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Opinión | EL recorte

Hacia la catarata

Sánchez parece decidido a confrontar con la Transición, con el rey y con el modelo de Estado

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la entrevista para la cadena Ser de este lunes, 31 de agosto

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la entrevista para la cadena Ser de este lunes, 31 de agosto / Sociedad Española de Radiodifusión, S.L.U.

Nunca te acostarás sin saber una cosa más. Después de las primeras declaraciones hechas por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su vuelta de vacaciones, ya sabemos media docena de hechos inéditos. Por ejemplo, que no se puede acusar sin pruebas a Marruecos de ser responsable de la invasión de Ceuta, a pesar de que los ochenta mil invasores civiles vinieran de ese país, de que Marruecos haya reclamado inmediatamente sus derechos de soberanía sobre esa ciudad autónoma y Melilla y de los precedentes de cómo el reino alauí ha manejado la migración como chantaje.

A quien sí se puede acusar sin pruebas, como hizo Sánchez, es a Rusia, Israel y una supuesta «internacional derechista» fabricada en las madrugadas insomnes de La Mareta.

Sabemos que el CNI español avisó del riesgo de invasión, pero sin decir el número exacto de personas que iban a saltar la frontera ni precisar la hora y el día concreto. O sea, vaya chapuza. ¡Con razón en La Moncloa no hicieron ni puñetero caso de las alertas!

Y puestos a saber, también sabemos que el jefe del Estado, el rey Felipe VI, no lleva doce años de reinado, sino veinte, qué calladito se lo tenía hasta que lo ha revelado Pedro Sánchez, que además le ha reprochado públicamente que en todo ese tiempo no haya hecho una sola visita a Ceuta.

¡Manda huevos! Que diría Trillo. El desquiciado «galgo de Paiporta» intenta excusar su ausencia de Ceuta poniendo por delante la figura del jefe del Estado. Acabáramos.

Ni siquiera es capaz de conservar la coherencia de lo que ha dicho unos pocos segundos porque cuando le preguntan cuándo irá el rey a ver a los ceutíes, cosa que tendrá que negociar con Moncloa, asegura que «cuando se den las circunstancias adecuadas».

¿Y cuándo se darán esas circunstancias? Cuando haya una invasión de los extraterrestres. O sea, cuando su visita no constituya una ofensa al rey de Marruecos, Mohamed VI, que parece tener cogido por el badajo al presidente español y a todo su Gobierno.

Sánchez ha defendido su desaparición de Moncloa en plena crisis de Ceuta apelando al derecho de todo trabajador a disfrutar de unas merecidas vacaciones. Como si Churchill, durante el periodo álgido de los bombardeos alemanes sobre Londres, se hubiera ausentado unas semanas de asueto a las tierras altas de Escocia.

¿Qué presidente de Gobierno no ha desaparecido en mitad de una guerra híbrida cuando miles de ciudadanos de otro país han invadido sus fronteras? Todo perfectamente lógico y comprensible en el ala oeste del manicomio.

Como las aguas de un río que se acercan a una catarata, el sanchismo está acelerando vertiginosamente el viaje hacia su caída.

Sánchez parece decidido a confrontar con la Transición, con el rey y con el modelo de Estado. Su viaje a la oposición le conduce al catecismo podemita de un país republicano y federal. Quiere hacer de su derrota una crisis de Estado y de la oposición una sublevación.

Sueña con calles incendiadas por las protestas y el desorden ante un Gobierno de la derecha y sus políticas reaccionarias. La Barcelona del procés.

Que un partido socialdemócrata que un día fue uno de los pilares de la democracia española le acompañe obediente y servilmente en ese viaje suicida es, sin quizás, la parte más triste de la historia.

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