pregunta de Armeñime a Santiago del Teide. Nos dieron las migajas; este ha sido el último rastro en abrir, y nos han cambiado de ubicación para proteger un cuartel de jubilados porque les molestamos tres horas un domingo. No entiendo cómo Fedeco puede decir que nosotros le hacemos competencia desleal”.

Domingo vende modenas y billetes de todos los países en el rastro Andrés Gutiérrez

“Estoy un poco desencantado”. Domingo, vendedor desde hace treinta años de monedas y billetes de todos los países admite que está desencantado con la nueva ubicación. “Solo nos han dado dos metros para vender, sin sombra, sin baños, sin servicios...”.

Entre los puestos, se ofrece maquillaje, productos de piel; toallas a tres euros en otro puesto, polos Lacoste a diez, mientras don Carlos, un cliente de toda la vida en el rastro del mercado intenta cerrar su negocio: “¿A cuánto me dejas todas las novelas?”. “Cada una vale 15, pero... Espera. ¿A cuántos las tenemos en internet?”, su compañera le pide cien, pero el vendedor se las pone a 50 y hasta se ofrece a llevárselas al coche si hace falta.

Moisés Barrera vende dos perfumes a 5 euros para sacarse un dinero y ayudar en casa, y si puedo... “sacarme el carné”. “La gente tenía ganas de salir y comprar”.

Más adelante, Manolo Gil, vendedor de juguetes de coches de colección y maquetas al que se ha dedicado 35 años. “Han reducido el tamaño de los puestos”, para asegurar que la normativa se aplica según el caso. A su lado, su hija, Loreto Gil, vocalista del Grupo Cuatro, con ganas de que se retome la actividad musical y que ha llevado el negocio de su padre a las redes sociales, donde ha encontrado una alternativa para ganar algo durante este tiempo.

Aspecto que presentaba el rastro el mediodía del domingo 18 de abril de 2021. Andrés Gutiérrez

Hasta un traspontín para perros se vende. O cargadores de todas las generaciones. Toño González, artesano, ofrece su mercancía. “Hay mucha gente que ha venido a curiosear”, un motivo de alegría después de catorce meses cerrado, tanto tiempo como el que ha permanecido con la mercancía guardada esperando el día de ayer. “Yo vendo piel; antes se demandaba más”, precisa.

Entre clientes y curiosos, el concejal de Viviendas Municipales, Juan José Martínez, que pasea buscando el anonimato. “Me gusta el rastro y suelo comprar”.

Figuras de Lego a 3 euros, chandal de niño de dos piezas a cinco y hasta sistema de bizum para los clientes. “¡No regateen!”, grita Carmen, “no empecéis”, reclama cuando le piden bajar el precio de los cuatro euros por una toalla.

Detalle de unos de los puestos del rastro instalado en el recinto de la feria de atracciones. Andrés Gutiérrez

“Un mercadillo de artesanía y bragas a un euro”. Eduardo Pérez, coleccionista y amante de la juguetería, aseguró que “llevan mucho tiempo detrás de cargarse a a la gente que iba con una manta a vender. Ahora lo impiden porque argumentan la pandemia para exigir que tengas una licencia y un permiso. Íbamos a con mucha ilusión y nos marchamos porque ya no es un rastro sino un mercadillo de artesanía y de bragas a un euro; el único que existe como rastro de verdad es el de Las Chafiras. Antes venía gente de la Península a comprar aquí artículos de segunda mano. Pero lo de hoy ha sido decepcionante viendo cómo vendían bolsos falsos y cinturones de segunda mano. Antes tardábamos entre dos o tres horas en la búsqueda de tesoros ocultos que siempre encontrabas; hoy invertimos 17 minutos de reloj en hacer el recorrido completo”.