Opinión | La Calle Nueva
Molowny, Pascual Calabuig, Messi… y Pedri

Así fue el recibimiento de Pedri en Tegueste
Antes de que en el Mundial se montara el escorrozo en el que estuvieron involucrados Messi y sus colegas españoles le pedí al nieto de Luis Molowny, uno de los grandes futbolistas del siglo XX, que me buscara en el libro que él le dedicó a su abuelo (Luis Molowny. El primer ídolo de Chamartin. Letrame Grupo Editorial) lo que sirviera hoy para situar a uno de los grandes de la historia de este deporte. El joven Molowny, que también se llama Luis, fue rápido en su búsqueda, pero a mí se me atragantó aquel momento del fútbol y dejé para otro tiempo aquel homenaje a don Luis. Ahora es cuando rindo al nieto, al abuelo y a otros grandes del fútbol, incluido a Messi, el abrazo que merecen por miles de razones.
Se había atragantado el fútbol internacional porque los representantes argentinos, incluido lógicamente Lionel Messi, decidieron hacer del fútbol una reyerta universal y estúpida. Hasta Messi, al que siempre le he dedicado la alegría que merece su fútbol, fue un malcriado de aquellos días. Él generó un momento lamentablemente inolvidable, que sólo se salvó cuando el mejor de los jugadores argentinos accedió al abrazo que le dio al final del encuentro Lamine Yamal, que además había sido una especie de ahijado de su historia de éxito.
El tiempo pasa y ahora hay otra vez razones, importantes, tristes y alegres, para decir lo que entonces hubiera dicho también si no hubiera sido por aquel torpe disparate que los argentinos exhibieron en el último día de la exhibición española. Ésta convocó también, cómo no, a uno de los grandes representantes españoles, Pedri González. Éste gran jugador de Tegueste, que nació allí para el fútbol, que se hizo para la historia en la Unión Deportiva Las Palmas y que ahora es del Barça de su vida (y la de su abuelo, y la de su padre) y del fútbol mundial, forma parte de lo que el fútbol nos da a quienes de una manera o de otra somos a la vez de Molowny, de Messi, de Pedri… y de Pascual Calabuig…
Empiezo por don Luis, a quien conocí cuando ya él era un veterano que había pasado por todas las estafetas del fútbol, desde su niñez a los distintos estrellatos de su historia. La primera vez que supe de él fue porque mi madre lo había conocido, a él y a su familia, cuando, siendo él muchacho que fue, lo veía entrar y salir de la casa que había enfrente de la nuestra en la niñez más temprana. Entonces yo no sabía de fútbol, pero fue muy pronto cuando esta pasión me incluyó en lo que hoy sigue siendo un modo de vivir que a los trece años me incluyó en el periodismo, en la literatura y en las pasiones que me mantienen cerca o dentro del fútbol.
A don Luis lo conocí de mayor cuando él era un veterano y miraba el fútbol desde la cercanía del veterano, pero también desde el razonamiento que jamás lo dejó entrar en las zonas terribles del apasionamiento. Aquella entrevista, que se hizo para la televisión, tuvo las anécdotas que él quiso (de las épocas respectivas en que ambos nos fuimos haciendo del barrio y del fútbol). El fútbol no fue la única conversación, porque él era un hombre cercano a cualquiera de los hechos que lo juntaron con la vida, desde la niñez, y ya el fútbol no era la única memoria, sino aquello que ya formaba parte del mundo que había en los otros.
Pasado el tiempo le pregunté al nieto por lo que él subrayaría ahora de lo que hizo don Luis por el fútbol. «Yo haría mención», me dijo el joven Luis, «a la evolución de la filosofía del fútbol español desde los años 50… En aquel mundial, Zarra, Panizo y Gainza lideraban una selección que se caracterizaba por un estilo de juego que años atrás que ya se había bautizado como ´la furia española».
«Durante la competición», siguió Luis, «mientras en España había más detractores del juego de mi abuelo que defensores, los periodistas brasileños estaban asombrados con su calidad». Se leyeron en O Glovo o en O Sport elogios sobre su actuación contra Uruguay en aquel campeonato mundial… «Sin embargo», dice Luis, «los diarios nacionales le culpabilizaron en parte del empate final a dos goles… Ese mundial fue un éxito para España (mejor clasificación hasta la copa del mundo de 2010) pero el estilo que finalmente nos hizo campeones fue el que encarnaba Luis Molowny».
El libro del nieto es ahora una reliquia para la historia del fútbol… Luis Molowny. El primer ídolo de Chamartin ahora se lee, desde principio a fin, como la explicación de que el fútbol siempre fue mejorado por los grandes, y uno de ellos fue aquel hombre del que mi madre me hablaba cuando yo era un muchacho que todavía no sabía que él iba a ser, también, parte de mi vida.
Otro personaje que marcó mi vida, como cronista, y como apasionado, fue Pascual Calabuig, extraordinario cronista del fútbol (y de lo que fuera). Cuando el Tenerife no acudía a visitar a los equipos isleños la Unión Deportiva Las Palmas vino una vez a jugar contra el equipo de mi pueblo, el Puerto Cruz, en el que había futbolistas extraordinarios sobre los que yo escribía para el Aire Libre, donde me hice como periodista para toda la vida.
Pasqual Calabuig me saludó, me regaló un autógrafo, y se hizo amigo para toda la vida, como un maestro que enseñaba a la vez que preguntaba por lo que pasaba en el fútbol y en la vida. Quizá ese modo de querer al mundo del fútbol lo viví gracias a él y a don Julio Fernández, el director de aquel semanario que estaba hecho para mejorar no sólo el fútbol sino la vida misma…
Y llegó la hora de Pedri… El muchacho de Tegueste es un gran futbolista, me recuerda a Kubala, me hace pensar en los grandes futbolistas de otro tiempo, tiene la sonrisa del que jamás pierde la paciencia y tiene unos padres que hacen que uno quiera a la gente con la que, de pronto, siente que el mundo está bien hecho. El fútbol está mejor hecho con gente como Molowny, como Kubala, como Messi, como este muchacho de Tegueste que es capaz de ser el mejor sin tener que decirlo. Messi. Lo veo llorar. Jamás olvidaré su llanto por su padre. Ya más se borrará de mi memoria cuando, siendo él un muchacho, lo vi en la guagua del aeropuerto de Madrid, a media noche, hacían malabares para crecer. Y creció. En todos los sentidos.
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