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Opinión | Claroscuro

Saray encinoso

Lecturas con otro ‘tempo’

Una mujer lee un libro en la piscina.

Una mujer lee un libro en la piscina. / Shutterstock

La primera vez que viajé a Bosnia no solo leí los diarios que Alfonso Armada escribió durante el sitio de Sarajevo. Me enganché sin remedio a Americanah, la novela que había hecho famosa a Chimamanda Ngozi Adichie, que transcurría entre Nigeria, Inglaterra y Estados Unidos y nada tenía que ver con la historia de la antigua Yugoslavia. Recuerdo aprovechar para leer algunos párrafos más en todas las paradas que hacíamos con el coche para preguntar si seguíamos el camino correcto. Por mucho que lleguemos a las vacaciones de verano con la intención de leer sobre los lugares que visitaremos, de encontrar el tiempo para enfrentarnos a los clásicos o a esos novelones que durante el año se nos resisten, o, por el contrario, de entregarnos a una ficción ligera que nos acompañe sin esfuerzo, lo mejor de las lecturas veraniegas es que no tienen por qué responder a ningún orden ni a ningún objetivo productivo. Es como si durante unos días no hubiera novedades esperando a ser reseñadas ni temas sobre los que formarse una opinión.

Aun así, todos los veranos se repiten en los periódicos las listas de libros propias de esta estación y todos los veranos llegamos con objetivos de lectura. Pensamos que leeremos más. Que leeremos mejor. Las vacaciones son cada vez más cortas, pero seguimos atribuyéndoles las mismas dotes milagrosas que cuando duraban tres meses: la capacidad de estirar el tiempo, de hacerlo más elástico. Quitarnos de encima algunos quehaceres y preocupaciones laborales favorece que podamos sumergirnos en la lectura con un detenimiento que durante el año nos cuesta encontrar. En estos tiempos en los que todo sucede deprisa, hay algo que he descubierto que sí desacelera nuestros días: concentrarnos en algo, poner el foco en una única actividad. Durante ese rato, la vida deja de parecer una pistola que nos dispara bolas que tenemos que esquivar o parar. Y es en esos instantes de concentración cuando conseguimos hacer más densas nuestras horas –construimos recuerdos, alimentamos nuestra historia–, aunque el reloj nos asegure que tienen los mismos minutos.

No creo que lo que cambie en verano sea nuestra forma de leer, lo que se modifica es nuestra relación con el tiempo. Dejamos de escuchar a 1,5x los audios de WhatsApp demasiado largos o para los que no tenemos paciencia. Las horas duran lo que tienen que durar. Esa relación la teníamos de niños y, pese a que los veranos se han abreviado, todavía queda algo de aquella manera de vivirlos.

Puede que por eso recuerde haber leído Americanah en aquel viaje. El libro era un regalo y llevaba tiempo en la estantería. Lo metí en la maleta por casualidad. La trama no tenía ningún vínculo con el recorrido que nos condujo de Belgrado a Sarajevo. Pero era una época en la que todavía no era frecuente llevar una tarjeta sim local cuando ibas a un país sin roaming, en la que nos veíamos capaces de atravesar fronteras sin Google Maps, sin mapa de carreteras y hasta sin que los lugareños chapurrearan algo de inglés. Y en la que un lugar tan bueno como cualquier otro para leer unas páginas era el coche, cuando parábamos en un bar de carretera para asegurarnos de que, aunque hacía muchos kilómetros que no veíamos una señal de la capital de Bosnia, íbamos por buen camino.

La novela de Chimamanda sobre la identidad, la migración y el regreso a casa terminó siendo uno de los libros de mi primera incursión en los Balcanes. Cuando pienso en ese viaje, recuerdo también a los refugiados procedentes de Siria que en 2015 iniciaron su huida hacia Europa y que estaban acampados frente a nuestro alojamiento de Belgrado. E inevitablemente recuerdo a Ifemelu y Obinze, aquellos jóvenes de Lagos creados por Ngozi Adichie, que también emigraron, pero en otras condiciones, y que me hicieron recorrer parte de Nigeria, Europa y Estados Unidos mientras yo intentaba llegar a Sarajevo.

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