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Opinión | Lágrimas en la lluvia

Juanjo Pérez Estévez

Telarañas

Ilustración de Spiderman.

Ilustración de Spiderman. / rockpapershotgun.com

Imagino que durante este verano mucha gente con niños pequeños se habrá hartado como yo a simular el lanzamiento de estos tejidos de artrópodos. La fascinación infantil por los superhéroes suele empezar con el hombre araña, seguramente por los colores vivos de su traje, pero sobre todo por compartir puericia con el protagonista y, especialmente, por esa sensación de total libertad que emana de entre los saltos y vuelos propulsados por esas mallas arácnidas.

En otras ciudades no tan cinematográficas, la sensación de libertad empieza a ser bastante claustrofóbica. Aquí las telarañas han invadido las esperanzas de progreso cubriendo de roña y oscuridad lugares emblemáticos (o más bien, espacios que iban a serlo). Suelen usarse como adorno de Halloween para dar esa sensación de casa abandonada sometida al encantamiento perverso. Más terroríficas se han vuelto las «obras» de estaciones y redes de transporte que se han quedado varadas en el tiempo, pudriéndose como esqueletos de bichos momificados al sol en los que nadie repara. Hay hasta una Casa de la Juventud que se ha hecho vieja sin ser estrenada. Los únicos seres imberbes que la han disfrutado son las ratas púberes y los pichones adolescentes. Museos de los horrores que rinden culto al imperio de la burocracia, la edad de la administración fallida.

Y para museos, tenemos incluso alguno que ha terminado siendo una permanente exposición de la dejadez, la desidia o directamente el absurdo de la administración. La pinacoteca de un autor simbolista ha terminado siendo precisamente un símbolo del fracaso en la gestión de un lugar de interés público. Igual un día se abre y sus fantasmas sufren ya de aluminosis o humedad, deprimidos en la lista de espera de las licencias o resoluciones, deseando escapar y tirarse a las fuentes del parque contiguo para acabar con su agonía. Otros fantasmas, los de los canes de un antiguo galgódromo, orinan en las esquinas de unas torres huecas. Yo vivo en un pueblo donde ya hay una generación de hombres y mujeres que nacieron, crecieron y hasta algunos se han reproducido a la sombra de un mamotreto que, entre otras ideas visionarias, pretendía albergar un multicine…

Se me ocurre pensar en todo esto mientras camino por aceras que circundan la playa urbana, esquivando en cholas cagadas de paloma, contratos irresolubles, expedientes en nulidad, chicles babilónicos, meados fósiles, u otros sedimentos milenarios que aderezan los aledaños de los contenedores de basura…

Es un tema complejo, peligroso por las tentaciones populistas que genera y se proyectan hacia el querer pasar la motosierra o privatizar hasta la guardia civil, pero tenemos que irnos mirando y pronto en que hemos convertido nuestras instituciones. Una administración paralizada, moralmente ausente y sin responsabilidad en el daño que causa, algo que se supone era de todos pero ha terminado por no ser de nadie o, más bien, por sólo ser de sí misma y sus grupos de poder y privilegio, en teoría llamados a mirar por lo de todos cuando solo lo hacen hacia su ombligo. La mugre y las telarañas que nos envuelven empezaron cuando olvidamos ser sociedad civil para priorizar ser solo individuos.

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