Análisis
40 años de dictadura y 50 de Democracia

Mujeres durante la dictadura de Franco.
Tras las elecciones generales de 16 de febrero de 1936, que pierden los partidos de las derechas frente a una coalición de izquierdas del Frente Popular, la derecha, junto con civiles poderosos, militares golpistas y parte de la Iglesia, acelera sus planes subversivos porque considera que España siempre había pertenecido a ella misma, y así tenía que seguir siendo, razón por la que, temerosa de perder el poder que siempre disfrutó, se alinea con las consignas a favor de una sublevación militar.
La izquierda, representada por el gobierno del Frente Popular, a pesar de las reiteradas advertencias de rumores de preparación de un golpe militar, minimiza torpemente la crispación social y se preocupa mucho más de evitar una revolución desde sus filas y los obreros que de impedir un alzamiento militar desde la derecha. Gravísimo error de una izquierda dividida y enfrentada, con un gobierno de la II República que no percibe el desencanto de una ciudadanía frustrada por no conseguir las mejoras sociales que esperaba del Frente Popular.
Es entonces cuando el ministro de la Guerra, Carlos Masquelet, traslada a un general muy ambicioso de poder desde Madrid al Palacio de Capitanía de la Plaza Weyler de Santa Cruz de Tenerife, desde donde, a sus anchas, planifica una sublevación desde dentro con el general Mola, «cerebro» de la operación, y otros militares y civiles.
Franco, en la manifestación del Primero de mayo de 1936, con el pretexto de que el orden público se ve amenazado, ordena la intervención militar como gesto de fuerza, sacando a la calle tropas del Ejército en La Orotava, Puerto de la Cruz y La Laguna, mandando colocar ametralladoras en sus puntos estratégicos en clara provocación a las autoridades republicanas. Casares Quiroga, ministro de la Guerra, recibe una llamada urgente del gobernador civil, Manuel Vázquez Moro, que le traslada su preocupación por la actitud provocadora de Franco, a lo que responde el ministro: «Señor gobernador, prohíbo de modo terminante que se ponga en duda la lealtad del general Franco».
Y no pasó mucho tiempo, el 18 de julio, para Franco volar de Gran Canaria a Tetuán, llevarse el Ejército de Marruecos a la Península, e iniciar una guerra entre españoles, con la que se desencadena una intensa y cruel actividad represora, que, en Canarias, aunque no hay guerra, se cobra cerca de cinco mil vidas entre desaparecidos, fusilados y soldados movilizados a la fuerza.
Francisco Franco se convierte en jefe de gobierno, de estado y generalísimo de los ejércitos y cambia su dinámica castrense por la aristocrática del Palacio del Pardo, que convierte en centro de poder bajo la atenta vigilancia de su esposa Carmen, y con mano de hierro dirige una dictadura militar, policial y de moral católica bajo palio, cuartel y convento a la vez, firmando sentencias de muerte hasta poco antes de la suya, retrasada al máximo por una familia muy enriquecida que mantiene a Carlos Arias Navarro, carnicero de Málaga, como presidente que ordena a toda España guardar luto riguroso 30 días, el más largo de la historia. Al dictador le sucede el Rey Juan Carlos I, con tantas luces como sombras, previamente llegado con 11 años desde el exilio familiar de Estoril (Portugal) para ser educado convenientemente.
Por fin el 20 de noviembre de 1975 el exilio y la mayoría de los españoles brindan por el éxitus del dictador, la juventud y los trabajadores salen en tropel a la calle a forzar el cambio, y desde entonces disfrutamos de libertad para votar, las mujeres ya no tienen que pedir permiso a sus maridos para abrir una cuenta corriente, tramitar el pasaporte o gobernar, la gente se casa con quien quiere, y si bien es cierto que la actual escasez de la vivienda, los escándalos por la maldita corrupción casi generalizada que no cesa, y la condena, por primera vez, de un fiscal general del Estado, suponen un taponazo a la Democracia, ésta merece todo nuestro sacrificio y apoyo. Y el Rey Felipe VI también. Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, como cantó Cecilia, detenida por ello por la dictadura, se lo merece.
Mientras tanto, asignatura pendiente, Franco sigue vivo, al menos en Santa Cruz de Tenerife, en el monumento protegido en su honor en el cruce entre la rambla que ya no lleva su nombre y la avenida marítima. Esperemos que por poco tiempo. n
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