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Opinión | Un carrusel vacío

Marina Casado

Marina Casado

Profesora, Dra. en Literatura española. Premios de poesía: Carmen Conde, León Felipe, Paul Beckett.

La mirada del otro, nuestra mirada

La mirada del otro, nuestra mirada

La mirada del otro, nuestra mirada / Adae Santana

El otro día fui modelo de un taller de fotografía. Una experiencia curiosa, digna de comentar, porque me di cuenta de que se me da tan bien posar como bailar charlestón. Y eso que me encanta aparecer en las fotos. Pero nunca había experimentado lo de sentarse en una silla y que todas las cámaras estuvieran pendientes de ti. Los modelos que salen por la tele o en las revistas posan de manera tan natural como respiran y, a veces, se nos puede ocurrir que eso es muy fácil. Pero no, no lo es. No sabía qué hacer con los brazos ni con las piernas, dudaba entre cerrar la boca o dejarla entreabierta… Además, el estilo que trabajaban los alumnos debía generar un efecto inquietante, y soy de esas personas que siempre posan sonriendo.

Fue muy divertido, la verdad. Después, mirando las fotos de los alumnos –las había magníficas–, tuve una sensación que no esperaba. No es tan sencillo contemplarse a una misma en una fotografía a primer plano, porque afloran todos los complejos. Y yo tengo unos cuantos, la verdad. El primer plano resalta la profundidad de la mirada, del gesto, pero también todas las líneas de expresión, las incipientes arruguitas, los poros de la piel. Estamos tan acostumbrados a los retoques de las revistas que la realidad nos impacta.

Seguí reflexionando: esta sensación no es algo nuevo de los treinta y seis. Lo cierto es que, cuando tenía veinte años y me hacía autorretratos en mi habitación con mi primera cámara digital para luego subirlos a Tuenti, me molestaban los brillos en la cara y ya existían algunas líneas de expresión u ojeras. Llegué a borrarlas con Photoshop, porque entonces no se habían popularizado los filtros. Y, hablando de Tuenti, lo terrible era cuando un amigo subía fotos de grupo y ahí estaba yo, con todos los brillos a flor de piel o la curva de la cadera más pronunciada, pero no había podido descartar esa foto y ya estaba etiquetada. La sensación de falta de control resultaba angustiosa.

Ahora me parece absurdo si miro hacia el pasado, pero no si me centro en el presente. Es decir, no puedo criticar mi cuerpo de entonces, pero sigo haciéndolo con el actual. Sé que no soy la única a la que le ocurre. En gran parte, la digitalización nos ha conducido, consciente o inconscientemente, a la búsqueda de una perfección imposible. Estamos tan acostumbrados a ver nuestra imagen retocada que la natural nos extraña, a pesar de mirarnos cada día en el espejo. En mi tardía adolescencia, había que recurrir a herramientas como Photoshop, pero ahora los filtros están a golpe de clic, y la inteligencia artificial lo ha facilitado aún más. En algunos móviles hay una herramienta directa al editar las fotos que se llama «Embellecer». Y la simple elección del nombre es inquietante, si lo pensamos un poco, ya que nos están imponiendo que lo bello es lo perfecto.

No somos conscientes, por ejemplo, de la cantidad de fotos de modelos de ropa que están retocadas. Y esos son nuestros referentes más inmediatos, que aprehendemos sin darnos cuenta del todo. Ahí se sigue imponiendo la idea de perfección: el rechazo a la línea, a la curva, a la arruga. Últimamente, se ha desatado la polémica porque ha vuelto la moda de la delgadez extrema y mucha gente ha empezado a usar indiscriminadamente un medicamento indicado para la diabetes, el popular «Ozempic», que genera un efecto de saciedad prolongada.

Frente a este deseo de perfección en la fotografía, ha surgido una curiosa tendencia entre los jóvenes de la llamada «generación Z» que consiste en taparse la cara o sacar el rostro del encuadre, de manera que aparezca su cuerpo, pero no su cabeza. A mí me parece una moda absurda, pero quizás exista una razón oculta tras este comportamiento. Podría tratarse de simple rechazo a la exposición, aderezado o no de cierto complejo: la conclusión sociológica del empeño de perfección de las generaciones anteriores. Es decir: como la perfección es imposible, me rindo y me limito a no exhibirme. Pero también podría existir una crítica velada a esa búsqueda de perfección de los mayores; algo así como: «a nosotros no nos preocupan vuestros cánones y directamente apostamos por fotografías en las que ni siquiera se nos distinga bien». Además, en las redes sociales, ellos ya no publican material permanente, como nosotros, sino que apuestan por el contenido efímero, que desaparece a las veinticuatro horas, como si les incomodara la mirada prolongada del otro.

Porque, al mirarnos a nosotros mismos, estamos también incorporando la forma en la que creemos que nos van a ver los demás. Y a veces nos convertimos en nuestros peores críticos.

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