El Día de Reyes comienza para unos en la churrería; para otros, compartiendo el roscón cada vez más extendido. Las restricciones sanitarias para evitar contagios del Covid también se han dejado sentir en las churrerías. Aunque en el municipio de La Laguna, el establecimiento del mercado de Aguere abrió ayer a las seis, cuando habitualmente lo hacía a las tres o las cuatro de la madrugada, ahora en pleno toque de queda.

Tras cumplimentar el ritual, regreso a casa, tras abrir los regalos que dejaron los Reyes Magos, para desayunar y poner rumbo a una Santa Cruz que ayer rindió homenaje al día de la ciudad sin coche y casi sin gente en la calle.

Nos encaminamos a los altares donde antes se presumía de regalo de reyes. Poco después de las nueve y media de la mañana, la plaza del Príncipe es un solar. En el Centro Comercial Hollywood se localiza una cola precisamente a la churrería y cafetería Hespérides, que ayer abrió desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde para alimentar la tradición de los churros. En la barra que impide el acceso al interior y delimita la zona de la terraza, Eliana da número a los clientes y alterna entre ordenar la llegada y despachar en el negocio en el que también trabajan Javier y Rafa que lleva abierto desde hace ya tres años.

En la cola, uno de los clientes aprovecha la conversación para abrir con quien estas líneas suscribe el debate sobre la independencia periodística a raíz de las informaciones publicadas por el Covid.

La víspera, Eliana entregó los regalos a su hija, Adriana, de 16 años, a sabiendas de que los niños de El Toscal estarían abriendo sus paquetes mientras ella trabajaba.

La calle del Pilar o de La Luna, plaza del Patriotismo y hasta el García Sanabria viven el espíritu de cerrado por reyes. El parque de toda la vida es el paraíso de los perros y sus dueños mientras algún mayor se atreve a dejar la silla de ruedas para desentumecer las rodillas. Solo faltaba colgar el cartel: Se buscan niños que estrenen reyes. El auge de los juguetes tecnológicos unido al obligado semiconfinamiento justifican la ausencia de pequeños en las calles.

Cerca ya del mediodía y cuando comenzaba a hacer mella la desilusión por la falta de esa infancia que hace honor en la vía pública al Día de Reyes... ¡Eureka!, le faltó gritar a la fotógrafa. En la plaza de Ireneo González, ayer huérfanas de terraza, los pequeños disfrutan de sus regalos. Los mellizos Erick e Iván, de tres años y alumnos del Luther King, abrieron sus regalos a las seis de la mañana y después de desayunar pusieron rumbo con sus padres, desde su domicilio en Costanera, en el municipio de El Rosario, a casa de sus abuelos sin separarse del camión y la concretera que les dejaron sus Majestades de Oriente. “Nos dejaron un avión y un teledirigido”, se apresuran a contar, mientras se incorpora a la conversación Alejandro, el primogénito, de 9 años. “Díle lo que te dejaron a ti”, le hace cómplice su padre. “Un lego y un patinete eléctrico”, apunta, mientras su progenitor estudia ahora cómo lo podrá disfrutar para compaginarlo con la normativa municipal que regula su uso.

En la misma plaza Ireneo González, Elsa, de 6 años, y Noah, de 3 años. “Los Reyes no me dejaron nada de las cosas de mi lista, pero tampoco me acuerdo que había puesto”, dice la mayor desde bicicleta de paquete, parecida a la que también estrena la pequeña Noah. “La abuela está en La Gomera y hoy pasaremos el día en casa”, precisan los padres. También en Ireneo González está Julia, que ya domina la bici y casi la acaba de estrenar. “Este año le entregué la chupa”, cuenta con complicidad. Su madre le apunta: “También te dejaron plastilina y un libro; hoy la plaza la disfrutan los niños porque no están las terrazas”, añade.

Antes de poner rumbo a la plaza de España, en un intento desesperado de buscar más niños, Alejandro, de 20 meses, disfruta de las clases de conducir que le imparten sus padres Rita y Rayco para hacerse con el dominio del coche que le dejaron los Reyes, además de la camisa del Tete, colores para pintar y un libro.

En la plaza de la Candelaria, Laya, de 5 años, y su hermana Lara, de 3, disfrutan de la bici que le regalaron Sus Majestades. “La mía es grande y sin ruedas”, precisa la mayor mientras su padre hace casi de funambulista para mantener el equilibrio de la niña. “A mí me dejaron un ordenador y a mi hermana, una guitarra, y globos, y una Nananá a cada una”. Les acompaña su abuela, que porta los cascos; las rodilleras están en la cestita de la bici.

En la explanada de la plaza de España, cuando un incómodo chipi chipi hace acto de presencia, Daniela, de 17 años y estudiante de Bachillerato de El Chapatal, disfruta de sus patines en línea, similares a los que también estrena Sofía, de 21 años y estudiante de Lengua y Literatura. La ilusión no tiene edad. Antes de despedirse preguntan: ¿Cuándo sale la foto?