Opinión | Análisis
Imbecilidad artificial IA

La imagen representa cómo varios agentes de IA pueden aprovechar un servicio técnico compartido (concebido inicialmente para gestionar archivos) como una memoria colectiva improvisada: allí dejan pistas, recuperan hallazgos y continúan el trabajo iniciado por otros modelos. / IA/T21
En los variados periódicos generalistas, distintas emisoras de radio, diferentes televisiones, redes sociales o demás medios de comunicación social a nivel mundial aparecen cotidianamente artículos, opiniones, estudios, análisis, sobre la Inteligencia Artificial (IA), escrutados desde todas las ópticas posibles. Unos mas acertados que otros, algunos sensacionalistas y varios alarmantes, todo sea por pensar, hablar o escribir sobre lo que se ha puesto de moda. Su utilización masiva, para todo, tiene una repercusión nefasta, especialmente contrastable, especialmente con un aumento significativo de la imbecilidad, entendida en su acepción literal del Diccionario de la Lengua Española, como cualidad de imbécil, es decir, tonto o falto de inteligencia. Muchas personas han dejado de razonar y se han abrazado fervorosamente a este nuevo instrumento digital, dejando su libertad en manos de algoritmos que sustituyen su identidad.
En el entorno político, el abuso en su utilización se aprecia de forma muy acusada, notándose un montón e incluso oliéndose a distancia, porque muchos de sus representantes han cambiado, radicalmente, su fisionomía humana por una forma parecida a una pantalla. También es verdad que la mayoría de los representantes públicos no es que destaquen por su inteligencia, pero ahora, su bobería aumenta proporcionalmente, de acuerdo con la utilización masiva que hacen de la Inteligencia Artificial (IA). Ellos que no estaban acostumbrados a discurrir, ahora han descubierto una herramienta ideal para enmascarar sus deficiencias, que les vienen de fábrica o la adquieren, fácilmente, dentro de su partido o ideología querida. Sólo se ocupan de subir fotos o comentarios en sus redes sociales, prometer para no cumplir en ruedas de prensa cansinas, asistir a inauguraciones, cuando hay algo nuevo que, por cierto, tampoco suele ser abundante y ahora en pleno mes de agosto, asistir al máximo de procesiones, junto a los miembros de las comisiones de fiestas patronales, en los distintos municipios canarios, porque les encanta, se pirran por desfilar por las calles de los pueblos o ciudades para que los vean, cual modelos de moda en una pasarela de París.
Los papanatas, que también se pueden calificar con la palabra «papafrita», muy utilizada en Canarias y que es un americanismo, son aquellas personas simples, crédulas, demasiado cándidas, fácilmente llevadas al engaño, caracterizadas por ser ingenuas, bastante obtusas, que están al frente de responsabilidades políticas que le sobrepasan, por carecer de las correspondientes capacidades académicas, técnicas o experiencia anterior profesional suficiente, que les llevan a tomar decisiones, cuando lo hacen, erróneas y sobre todo perjudiciales para los ciudadanos, aunque se da la paradoja, que casualidad, que para ellos si son beneficiosas. Con la Inteligencia Artificial, IA, todo ha cambiado, ya que ahora pueden presumir de lo que no tienen, utilizándola a mansalva, aunque como decimos por nuestra tierra «les falta una papita pal kilo». Será muy difícil revertir la situación y conseguir que alguna vez piensen, hablen, hagan u omitan con el raciocinio que se les supone y se espera de ellos y ellas.
Cuando se aparta lo humano del quehacer personal se entra en el campo peligroso de la quimera, como aquello posible o verdadero, no siéndolo. Las tecnologías emergentes impactan directamente sobre el acontecer diario, afectando a todos los perímetros vivenciales, su potencialidad intrínseca puede tener efectos malignos o beneficiosos, por lo que habría que incorporar, literalmente, a estos nuevos mecanismos, la moral en su normatividad y la ética en su aplicación empírica. Alan Kay, informático estadounidense y premio Turing en 2003 acertó poéticamente, a lo mejor sin querer, al decir que «a algunas personas les preocupa que la inteligencia artificial nos haga sentir inferiores, pero cualquier persona en su sano juicio debería tener un complejo de inferioridad cada vez que mira una flor».
El progreso de la humanidad es irreversible, no podemos quedarnos en la nostalgia del pasado porque inevitablemente hay presente y futuro, es cierto que crea vértigo, pero hay medicinas que lo curan. Lo más importante, en este momento histórico en que vivimos, es revitalizar el atractivo por la persona en su máxima dignidad, con ese convencimiento y aplicación concreta seguiremos concibiendo, provechosamente, la vida.
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