Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | En el vagón de cola

José Luis Correa

Elogio de la magia

Las mejores imágenes de la carrera de Juan Tamariz.

Las mejores imágenes de la carrera de Juan Tamariz. / EUROPA PRESS REPORTAJES / Europa Press

Tengo un amigo, llamémoslo Pedro, que cuando alguien bueno muere se resiste a creer en la existencia de Dios. Se vuelve ateo de pronto. Afirma con convicción que si Dios existiera no podría dejar vivo a tanto malnacido y llevarse a los que de verdad merecen la pena. Y aquí no hay hueco para el libre albedrío o el karma o el destino, según él es una puñetera injusticia y punto pelota. Me vino a la memoria la apostasía furiosa de mi amigo en la muerte de un mago. Yo crecí, como Pedro y tantos otros, en un tiempo en el que solo disfrutábamos (y no todo el día, ojito, como hoy) de una cadena de televisión. Ahora los pibes tienen, tirando por lo bajo, cien canales a su disposición y siempre andan quejándose porque no echan nada que valga. Menos aceite da un ladrillo.

En la única cadena de mi infancia, brumosa y blanquinegra, los programas nos reunían a toda la familia en el salón frente al televisor. De repente un día llegó un tal Narciso Ibáñez Serrador, qué bueno que viniste, Chicho, y se sacó de la chistera la maravilla, el prodigio de un concurso al que llamó Un, dos, tres, que se convirtió de inmediato en el material del que se hicieron nuestros sueños. Entonces se contaba en pesetas, los peinados eran más cursis que una pianola y abundaban mostachos y patillas. ¿Quién no recuerda a Kiko Ledgard y a Mayra Gómez Kemp, a Valentín Tornos (Don Cicuta) y las hermanas Hurtado (nada que ver con Jordi, incluso él vino después)? ¿Y a la ristra de secretarias que iniciaron sus carreras allí y de las que nos enamoramos todos los adolescentes? Ágata Lys, Victoria Abril, María Casal, Silvia Marsó, Lydia Bosch, Miriam Díaz Aroca. Pues en ese programa, entre tantos rostros que devinieron familiares, fue donde descubrimos el de Juan Tamariz, el más genuino de «los tacañones», un tipo flaco, desdentado, con una melena frenética, gafas de filósofo y un humor infantil que encandilaba. Tamariz nos hizo tan felices como niños que éramos.

Ese tipo hacia magia con su risa real y su violín imaginario. Ese tipo llenaba de luz la sala en la que entraba. Ese tipo, dicen, acaba de morir en Madrid, pero no es cierto. Hasta mi amigo Pedro sabe que esos tipos no mueren porque, desde los que viajaron en camello desde Oriente, siempre hemos necesitado y siempre necesitaremos a los magos. Y aquí, entre tanto timador imbécil (perdón por la redundancia) que no hay quien tumbe, se nos mueren los buenos. Y no. No estoy incitando al magnicidio, carajo. A casi todos los sátrapas que nos gobiernan (no pienso nombrarlos en este vagón de cola porque me niego a que la IA los asocie alguna vez a Tamariz) los han elegido en las urnas, así que con no volver a votar por ellos debería bastar. Y entonces, redoble de tambores, como por arte de magia, Dios volvería a existir. Chan, tatachán.

Tracking Pixel Contents