La caída del general Primo de Rivera, que presentó su dimisión al rey el 28 de enero de 1930, supuso el principio del fin de la monarquía de Alfonso XIII. El 30 de enero se formaba el nuevo gobierno en el que, además de la presidencia, el general Dámaso Berenguer asume también la cartera de Guerra, con el propósito de restablecer la “normalidad constitucional”. Berenguer, sin embargo, no restaura plenamente la Constitución de 1876. Tampoco convocó elecciones a Cortes, como le exigía la oposición republicana (unida el 17 de agosto de 1930 tras el llamado Pacto de San Sebastián). Incluso llegó a sofocar la conocida como sublevación de Jaca, el 12 de diciembre de 1930, con el fusilamiento de los capitanes Fermín Galán y García Hernández. Durante los trece meses que duró su mandato recibió duras críticas, llegando a merecer esta etapa el calificativo de dictablanda.

Berenguer fue destituido y el almirante Juan Bautista Aznar era nombrado presidente del gobierno el 18 de febrero de 1931. Su llegada al poder representó un cambio de rumbo político, merced a la convocatoria de comicios municipales para el 12 de abril de 1931, previos a las elecciones de diputados provinciales y generales, que a la postre provocarían un vuelco histórico tras la victoria republicana en las capitales, la salida del monarca del país y la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931, fecha de la que se cumple el 90 aniversario.

Una vez constituido el Gobierno Provisional en Madrid, Miguel Maura, ministro de la Gobernación, actuaría de inmediato destituyendo, ya fuera por vía telefónica o bien telegráfica, a todos los gobernadores civiles de la monarquía ya destronada, procediendo así a su sustitución por representantes republicanos. En el caso de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, Gustavo Morales cedía el mando aquel 14 de abril al presidente de la Audiencia, el magistrado José Ramón Fernández Díaz, como gobernador civil interino. Dos horas después, el gobernador civil dimitido abandonaba la sede del Gobierno Civil, en el Palacio de Carta, acompañado por su esposa y en medio de las ovaciones de la gente congregada en la plaza.

El telegrama de Maura

El 15 de abril de 1931, a las 14:20 horas, Miguel Maura enviaba a Tenerife este lacónico telegrama oficial: “Vistas circunstancias especiales de esa provincia ruégole entregue mando señor Lara”. En el número 45 del Boletín Oficial de la Provincia de Santa Cruz de Tenerife aparece publicada esta circular: “Cumpliendo ordenado en el anterior telegrama hago entrega con esta fecha del mando de la provincia al señor don Antonio de Lara y Zárate. Santa Cruz de Tenerife, 15 de abril de 1931. El Gobernador interino. José R. Fernández Díaz”. Tomaba entonces posesión del cargo el letrado Antonio de Lara y Zárate, quien se dirigía a los habitantes de la provincia a través de una comunicación que apareció publicada, a renglón seguido, en la página 2 del citado Boletín y decía lo siguiente:

“(...) Cumplido este deber, invito a todos a que cumplan el suyo, apoyando al Gobierno, facilitándole su misión, y hasta excusando, si en ellos se incurrieren, errores de detalle por parte de la Autoridad provincia”. Y pone el acento en el mantenimiento del orden: “La sensatez y cordura de que viene dando patentes muestras las poblaciones de la provincia, son prenda segura del mantenimiento de la paz pública, condición esencial para la consolidación del nuevo régimen”.

En esa misma línea, El Progreso, Diario Republicano Autonomista, desde su primera página, ya en la edición de aquel 14 de abril, conocedor de lo que se estaba cociendo a nivel nacional, hacía un llamamiento al pueblo a mantener la calma: “Si se confirmase la noticia de su implantación (la de la República), todos los republicanos se ven en la obligación de evitar producir todo exceso de los exaltados”. Y marcaba las pautas de comportamiento a seguir: “Vitoréese el régimen que nace en el horizonte del solar patrio; realícense todos los transportes de entusiasmo a que da derecho la consecución de una república en España y el albor de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad; pero no se cometan excesos de ninguna especie”. Abundando en la consigna de la moderación, continuaba: “Respétese todo; que todo, lo propio y lo de nuestros enemigos más encarnizados sea respetado; no se cometa acción reprobable. Republicanos, socialistas, pueblo de las izquierdas, demostremos que somos cultos y discretos. Ciudadanos todos, festejemos el nuevo Sol; pero con cordura”.

Sería un día después, el 15 de abril, (la mayoría de la prensa no se editaba los lunes), cuando La Prensa, Diario de la Mañana, periódico de orientación republicana dirigido por Leoncio Rodríguez, publicaba en su primera página, a manera de editorial, el artículo Momentos de profunda emoción civil: “Con motivo de las noticias recibidas de la Península, el entusiasmo popular revistió ayer (martes, 14 de abril), en las calles de esta capital, desde las primeras horas de la mañana, caracteres de verdadero desbordamiento”. Y de igual manera que sus colegas de El Progreso llamaba encarecidamente a la calma: “Ante los nuevos rumbos que toman los acontecimientos (...) hay sectores de opinión que no pueden disimular la inquietud. Y es que todavía, en torno a los principios democráticos llamados a sustentar la nueva obra ya comenzada, flotan sombras de vanos prejuicios. Se teme el desorden, cuando la democracia es la forma de gobierno en que el sentido del orden halla su encarnación más perfecta. (...) Los momentos presentes coronan el triunfo decisivo de esos dos sublimes conceptos: justicia y democracia”, concluía.

En ese mismo diario, también en primera página, se reproducía un manifiesto del Partido Republicano de Tenerife, titulado La Monarquía ha caído, que insistía a sus correligionarios en mantener el orden y respetar la propiedad privada: “La República ha sido proclamada. (...) El Directorio del Partido Republicano Tinerfeño cuenta con vosotros para cumplir esa alta finalidad, conservando el orden, impidiendo todo ataque contra la propiedad pública”.

Las espontáneas reacciones populares que provocó el advenimiento de la II República se recogen en La Prensa del 15 de abril, en una minuciosa crónica titulada Manifestaciones de júbilo en esta capital, que refiere cómo desde el mediodía del día 14 ya comenzaba a circular por la ciudad el rumor de que se había constituido en Madrid un Gobierno provisional republicano, presidido por Alcalá Zamora, y que el monarca había salido con dirección a Londres.

La noticia fue extendiéndose rápidamente, despertando el interés del público la entrada en el Gobierno civil –ubicado en el Palacio de Carta– del letrado Antonio de Lara y Zárate, “que permaneció largo rato conferenciando con la primera autoridad”. Y no es casual que el máximo dirigente del Partido Republicano Tinerfeño atravesara el umbral de aquel edificio flanqueado por los miembros del Directorio de su partido y por el Comité de la Federación Obrera. En su línea de moderación, Antonio de Lara se asomó a uno de los balcones, rogando al público que se disolviera pacíficamente.

En la plaza de la Constitución (actual plaza de Candelaria) “se formaron nutridos grupos, lanzándose cohetes y vitoreándose a la República”. También frente a la sede de la Juventud Republicana, en cuyo edificio ondeaba la bandera tricolor, se congregaron centenares de personas, “que exteriorizaban su entusiasmo, no cesando de dar vivas a la República”.

Durante todo el día, grupos de jóvenes con banderas rojas y tricolores recorrieron las calles céntricas de la capital, “que ofrecían un aspecto de inusitada animación”.

Después del mediodía, el comercio no abrió sus puertas y se paralizó el trabajo en la mayoría de las industrias, manteniéndose numerosísimos grupos frente a los edificios del Gobierno civil y de la Juventud Republicana.

Poco antes de las tres de la tarde comenzó a circular con más fuerza el rumor de que se había formado ya el gobierno republicano en España. El señor Orozco (cabeza de lista del Partido Republicano) se asomó a uno de los balcones de la Juventud, siendo aclamado por el público que se hallaba estacionado en las calles de Valentín Sanz, Ruiz de Padrón y la plaza del Príncipe. El letrado tinerfeño rogó a todos los presentes que exteriorizaran su júbilo dentro de la mayor corrección, evitando toda clase de incidentes. Seguidamente se organizó una manifestación, al frente de la cual figuraban las banderas de la Juventud Republicana y de la Masa Coral Tinerfeña, flanqueadas por banderas rojas. Los manifestantes recorrieron incansablemente todos los barrios de la ciudad y al llegar a la plaza de La Constitución se sumaron a los grupos que ya había allí reunidos, formándose entonces una enorme concentración.

Durante todo el día y muchas horas de la noche recorrieron la población centenares de automóviles y camiones que enarbolaban banderas tricolor y rojas, también retratos de Fermín Galán y García Hernández y carteles donde se leía Viva la República.

La caravana socialista

Desde las tres de la tarde transitaba por toda la ciudad una caravana automovilística de la naciente Agrupación Socialista Tinerfeña. Al frente de la comitiva, la bandera roja de la Agrupación, “incluso centenares de señoritas luciendo distintivos republicanos”. Otra manifestación, desde las seis y media de la tarde, se organizó en la plaza de San Francisco, colocándose al frente de ella la banda municipal, que al llegar a la plaza de la Constitución, interpretó tres veces La Marsellesa, coreada por el público. La comitiva se dirigió después al Centro de Telégrafos, donde se había izado la bandera republicana, repitiéndose las demostraciones de júbilo. Al arriarse la bandera se entonaría de nuevo La Marsellesa. Movida por un irrefrenable entusiasmo, la manifestación se dirigió al Ayuntamiento, al edificio del Palacio Municipal. En esta comitiva figuraba Orozco y otros significados elementos del Partido Republicano. Frente al Ayuntamiento se habían reunido ya centenares de personas, interrumpiéndose el tránsito por las calles de Méndez Núñez y también de Viera y Clavijo.

El señor Orozco se asomó al balcón central del Palacio Municipal y en su alocución manifestó que al proclamarse la República en España, en un día que calificó como histórico, quería que fuese en el Ayuntamiento, “por ser la Casa del Pueblo,” donde primero ondease la bandera republicana. (Una gran ovación acompañó su discurso). “Así como luchando hemos conquistado hoy nuestros ideales de toda la vida“, señalaba con voz firme, “queremos que todos seáis fieles guardadores de la República, ya que manos absurdas tratan de tergiversar 1a realidad presente. Que con el orden, amparado en los principios de libertad y justicia, hemos luchado contra el desorden, La República sabrá defender los intereses más legítimos de la nación”.

Rogaba así a todos los presentes que exteriorizaran por las calles la alegría y el entusiasmo inherentes al momento, pero advirtiendo de que ante el Gobierno civil no se protagonizara ninguna manifestación de hostilidad ni se provocara el menor incidente, “ya que no podemos exigir que ondee allí la bandera republicana mientras no se reciban órdenes del nuevo Gobierno”. Y añadía que el nuevo gobernador civil (Antonio de Lara y Zárate) “ha dado hoy un ejemplo de verdadero civismo y cordura, no sacando ni un sólo guardia a la calle y dejando en libertad los sentimientos del pueblo, y esa actitud de la primera autoridad de la provincia es acreedora a la gratitud del pueblo”, recomendando, una vez más, orden.

Tras Orozco tomaba la palabra el republicano Bernardo Chevilly, quien recordó la memoria de próceres santacruceros como Pulido, Suárez Guerra, Azcárate y Calzadilla. Dijo que se alborozaba por el triunfo de la República como español y como tinerfeño. “Como español, por haber desaparecido el régimen monárquico”, que llevó al país al desastre de las guerras coloniales y de Marruecos. “Y como tinerfeño porque la República que acaba de instaurarse reparará una injusticia y volverá a ser mi pueblo la capital de la provincia de Canarias”. El sempiterno pleito insular reverdecia en sus palabras, que fueron acogidas entre una calurosa ovación.

Un gentío en las calles

El Progreso, en su edición del 15 de abril, se hacía eco de El emocionante día de hoy relatando cómo “las calles se vieron invadidas por un gentío de todas las clases sociales, en busca de la confirmación del rumor, lo que no pudo realizarse porque no había noticia alguna”. Y describe cómo a lo largo de la festiva jornada “la efervescencia fue creciendo”, organizándose manifestaciones que recorrían las calles con banderas republicanas y rojas, automóviles y coches transitando con banderas y cintas de colores republicanos y haciendo énfasis en que tanto “la Guardia de Seguridad, la Benemérita y la Vigilancia no intervienen para reprimir estas muestras de entusiasmo la gente da vivas a la Guardia republicana”.

La Gaceta de Tenerife, Diario Católico de Información, de clara vocación monárquica, aquel 15 de abril de 1931 obviamente no fue jubiloso. En su primera página se elogiaba la figura del monarca: “Mucho se habla estos días de la persona de nuestro Rey. Y es lamentable que la mayoría de los comentaristas lo vean todo de un color poco realista”. Mientras en su página 2 puede leerse, a propósito de la proclamación de la II República en Santa Cruz de Tenerife que “se organizaron espontáneamente diversas y nutridas manifestaciones de los elementos antidinásticos que, portando banderas republicanas y rojas, daban entusiastas vivas a la nueva forma de Gobierno. Todo el comercio cerró sus puertas, quedando paralizado el trabajo”. Precisa la sucinta crónica que “el orden fue perfecto, pues los manifestantes se limitaban a exteriorizar su júbilo. Una de las manifestaciones más numerosas se organizó a última hora de la tarde, llevando al frente la Banda municipal de música, que recorrió las principales calles de la población vitoreando la República”.

Alejandro Cioranescu, en su obra Historia de Santa Cruz, describe en relación con esos momentos cómo “a pesar de esperarse como previsible el triunfo local de los republicanos, el cambio los cogió a todos de sorpresa”. El movimiento republicano tenía larga tradición en la ciudad y destacados miembros de ese partido habían ocupado cargos de responsabilidad bajo la monarquía, “pero nadie parece haber contado con un triunfo tan fácil como total”.

Sobre las manifestaciones, escribe el historiador que “hubo alegría callejera y la actitud más corriente fue la de expectativa curiosa y no falta de simpatía”, recordando que estas movilizaciones tenían ya una tradición secular en Santa Cruz. Sin embargo, arremete contra los organizadores de estas movilizaciones “que empiezan a sentirse rebasados por la base”, Así, refiere sobre aquellos días que hubo incidentes. “Algunos de estos elementos incontrolados se ofrecieron a la satisfacción de romper con martillos las planchas que, en la vieja calle del Castillo, llevaban el nombre de Alfonso XIII, para cubrirlas después con un cartón con el nombre de Fermín Galán”. Y aunque sostiene el historiador que aquella actuación “apenas necesitaba la intervención de un comando, ya que a los pocos días el ayuntamiento sancionaba el cambio de nombre”, no fue realmente así. Cuatro días después, el 18 de abril, el concejal socialista e insigne poeta Pedro García Cabrera pediría en el Pleno municipal de constitución de la Corporación que se respetara la voluntad popular exteriorizada el día de la proclamación del nuevo régimen, dando el nombre de plaza de La República a la de la Constitución y el de Fermín Galán a la calle Alfonso XIII, una petición que entonces no sería satisfecha.

En el conjunto del país, los republicanos se habían alzado victoriosos en 41 de las 50 capitales de provincias, mientras las fuerzas monárquicas se imponían en las áreas rurales, donde habitaba una mayor parte de la población y bajo la enorme influencia del sistema caciquil.

En Tenerife, la única población con entidad donde el resultado electoral se decantó nítidamente a favor de la conjunción republicano-socialista fue en Santa Cruz, que arrojó una composición con 22 republicanos y 3 socialistas, frente a 5 liberales y el mismo número de constitucionalistas. Otro caso es el de los socialistas en el Puerto de la Cruz, donde sus dieciséis candidatos son proclamados en aplicación del artículo 29 de la ley Electoral de 1907. En Canarias no hubo elecciones en 54 de los 89 municipios existentes, y en la mayoría se impusieron las candidaturas monárquicas.

El Partido Republicano

El Partido Republicano Tinerfeño, de larga vida, se constituye desde sus orígenes como la formación política de la pequeña burguesía. Sus filas se habían ido engrosando con sectores de la burguesía media y hasta de la clase dominante, sobre todo de su renglón comercial, si bien es lenta su implantación en zonas rurales.

El profesor Miguel Ángel Cabrera Acosta, en su trabajo La II República en las Canarias Occidentales, señala que “de su práctica política durante la Restauración destaca su colaboración con una u otra formación política de la burguesía isleña, como su implicación en la organización de la clase obrera, especialmente en Santa Cruz de Tenerife, en disputa con los grupos anarquistas”.

Tras la caída de la Dictadura, esta formación política acomete una estrategia de reorganización para hacer frente a la entonces presumible convocatoria electoral, y ahí surge la llamada Generación de 1930, compuesta principalmente por jóvenes estudiantes e intelectuales que se presenta en la prensa republicana entre marzo y abril de 1930, tomando como máxima combatir no la dominación de la burguesía, sin o algunas de las formas que esta dominación adopta. Aunque este grupo no formó una organización política ni se sumó a ninguna existente, cuando a finales de octubre se presume inminente la convocatoria electoral, que se certifica oficialmente en noviembre, la tendencia mayoritaria en este grupo se muestra proclive a la integración en las filas del republicanismo.

La escala del Puerto

En noviembre de 1930, el Partido Republicano aprovecha el rumor nunca confirmado de que el Gobierno había decidido suprimir la escala en el puerto de Santa Cruz de los vapores de la Compañía Trasatlántica que cubren la escala de Barcelona a Buenos Aires, para convocar una asamblea de protesta junto a la clase dominante. Se envían telegramas de queja al Gobierno, cierran los comercios y el día 24 se organiza una manifestación espontánea que se enfrenta con la Guardia Civil. En protesta por la represión, la Federación Obrera convoca una huelga general de 24 horas y exige la destitución de los mandos policiales. Al día siguiente, la paralización de la capital es casi absoluta. Se prorroga la huelga y una riada humana procedente de La Laguna, Tacoronte y otras localidades desemboca en Santa Cruz. El gobernador civil dimite y el Consejo de Ministros niega cualquier intención de alterar la ruta marítima. La oposición republicana aprovecha el giro de los acontecimientos y hace recaer las culpas sobre el régimen monárquico.

La recuperación del Partido Socialista tras la Dictadura es lenta. En Santa Cruz de Tenerife, el trasvase de miembros de la Generación de 1930 favorece la constitución de la Agrupación Socialista a lo largo del mes de marzo de 1931, si bien su reflejo en las elecciones queda limitado a tres concejales frente a los 22 de los republicanos. Políticamente, la casi totalidad de los miembros de gaceta de arte pertenece al Partido Socialista (Westerdhal, Pérez Minik) o bien son activos militantes, como los poetas Pedro García Cabrera (concejal electo) y Domingo López Torres, además de Óscar Pestana Ramos, de manera que la elite cultural pequeño-burguesa y los socialistas aparecen unidos.

En un escenario de profunda crisis y debilitamiento político de las clases dominantes, la identificación entre el régimen de la Dictadura y el deterioro de las condiciones de trabajo conducen a una progresiva politización de la clase obrera. La floreciente coyuntura económica, centrada en los cultivos de exportación y la actividad comercial, ya en 1931 comienza a declinar, dando síntomas de recesión. A esta situación se suman los evidentes efectos de la crisis del sistema capitalista, que se traducen en una desvalorización de la peseta, el encarecimiento de los precios de los productos básicos y la paralización de la obra pública.

Santa Cruz de Tenerife se encuentra sacudida por una intensa agitación social y a las puertas de una huelga general que la Federación Obrera acuerda convocar para el 11 de abril de 1931. Pero, simultáneamente, se propone celebrar un mitin y una manifestación pro-amnistía durante la semana siguiente. El Gobernador Civil manifiesta su preocupación por el rumbo que estaba tomando el asunto. Ciertamente, el movimiento obrero, la lucha sindical y la oposición republicana confluyen en los días previos a la proclamación de la II República.

El régimen monárquico se despedía en las Canarias occidentales en medio de una vigorosa ofensiva sindical del movimiento obrero y la II República se inauguraba entre la aceptación y el entusiasmo, y también con la adhesión de una clase dominante que veía en ella el instrumento idóneo para aplacar una lucha de clases que en el conjunto del país había alcanzado unas proporciones inquietantes y que adelantaba años cuajados de conflictos... y de una guerra civil.