Opinión | Observatorio
Roberto García Sánchez
¿Qué es el inconsciente?

¿Qué es el inconsciente? / El Día
Existe una parte de nuestra vida mental a la que no tenemos acceso directo. Pensamos, sentimos, decidimos y actuamos con la impresión de conocer las razones que nos llevan a hacerlo, pero una gran cantidad de procesos que participan en nuestra conducta ocurren sin que lleguen a nuestra consciencia. A ese amplio territorio de la actividad mental podemos llamarlo inconsciente.
Durante mucho tiempo, el inconsciente estuvo asociado principalmente al psicoanálisis y a la idea de deseos, recuerdos o conflictos reprimidos, sin embargo, puede entenderse hoy de una manera mucho más amplia. La percepción, la memoria, el aprendizaje, las emociones y la toma de decisiones dependen de procesos que se desarrollan, al menos parcialmente, fuera de nuestra experiencia consciente. El cerebro no espera a que seamos conscientes para comenzar a interpretar el mundo.
Cuando reconocemos un rostro, comprendemos una frase o reaccionamos ante una situación amenazante, ya se han producido innumerables operaciones que no percibimos; nuestro sistema nervioso selecciona información, establece asociaciones, compara con experiencias anteriores y prepara respuestas antes de que podamos explicar conscientemente lo que está sucediendo. La consciencia recibe, integra e interpreta una parte de ese inmenso trabajo.
También nuestras decisiones están influidas por aprendizajes, hábitos y asociaciones que no siempre podemos identificar, lo cual no significa que carezcamos de libertad ni que todo cuanto hacemos esté determinado de antemano; significa, más modestamente, que nuestra voluntad no opera en el vacío. Elegimos desde una historia, desde un cuerpo, desde unas experiencias y desde unos patrones mentales que se han construido mucho antes de que pudiéramos examinarlos.
Aquí aparece una cuestión especialmente importante para comprendernos. Podemos creer que conocemos las razones de nuestras conductas y, al mismo tiempo, estar ignorando algunos de los procesos que las originan. A veces una reacción emocional precede a nuestra explicación racional; otras veces repetimos comportamientos que conscientemente deseamos abandonar. No siempre sabemos por qué determinadas personas nos generan rechazo, por qué ciertas situaciones despiertan en nosotros una angustia desproporcionada o por qué volvemos una y otra vez sobre los mismos conflictos.
El inconsciente tampoco debe imaginarse como un lugar misterioso escondido dentro del cerebro, es más útil entenderlo como el conjunto de procesos mentales que influyen sobre nuestra experiencia sin encontrarse directamente disponibles para ella. Muchos de ellos son automáticos y necesarios, pues permiten que caminemos, reconozcamos, aprendamos y respondamos al entorno sin tener que dirigir conscientemente cada detalle. Por otro lado, otros pueden hacerse accesibles mediante la reflexión, la atención y el conocimiento de uno mismo.
Comprender esta dimensión de nuestra mente introduce una cierta humildad, es decir, no somos completamente transparentes para nosotros mismos; la consciencia representa una dimensión extraordinariamente valiosa de nuestra vida mental, pero no agota todo lo que somos. Bajo nuestros pensamientos conscientes existe una actividad constante que participa en la construcción de nuestras percepciones, emociones, recuerdos y decisiones.
Por eso conocerse no consiste únicamente en saber qué pensamos, sino también en observar cómo reaccionamos, qué repetimos y aquello que nos cuesta reconocer, de hecho, nuestras conductas dicen de nosotros algo que nuestras palabras todavía no saben expresar. La repetición de determinados patrones, nuestras reacciones automáticas y aquello que nos afecta de manera especialmente intensa pueden convertirse en caminos privilegiados para comprender nuestra propia vida interior.
El inconsciente no es, por tanto, un mundo sobrenatural ni una fuerza oculta que gobierna nuestro destino, más bien es la profundidad de nuestra propia actividad mental, una dimensión que permanece parcialmente fuera de nuestra mirada pero que participa constantemente en nuestra experiencia. Sería pertinente pensar que una de las formas más profundas de libertad consiste precisamente en llevar a la consciencia aquello que antes actuaba sin ser reconocido, porque cuanto mejor comprendemos lo que ocurre dentro de nosotros, mayor capacidad tenemos para dejar de reaccionar automáticamente y comenzar a elegir quién queremos llegar a ser.
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