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Opinión | NOTAS DEL MÓVIL

Que pasen por caja

Cuando la inteligencia artificial y las redes sociales sustituyen a los amigos: el riesgo oculto para los adolescentes.

Cuando la inteligencia artificial y las redes sociales sustituyen a los amigos: el riesgo oculto para los adolescentes. / Crédito: Piotr Cichosz en Unsplash.

Tengo que admitir que nunca he sido un fiel creyente de que la ‘burbuja influencer’ sería algo que explotase en beneficio de nadie más y nadie menos que de las marcas que los financian. De hecho, todavía me siento un poco escéptico al respecto. Pero hay algo en el aire durante este boicot que tiene de banda sonora el Do you hear the people sing? de Los Miserables. Y la verdad que se siente como aire fresco.

Creo que, como todos, el boom de Youtube me tocó entrando en la adolescencia. Tuve la suerte de vivir en un momento donde el internet seguía siendo un espacio al que acceder y no del que desconectar, y la verdad que le tengo mucho cariño a esa época en la que esperaba con ansias el siguiente vlog de Yellow Mellow o el repaso de comentarios de Roenlared.

Pero con el tiempo, y en mi opinión el espiral de violencia en el que se han sumido las redes sociales, he ido desligandome de este mundo al punto de no saber, hasta ayer, quién era Fabiana Sevillano. No me creo mejor por no conocer a una de las caras más famosas de España ahora mismo (de hecho, creo que es un error porque nunca viene de más ser consciente de lo que pasa), pero la realidad es que no tenía ni idea. Otros de los que protagonizan este melón del verano sí los conocía, y honestamente, siempre he pensado de muchos de ellos que el hecho de ser influencers es de las características menos problemáticas de su personalidad en internet. Pero el punto es que las razones que dan origen a este boicot son pensamientos que comparto y que, con el tiempo, me han ido desligando de un mundo que antes cumplía la función de entretenerme.

Esta idea de ser famosos por simplemente serlo, sin aportar mucho más que una mirilla al día a día de la vida de una persona rica, no es algo nuevo. Paris Hilton, Nicole Ritchie y Las Kardashians ya llevan casi más de dos décadas viviendo del cuento. Y lo entiendo, me ha parecido fascinante siempre: nos da morbo el proceso de deconstruir la idea que tenemos de una celebridad contrastándola con la pantomima de realidad que están dispuestas a mostrarnos. Vamos, que nos gusta saber que después de que alguien famoso come también caga. Porque por mucho tiempo se construyó esta idea de la estrella como algo inalcanzable.

El problema, creo yo, llegó cuando el mal uso de redes sociales ofreció la oportunidad de ir más allá. Los perfiles se convirtieron en un espacio que, en teoría, debían ser un reflejo de la realidad. Algo que aplicaba para todos los mortales usuarios. Pero,para las celebridades, sirvió como una oportunidad para profundizar en esa idealización de una vida inalcanzable y tenernos en un grito sobre cuál sería el siguiente movimiento de su vida personal.

Nos metieron con calzador la idea de que un vídeo de Vogue de Taylor Swift respondiendo 73 preguntas nos hacía más cercanos a ella. La conocíamos mejor. Y sin darnos cuenta nuestra atención, nuestro interés, nuestra interacción con la vida privada (o, mejor dicho, construcción de vida privada) de gente que aspirábamos ser, pasó a ser una de las monedas de cambió más fuertes.

Entonces ahora, después de años de mamarnos el #publi de gente cuya vida nos llamaba la atención porque la idealizábamos, estamos cansados. Estamos cansados porque en medio de una crisis de la vivienda, donde el acceso, ya no solo a la propiedad, si no al alquiler de un espacio digno se desdibuja con cada día que pasa, es insólito pensar que alguien gana hasta más de 8.000€ por hacer un GRWM promocionando productos que no usa. Para, además, luego subir un carrusel de diez fotos (perfectamente curado y pensado, pero que se ve orgánico y así no dejar caer que los muebles los regaló una marca) sobre su nueva casa en las afueras con piscina y un caption que lee: “por fin mi sueño se hace realidad. gracias a todos y a todas los que comentaron en cada publi para hacer esto posible…” Cuando un gran porcentaje de la gente que los sigue probablemente comparte un piso bajo con cuatro personas, vive a hora y media de su trabajo y no le da el sueldo para comprarse la máscara de pestañas que ahora ve como una necesidad.

Si va a explotar la ‘burbuja influencer’ espero que se haga a través de un ejercicio de consciencia de que esto es la punta del iceberg, de que la publicidad engañosa es posible gracias a que hay unas plataformas que se sustentan en ese engaño, y que todo esto tiene que servir de experiencia para no seguir haciendo famosa a la gente tonta. Porque si hay huevos para cobrar 8.000€ por una publicidad de una empresa que financia un genocidio, tiene que haberlos para, cómo mínimo, aprender a formular una opinión que vaya más allá de dar un discurso sustentado en nada, comenzando con la frase “me impresiona porque siento que nadie habla de este tema” y que procede a desarollar una teoría conspiratoria sobre cómo el eclipse es propaganda del gobierno para desviar la atención de lo que “verdaderamente está pasando”.

Lo que verdaderamente está pasando es que la gente está harta y creo que va siendo tiempo de que los autoproclamados creadores de contenido vayan pasando por caja y desmontando el chiringuito.

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