Opinión | Claroscuro
Personajes secundarios

En Madrid hay 23.246 influencers y la mayoría son mujeres. / EPE
Se escribe mucho últimamente sobre la caída de los influencers. Sobre cómo las nuevas generaciones empiezan a cansarse de ese flujo incesante de publicidad, más o menos encubierta, que reciben cada vez que abren sus redes sociales. Pero los influencers, en realidad, han existido siempre. Solo que antes no los llamábamos así. No los veíamos a través de una pantalla ni cobraban por influirnos. Eran la amiga que vestía con estilo y a la que queríamos parecernos. La madre que siempre sabía qué comprar. El futbolista cuyo póster colgaba de la pared de nuestro cuarto. El cantautor que te acompañaba con sus letras en las primeras crisis de la adolescencia.
Quizás no estamos cansados de que alguien nos influya con sus opiniones o sus gustos. Puede que lo que nos canse sea constatar que ahora todo tiene precio: la recomendación, la espontaneidad y hasta la intimidad; saber que la autenticidad es cada vez más escasa. Pero también es posible que hayamos empezado a hartarnos de mirar nuestras propias vidas como si tuviéramos que convertirlas permanentemente en contenido.
Hemos pasado de querer parecernos a alguien a querer que los demás quieran parecerse a nosotros, que deseen nuestras vidas, pero muchas veces me pregunto si, mientras estamos editando nuestros días para que parezcan perfectos, nos estamos olvidando de vivirlos. Esa competición en la que nos hemos instalado no fomenta la admiración sana y aspiracional que todos hemos sentido por alguien, cercano o lejano, sino que cultiva la envidia, la frustración, la sensación de que somos personajes secundarios de nuestras propias vidas.
Desde hace años tengo en el estado de mi Whatsapp una frase que dice así: la mejor forma de parecer es ser. Sin embargo, una forma de llegar a ser también consiste en querernos parecer a un determinado ideal, en caminar hacia él. No hay amor –ni romántico ni amistoso– que no lleve consigo una dosis de deslumbramiento. La cuestión es qué nos mueve en ese viaje: la admiración o el resentimiento, el deseo de transformarnos o la necesidad de que se reconozca que nuestra vida también merece ser admirada. Hemos terminado utilizando la vara de medir de los likes ajenos para saber si nuestras experiencias son lo suficientemente buenas. A veces parece que necesitamos la validación de los demás para tener la certeza de que nuestra existencia merece la pena.
No creo que los influencers vayan a desaparecer. Ni los que se ganan la vida promocionando productos ni aquellos semi ídolos que vamos encontrando por el camino. La verdadera pregunta es si vamos a ser capaces de quitarnos el barniz de creadores de contenido que todos llevamos puesto, de romper con el influencer que llevamos dentro.
Creo que somos lo suficientemente capaces de discernir entre aquello que se promociona solo por dinero y aquello que, aun existiendo un contrato de por medio, alguien vende porque considera que es un buen producto. Lo que no sé es qué factura nos va a pasar vivir en esa espiral constante de exposición que convierte la admiración en envidia. Si estamos dejando de saber qué nos gusta de tanto pensar en qué les puede gustar a los demás.
Necesitamos referentes. Necesitamos tener la capacidad de admirar. Necesitamos también sentirnos reconocidos por la mirada del otro. La identidad no se construye a solas, también está hecha de aquello que ven los demás en nosotros y que nosotros no supimos ver hasta que alguien nos lo descubrió. Necesitamos, incluso, querer parecernos a alguien para descubrir quiénes queremos ser. Pero llevamos muchos años cambiando un verbo por otro: admirar por envidiar. Y eso tiene un efecto en la forma en que nos proyectamos hacia el futuro.
Admirar viene del latín admirari, que significa asombrarse, maravillarse, contemplar con sorpresa. Hay pocas cosas que me produzcan tanta admiración como descubrirla en otra persona. Ver cómo alguien se entusiasma hablando de un escritor, un director de cine o un pintor tiene algo especialmente contagioso y otorga a los demás la capacidad de ampliar nuestro mundo. ¿Quién querría renunciar a ello?
- La Bonoloto premia a Tenerife: más de 1,3 millones de euros 'viajan' a la isla
- Polémica en el Real B-Tenerife: Christian Gomis no pudo saltar al campo por una norma de creación reciente, pero el castigo que impuso el árbitro no está recogido en el Protocolo
- En estado grave un hombre que cayó con su vehículo a la azotea de una vivienda en Tenerife
- Juan Cruz (escritor y periodista): 'Muchas veces entrevistar me ha hecho mejor persona
- Álvaro Cervera, tras el empate entre Tenerife y Real B: 'Merecimos un punto y se nos han escapado dos
- Joaquín Hervá, el cura que construyó una iglesia vendiendo garajes
- Un irregular La Laguna Tenerife cae en su visita al Casademont Zaragoza
- Multa de 200 euros aunque no superes los límites de velocidad: la DGT extrema la vigilancia de los conductores tinerfeños
