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Opinión | Análisis

Donde hoy paseamos, otros esperaban la muerte

Exterior de los salones de Fyffes, en Santa Cruz de Tenerife, utilizados como centro de concentración por los franquistas. | | E.D.

Exterior de los salones de Fyffes, en Santa Cruz de Tenerife, utilizados como centro de concentración por los franquistas. | | E.D. / J. A. Medina / D. Millet / R. Sánchez

A veces paseamos por sitios aparentemente tranquilos que esconden el miedo. Lugares apacibles que silencian el sadismo de una época oscura que torturaba y mataba a tiempo completo. Lugares convencidos y normalizados que algunos pretenden hacer olvidar de la memoria. Y es que donde hoy paseamos, otros esperaban la muerte. Un edificio residencial, un patio ajardinado, coches aparcados, la vida normal de cualquier calle de Santa Cruz de Tenerife. Por ahí pasea Mario mirando con rabia a la derecha de la vía.

En la Avenida de los Reyes Católicos torturaron a su abuelo por el simple hecho de creer en la libertad, por la culpa de pensar diferente y luchar por una sociedad más igualitaria. Eran los salones de Fyffes, una prisión donde la dictadura franquista encerró, torturó y desapareció a miles de canarios entre 1936 y 1950. Y ahí estuvo Rodrigo, ajusticiado por propaganda contra los principios del Movimiento Nacional. En 1940, el profesor lagunero imprimió y distribuyó clandestinamente octavillas contra el régimen franquista en la universidad, siendo procesado en base al artículo 251 del Código Penal. Estuvo 6 meses sufriendo torturas y todo tipo de vejaciones. Por allí pasaron más de cuatro mil reclusos a lo largo de doce años, entre ellos escritores, sindicalistas, maestros y vecinos sin más delito que pensar distinto. Muchos no volvieron a salir. A otros los sacaron de madrugada para fusilarlos en algún barranco, y sus cuerpos siguen sin aparecer. Los propios registros hablan de más de 1.400 presos amontonados en apenas 1.420 metros cuadrados, repartidos en tres naves, con solo doce retretes para todos ellos, casi siempre atascados. La tuberculosis se propagó con facilidad, y llegó a internarse incluso a un enfermo de lepra entre la población reclusa. Y hoy en día el recuerdo casi ni existe. No hace falta un gran museo ni una obra faraónica. Basta con una placa honesta, sin eufemismos, que explique qué fue Fyffes, cuánta gente sufrió ahí y por qué importa todavía.

Un código QR, un texto breve, una fecha. Lo suficiente para que un niño que pregunte reciba una respuesta que no dependa de la memoria oral de sus abuelos. Aquí se clavaban astillas bajo las uñas y se quemaban los labios de los detenidos, siendo estas prácticas habituales y perfectamente documentadas en los testimonios recogidos por presos canjeados en 1938. Y, por supuesto, la «ley del saco»: Uno de los procedimientos de ejecución más brutales de la represión en Canarias. De madrugada llegaba una lancha, los condenados eran golpeados en la cabeza para dejarlos inconscientes, introducidos en un saco lastrado con piedras y arrojados al agua mientras un piquete disparaba sobre el propio saco antes de que tocara el mar, por si el golpe no había bastado para matarlos. Memoria y reparación no compiten entre sí. Y recordar esto es un acto de honestidad histórica. Es explicarles a los ciudadanos que la crueldad no siempre llega de fuera, que a veces se instala en la propia calle, en una tienda cualquiera, con la complicidad de autoridades y vecinos que miraron hacia otro lado. Muchas familias canarias buscan a sus desaparecidos de Fyffes.

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