Opinión | Risas y fiestas
Jugar a las preguntas

Jugar a las preguntas / El Día
En Crepúsculo hay una escena en la que Bella y Edward van juntes hacia Forks en coche y juegan a hacerse preguntas. La autora es muy generosa y, en vez de solo contarnos que sus personajes están jugando a ese juego, nos da la conversación completa. Podemos asistir a lo que pregunta ella, lo que responde él, lo que pregunta él, lo que responde ella, justo esa es la dinámica del juego, una especie de tenis en el que a veces te puedes quedar con las ganas de contar tu propia respuesta a lo que tú preguntaste o de que la otra persona te responda también a lo que tú acabas de contar. Yo conozco bien el juego, claro, porque mi generación de niñas criadas en mundos brumosos romantasy nos enviciamos de una forma exagerada a esa forma de conversar. Queríamos una curiosidad por le otre similar a la de esa relación hambrística predestinada eterna, o quizá la teníamos pero queríamos un espacio en el que no nos diera vergüenza tenerla.
Esa es sin duda la función del juego en la adolescencia. Recuerdo que en la infancia jugar era pura performance que llenaba el tiempo vacío de una belleza absoluta, como esparcir polvitos mágicos por un cuarto y quitarlo de que nunca jamás se convirtiera en un espacio aburrido y por lo tanto terorrífico. Cuando era adolescente, eso cambió: el juego con les otres era una forma de acceder a ese espacio que ya de por sí podía ser divertido y apasionante. Que no lo era porque, bueno, protocolos sociales y cachetes enrojecidos y una especie de papel que aprendíamos que debíamos cumplir y mucho miedo al rechazo y a que los otros cuerpos de alrededor no estuvieran dispuestos a entregarse al baile. Así que mejor el jiji jaja de un ritual en el que no hay que confesarse moviendo los dedos de las patas. Juanete doledor. Tampoco se tiene que explicar. No explicaciones y sí los brillitos de la actividad performada: la preguntación era para poder acceder de manera profunda a le otre sin tener que contarle que querías hacerlo, porque total, a cualquiera se lo podías proponer, era por pasar el rato ahí apoyando el culo en un cacho de bloque en la montaña fumetiando y tal.
Lo cierto es que conseguíamos tener intimidad. Es muy conocido el uso de los chicos del juego de las preguntas para acabar en conversaciones sexuales. Siempre me pareció horrible que se pervirtiera de ese modo una lente tan bien enfocada hacia lo que, entendía y entiendo yo, nos hace ser quienes somos y no aquelle de la casa de al lado idéntica en la distribución de las habitaciones y en las rayitas de las losas del baño: los detalles. Los desconchonitos (con forma perfecta de punta de ese dedo gordo que duele porque mandaste un bombazo sin querer un día al levantarte de la cama) de las paredes pueden verse con el tiempo, con un acceso muy lento y laborioso en el que ya se puede ir demostrando que no hay delito en querer verlos. Si quitamos esta última tarea, si encontramos un atajo, se da la preciosa experiencia de poder indagar a lo bestia en cualquier ser humano sin tener que lidiar con un recelo que no sirve, en verdad, para mucho. Es decir, que a través de ese juego de Stephenie Meyer que adoptamos todas esas niñas (y todos esos niños jediondos) podía accederse a un tipo de conversación muy rara, muy honesta, que pocas veces tenemos de adultes.
Una vez leí en un libro que alguien decía que tener relaciones sexuales con alguien se siente como tener a una persona toda para ti. Yo nunca he estado de acuerdo con eso, pues, para mí, el éxtasis de accesibilidad absoluto es esto que cuento. Y como adulta echo mucho de menos esos momentos en los que hay una excusa para que conversar no sea un elemento funcional o demasiado bien colocado en el mapa de la vida. Ahora, para jugar a las preguntas hay que buscarse una excusa que plante bien en tierrita muy muy bien la excusa. Y me encuentro a veces en situaciones en las que sé que podríamos realizar esa actividad preciosa, merecedora del título de cosas que hacen que la vida valga la pena, y sin embargo nos es vetada todo el rato por nosotres mismes. Por ese veto existe el juego. Ese veto me hace extrañar el juego. Paradoja ultra rebuscada. Y yo amo los vertidos que salen si aprietas fuerte las paradojas. Liquidillos de almíbar milagroso que por poco pf no existe, o que no debería existir pero es dulce como él solo. Por eso, pienso: ahora que sé que podría preguntarle cualquier cosa a cualquiera en cualquier momento, ¿voy a atreverme a seguir jugando al desinterés? ¿O voy a admitir que conversar me interesa más que leer, más que pensar?
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