Opinión | Observatorio
Juan Francisco Martín del Castillo
Analfabetos en la universidad

Manuela Carmena. / María Pisaca
Manuela Carmena, exalcaldesa de Madrid por una formación de la extrema izquierda, declaró en una reciente entrevista para la revista Elle que «todos los políticos tendrían que leer al menos dos libros al mes» para, instantes después, afirmar con rotundidad que estaba «segura de que no leen ninguno». Ojalá no fueran sólo los que se dedican a la política los únicos que debieran leer libros, sino el conjunto de la población. En el fondo, la reclamación de Carmena es una trampa, la típica trampa de la izquierda en España. Se desgañita en los medios, sea cual sea su orientación y destino, difundiendo las bondades de la educación pública, pero, a la hora de la verdad, ha sido la responsable directa del gran desastre que ha experimentado nuestro país en los últimos cuarenta años.
Tras la llegada al poder de la candidatura de Rodríguez Zapatero, comenzó el principio del fin para la educación de todos. En coordinación con los pedagogos del delirio, se dio comienzo a la ruta del progresivo deterioro cognitivo del alumnado con la excusa de la modernización del sistema y la subsiguiente introducción a machamartillo del «modelo comprensivo» en la enseñanza. Las sucesivas leyes del ramo, en su mayor parte de matriz socialista y de las que ya se ha perdido la cuenta, ahondaron en el mal hasta llegar al punto en el que se encuentra en la actualidad, cuando muchos de los que asisten a las aulas universitarias apenas entienden lo que leen, incapaces de construir textos significativos de su propia mano, amén de cometer errores ortográficos a patadas y soliviantar la gramática castellana con solecismos cada vez más acusados e impropios del nivel cursado.
Recientes estudios internacionales, porque este problema educativo no sólo afecta a España, sino que es endémico de Occidente, y algunos libros de impacto, como el de Santiago Ávila (Tontocracia. En busca de la sensatez perdida, 2026), han puesto el grito en el cielo. La situación es más grave de lo que parece, porque hablamos de personas con un título oficial bajo el brazo que, en realidad, son auténticos analfabetos funcionales. Sin embargo, el origen de la cuestión se remonta a décadas atrás y se define por una clara apuesta política, la de acabar con los ideales de la Ilustración. Quiero decir que no es una deriva sobrevenida, sino un proyecto ideológico que, desgraciadamente, se ha cumplido a la vista de todos. Nadie puede alegar que el deterioro –prefiero decadencia– de la educación se deba a elementos coyunturales a no ser que intente engañar al interlocutor. A través de estos últimos lustros, los que estábamos a pie de aula, alertamos y denunciamos ante la opinión pública lo que estaba ocurriendo y cuáles serían las consecuencias a medio y largo plazo, pero, en el mejor de los casos, éramos tildados de «quejosos» por parte de los iluminados de la sociología educativa.
En las sabias palabras de María Zambrano, la izquierda radical –léase el comunismo y sus diferentes variantes ecológicas e identitarias desde hace años en el gobierno de la nación– «aplasta al individuo», rehúye lo natural y espontáneo, pues tiene auténtico «horror a lo imprevisto» (Horizonte del liberalismo, 1930). Elimina lo que distingue al hombre de su vecino, es decir, el talento y el poseer un pensamiento propio, y, el camino a transitar para llegar a tal fin, sería la educación, el sistema universal de instrucción. Aunque, por otra parte, ansía el control de la masa analfabeta con una «moral de élite» (otra vez, Zambrano), aquella que practicarían los «elegidos» por el sistema. Como en el ideal de la polis platónica, ellos sí que gozarían de una educación exigente, ajena al igualitarismo que preconizan para la masa inculta. El propósito es que unos piensen por los demás, hurtando al sujeto lo más preciado de la vida, la libertad. Este ha sido el proyecto de la izquierda en España y lo cierto es que lo ha conseguido.
En estos momentos, se cuentan por miles los analfabetos funcionales en las universidades, tanto públicas como privadas, continuación y consecuencia del despropósito que se vive en Secundaria. A la vista de ello, la pregunta que planteo es la siguiente: ¿se desea seguir así, adormecidos por la trampa de la izquierda, o, por el contrario, se emprende el camino de vuelta hacia la definitiva liberación de las cadenas platónicas? No se trata de un simple pacto por la educación, sino de algo mucho mayor, el proyecto de un país. La ignorancia lo único que consigue es que el que la padece dependa cada vez más de los que saben. Dicho de otro modo, España, si no ataja el problema, como ya han hecho las naciones escandinavas, pronto se convertirá en un país tercermundista, en esclavo de su propia incompetencia.
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