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Opinión | Al filo de las letras

Nayra Bajo de Vera

Nayra Bajo de Vera

Periodista y escritora

Regresar a La Laguna que se desvanece

Imagen de archivo de la costa de La Laguna.

Imagen de archivo de la costa de La Laguna. / EFE

Cada vez que compro los billetes para volver a Tenerife, después de meses sin pisar la ciudad donde crecí, regreso a una desorientación que ya me resulta familiar. La quietud del tiempo se mantiene en mi mente, pero es cuestión de llegar a La Laguna y ver los lugares de mis memorias para darme cuenta de que una parte del lugar que recuerdo ya no existe. ¿Qué negocio de toda la vida habrá cerrado ahora?, me pregunto mientras rasco días de nostalgia en la página de Binter o Armas con el calendario abierto.

Los cristales de sus calles susurran poemas que todavía me transportan al pasado, pero muchas veces se hace difícil escucharlos. Veré un paisaje un poco más gentrificado, un poco más lleno de turistas, un poco más poblado con tiendas de souvenirs extranjeros que fingen ser retazos de cultura local. Sé que así será antes incluso de haber llegado pero, por muy consciente que sea, la quemazón no escuece menos. El tiempo y el espacio que hay entre La Laguna y la gente que ya no vive en ella hacen que los cambios hechos a fuego lento lleguen como un golpe repentino.

Empiezo mis vacaciones con la llegada de septiembre. Lo hago con cierta inquietud. Me esperan viajes a mis dos ciudades, La Laguna y Barcelona, que son reflejos vivos de unos cambios vertiginosos: la evolución del turismo, la irrupción de los nómadas digitales y la gentrificación han cambiado la forma en que nos relacionamos con los espacios que habitamos. Cada una a su nivel, me recuerdan que el paso del tiempo ya no se mide en años, sino en inflación.

No seré ingenua ni tampoco idealista. Los lugares tienen que cambiar y abrirse al mundo porque, de lo contrario, corren el riesgo de estancarse. Pero también debemos plantearnos cuánto queremos cambiar, a qué precio se da ese cambio y por qué hemos llegado a un estadio en que resulta casi imparable, hasta el punto de que a veces nos falta el aliento para seguirle el ritmo.

Los lugares emblemáticos se vuelven más atractivos para las rentas altas. La vida y su soporte –la vivienda– son cada vez más caras. Nuevas cafeterías de especialidad y negocios hiperespecíficos nacidos de modas veloces plantean nuevas «necesidades» modernas, desplazando a las gentes y sus costumbres de siempre a otros espacios. En ocasiones llegan a unos márgenes donde terminan por diluirse. Y esto duele, pero es necesario admitirlo: también es culpa nuestra.

No compramos en la mercería o la librería de barrio y abandonamos las tascas y guachinches por las cadenas de comida rápida o los cheesecake de matcha con lotus a diez euros la porción. Luego lamentamos que el paisaje cambie, que los lugares pierdan su identidad. Identidad: cómo nos gusta ahora esa palabra. Nos encanta alardear de identidad pero la definimos solo hasta donde nos interesa, como un delirio del ego. Sembramos nuestro habla con cuatro canarismos y lucimos una pintadera de colgante comprada no a una artesana, sino a una empresa multinacional. Pasen por caja y recojan su carné de canariedad.

El debate sobre qué nos hace ser de un lugar tiene la tapa abierta y está ebullendo. Se vuelve más específico cuanto más acercamos la lupa. Podemos discutir largo y tendido lo que es, lo que era y lo que puede llegar a ser esta ciudad. Pero hay cosas de La Laguna que no han cambiado y, estoy convencida, estaremos de acuerdo en que son una parte fundamental de lo que la hace única. Por eso, hay que evitar que se pierda.

El patrimonio de la humedad, amparado por las brumas y el pelete, hace recrecer los hierbajos entre los adoquines viejos. El abrazo del frío da tregua en algunos días de verano, cuando la antigua charca se convierte en horno. Y en los techos de las casas viejas, cuyas paredes albergan millones de historias dejadas al abandono, los bejeques echan raíces para alimentar a sus hojas carnosas. Ya se preparan las Fiestas del Cristo con música y perritos calientes y humor y actuaciones y paponazos y rezos. Quizá esas serán las últimas escenas que veré en este regreso, cuyas imágenes se congelarán en el tiempo hasta el siguiente viaje. Seguramente, cuando llegue el momento de volver, el aire olerá a castañas y garrapiñadas.

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