19 de mayo de 2019
19.05.2019
Efemérides de Santa Cruz

110 años de la estancia de Vicente Blasco Ibáñez en Santa Cruz de Tenerife

Vicente Blasco Ibáñez nacido en Valencia en 1867 y fallecido en Francia en 1928

19.05.2019 | 06:27
110 años de la estancia de Vicente Blasco Ibáñez en Santa Cruz de Tenerife

Vicente Blasco Ibáñez nacido en Valencia en 1867 y fallecido en Francia en 1928, después de estudiar la carrera de Derecho en su ciudad natal, ingresaría en las filas del Partido Republicano, donde por su talante polémico fue muy pronto exiliado a París.

En 1894 fundó el periódico El Pueblo, como plataforma política del republicanismo federal, siendo procesado, encarcelado y condenado de nuevo al exilio. De regresó a España, en 1898, fue elegido diputado a Cortes durante seis legislaturas.

Blasco Ibáñez, autor muy prolífico, de vigorosa imaginación y poder descriptivo, fue uno de los novelistas más relevantes de la literatura castellana universal. Sus obras tuvieron gran proyección internacional, ampliada por las versiones cinematográficas de algunas de sus novelas: Arroz y tartana (1894), La barraca (1898), Cañas y Barro (1902), Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1914), etc.

En 1909 decidió abandonar la política y emigró a Argentina en busca de fortuna, donde llevó a cabo dos proyectos de explotación agrícola que acabarían en sendos fracasos. En su viaje a Buenos Aires, vía Río de Janeiro y Montevideo, a bordo del trasatlántico alemán Cap Vilano, hizo escala en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, el día 22 de mayo.

En el muelle fue recibido por las principales figuras de las letras tinerfeñas y un numeroso público pues, las asociaciones culturales de la Isla había publicado un "manifiesto" con el fin de emular la despedida que, dos días antes, le habían hecho en el puerto de Lisboa.

Durante las ocho horas que permaneció en la Isla, fue llevado en carruaje hasta la plaza de Weyler, donde cogió el tranvía que le trasladaría hasta Guamasa, desde donde pudo divisar el Teide. Luego visitaría La Laguna y sus alrededores.

Al regresar a Santa Cruz de Tenerife, el Ateneo le organizó un banquete en el Hotel Quisisana, donde Benito Pérez Armas le dedicó unas elogiosas palabras que fueron contestadas por Blasco Ibáñez con un improvisado discurso, interrumpido por atronadores aplausos.

En las primeras horas de la noche fue despedido por millares de personas que abarrotaban el muelle, al son de los acordes de la banda municipal.

Blasco Ibáñez prometió que escribiría un libro sobre nuestra Isla, promesa que cumpliría en Los Argonautas, de cuyo capítulo II, hemos extraído:

"Alzaba la isla en el fondo su escalonamiento de montañas volcánicas, con cuadriláteros de tierra cultivada moteados de blancas casitas. En la parte inferior, junto a la masa azul del mar, las fortificaciones españolas extendían sus viejos baluartes, rematados los ángulos por garitas salientes de piedra.

La ciudad era de color rosa, y sobre ella se erguían los campanarios de varias iglesias con cúpulas de azulejos. Cuatro torres radiográficas (1) marcaban en el espacio las líneas de su cuerpo casi inmaterial, dejando ver el cielo a través del férreo tramaje.

Más arriba de la ciudad, en una arruga de la montaña, ondeaba la bandera de un castillo moderno, era un hotel elegante (2) al que venían a respirar los tísicos septentrionales.

En el muelle se encontraban barcos de banderas belgas que iban a las desembocaduras del Congo; proas inglesas que venían del Cabo o torcían el rumbo hacia las Antillas y el golfo de México; buques de todas las nacionalidades que marchaban en línea recta hacia el sur, en busca de las costas del Brasil y las repúblicas del Plata; cascos de cinco palos descansando en espera de órdenes, de vuelta de la China, el Indostán o Australia; vapores de pabellón tricolor en ruta hacia los puertos africanos de la Francia colonial; goletas españolas dedicadas al cabotaje del archipiélago canario y las escalas de Marruecos?

Entre el muelle y el trasatlántico existía un anchuroso espacio de bahía, lleno de gabarras chatas para el carbón, abandonadas sobre su amarre y cabeceando en la soledad; vapores de diversas banderas, en torno de cuyos flancos agitábase el movimiento de la carga con chirridos de grúas y hormigueo de embarcaciones menores; veleros de carena verde que parecían muertos, sin un hombre en la cubierta, tendiendo en el espacio los brazos esqueléticos de sus arboladuras; ruidos de sirenas anunciaban una partida próxima; y otros rugidos avisaban desde el fondo del horizonte la inmediata llegada ?.

Canoas poco más grandes que artesas (3) iban tripuladas por muchachos desnudos, de color de chocolate, relucientes con el agua que se escurría de sus miembros. Mientras uno bogaba, moviendo unos remos cortos como palas, el otro, acurrucado en la popa por el frío de las continuas inmersiones, rugía a todo pulmón: ¡Caballero, eche dos marcos y los alcanzo! Era un griterío que emergía incesantemente a ras del agua; una continua apelación al "caballero" para que pusiese a prueba la agilidad natatoria de la pillería del puerto. Y cuando la moneda caía al abismo, el nadador iba a su alcance con la cabeza baja y las manos juntas en forma de proa, dejando la piragua balanceante detrás de sus pies con el impulso del salto. El cuerpo bronceado tomaba una claridad de marfil en el cristal verde de las aguas removidas. Se le veía agitar los miembros junto al casco de la nave, como unas tijeras blancas que se abrían y cerraban acompasadamente; hasta que, volviendo a la superficie con la moneda en la boca, y echándose atrás el mechón húmedo que caía sobre su frente, ganaba la canoa con una agilidad de mono y volvía a temblar de frío, implorando a todo pulmón la generosidad del "caballero" (4).

En la cubierta del barco las piernas se me enredaron en un montón de telas vistosas pues los bancos y sillas se habían convertido en mostradores, remontándose hasta lo alto de las barandillas y los huecos de las ventanas, y el suelo estaba cubierto por un oleaje multicolor de cálidas tintas. Eran mantelerías con calados sutiles, semejantes a telas de araña; pañuelos de seda con tonos feroces que daban a los ojos una sensación de calor; kimonos con aves y ramajes de oro; leves pijamas que parecían confeccionados con papel de fumar; almohadones multicolores como mosaicos; velos blancos o negros recamados de plata que traían a la memoria las viudas trágicas de la India subiendo al son de una marcha fúnebre a la hoguera conyugal.

Los productos de aguja de las isleñas canarias se mezclaban con la pacotilla chillona venida de Asia. Vendedores andaluces o indostánicos gesticulaban entre los grupos de pasajeros, alabando sus mercaderías con sonora hipérbole española o con un balbuceo mezcla de todas las lenguas: "Señor compra la mía colcha bonita para la tuya madama".

La isla, risueña e indolente en mitad de la encrucijada de los grandes caminos que llevan a África y América, parecía contemplar impasible este movimiento de la navegación mundial, mientras proporcionaba por unas horas el alimento negro del carbón a los organismos humeantes que llegaban y partían sin conocerla; festoneada en su costa por una áspera flota de chumberas y pitas; guardando tras las volcánicas montañas de su litoral el secreto de sus ocultos valles tropicales; escalando el cielo con una sucesión de cumbres sobre las cuales flotaban las blancas vedijas de las nubes, y ostentando sobre esta masa de vellones el pico del Teide, un casquete cónico estriado de nieves que era como la borla o botón de este inmenso solideo de tierra emergido del Océano.

Los jornaleros de carbón, formando una fila de hombres blancos que parecían disfrazados de negros (5), penetraban en el buque por las puertas abiertas en sus dos costados llevando al hombro grandes cestos que esparcían polvo de hulla?"

Al iniciar el capítulo III, Blasco Ibáñez se despide de Tenerife:

"Estábamos aún frente a la isla, costeando sus rugosas montañas, pétreo oleaje de antiguas erupciones llegadas hasta el mar. Bajaban por las laderas, como ovejas en tropel, blancas viviendas, medio ocultas alguna de ellas en los repliegues sombreados de verde. Por encima de las cumbres iban pasando la caperuza nevada del Teide como una cabeza curiosa, ocultándose o apareciendo, según el buque marchaba cerca o lejos de la costa?

En 1921, Blasco Ibáñez decidió retirarse a su casa de Niza, donde escribiría sus últimas novelas, más pensadas para gustar al público que las escritas en sus años de más efectiva lucha política en las que reflejaba las injusticias sociales desde una óptica anticlerical, dentro del más puro estilo realista.

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