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Opinión | El lápiz de la luna

Un poeta

La Plaza de la Poesía

La Plaza de la Poesía / La Plaza de la Poesía

«¿Qué es poesía?/ dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul/ ¿Qué es poesía?/ ¿Y tú me lo preguntas?/ Poesía eres tú». ¿Cuántos de ustedes han recitado o pensado en esta Rima XXI de Bécquer cuando han estado enamorados? Siempre he creído que todos somos un poco poetas. Quizá lo fuimos de adolescentes cuando durante el revuelo del despertar sentimental trazábamos versos al aire en nuestro cuarto en honor al recuerdo de la sonrisa de algún compañero de clase. Tal vez, lo seguimos siendo cuando nos ponemos melancólicos. Porque, ¿qué es realmente un poema? ¿Se podría considerar poesía un atardecer? ¿O la mirada de la persona a la que amamos? ¿O el olor a hogar? ¿O la brisa que traen consigo las olas del mar cuando vienen a morir a la orilla y nos acarician los pies? La semana pasada vi la película colombiana Un poeta y he de reconocer que, a pesar de que la recomiendo, es un largometraje que hará que se sienten contigo en el sofá a contemplar la obra todas tus heridas. Sí, las heridas. Pues todos hemos tenido algún sueño que se quedó a mitad de la nada entre la vocación y el talento o entre el fracaso y el éxito o en el puente que se abre camino entre la mirada ajena y la propia, ¡vete tú a saber! Así, con todas esas incógnitas, se va dibujando la vida de Óscar, un hombre maduro aferrado a lo que pudo ser y ya no es. Alcohólico y depresivo, el protagonista ha iniciado un camino de autodestrucción en el que no puede brotar ninguna rima porque está más centrado en parecerse a José Asunción Silva –otro hombre atormentado, incomprendido y entregado a la literatura– que en encontrar su propia voz. Y cuando el poeta que ya no era poeta caía en el socavón de una elegía, aparece Yurlady, una niña pobre que escribe con la única pretensión de desahogarse y ahí, en el talento de la chiquilla, Óscar ve la posibilidad de redimir su fracaso. Para ello se empeña en que la niña vaya a una escuela de escritura y recite sus versos. Sin embargo, no podemos vivir la vida que deseamos a través de un corazón con otros deseos. Yurlady solo quiere pintarse las uñas, llevar comida a su familia y transitar una existencia tranquila. ¿Qué hacemos cuando vemos que otro desaprovecha el talento que nosotros anhelamos? ¿Está el artista necesariamente obligado a mostrar su arte? La película es hermosa y cruel. Poética y trágica. Dulce y ácida. La película es un reflejo de la vida y de lo que somos capaces de hacer con ella cuando el dolor nos atraviesa. De cómo a veces creemos que estamos salvando a otros y, en cambio, nos estamos curando a nosotros mismos mediante los demás. Y de la importancia de tener al lado una mano amiga que nos ayude a avanzar cuando las arenas movedizas de nuestro propio miedo nos paralizan el alma. Y de las ganas de vivir. Y de seguir intentándolo. Óscar ha perdido las palabras con las que construir versos. Y el trabajo. Y la confianza de su familia. Y el amor de su hija (o casi). El filme refleja el impacto que tiene el sentimiento de fracaso en una persona. Es curioso, porque siempre nos han enseñado a tener éxito, pero no a cómo tenerlo ni a cómo aceptar el fracaso, solo nos indicaron que era conveniente no fracasar. ¿Cómo se evita lo que se desconoce? ¿Cómo se huye de lo que viene impuesto y marcado desde fuera y, de no ser por esa opinión externa, quizá no nos haría tanto daño? Fíjense que ahora mientras escribo sobre ella, ya no la percibo como una experiencia cinematográfica triste, sino como un canto al amor propio, a la confianza, al tesón, a la literatura y a los sueños. Porque cuando uno cambia la mirada, encuentra nuevos lugares a los que mirar, como Óscar, que al final, también encontró las palabras y los versos y la poesía: «Heme aquí/ un hombre anticuado/ dinosaurio/ portador de agravios/ merecedor de condenas. /Mas no pierda su fe en este poeta triste/ que está intentando escribir/ un poema feliz/».

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