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Opinión | Otra mirada

Ana María Díaz Santana

Saber escuchar

Carmen Machi, Premio Nacional de Cinematografía 2026

Carmen Machi, Premio Nacional de Cinematografía 2026

Siguiendo la tónica veraniega puesta de moda por algún político de alto rango, comparto con los lectores, en esta etapa estival propicia para el ocio, las últimas películas que me han gustado y que aconsejo ver. Ambas tienen en común el nombre de sus protagonistas, Carmen, y las dos giran en torno a algunos de los temas esenciales para seguir adelante en este paseo que es la vida: cerrar ciclos en las historias que dejamos sin final, confiar en las segundas oportunidades y mantener la esperanza de que no existe problema, por complejo que sea, que carezca de solución.

Me refiero a Carmen Machi en La voz del sol y a Carmen Maura en Calle Málaga. Las dos actrices reflejan muy bien los problemas de la edad y la madurez, pero es en la historia de Maura donde se aprecia de forma más íntima ese proceso. En esta última, la protagonista encarna a una octogenaria a la que de pronto le rompen su vida tranquila y rutinaria en Tánger —lugar en el que nació y creció— y se ve en la disyuntiva de reinventarse o dejarse llevar por las opciones que le imponen: una residencia de ancianos o abandonar su entorno para habitar otro desconocido en España junto a su hija y nietos.

En varias de sus escenas, Carmen Maura —María Ángeles en la película— mantiene un monólogo en presencia de su hermana, una religiosa que ha hecho voto de silencio y a la que visita en el monasterio con regularidad para contarle los avatares de su vida. Habla sin descanso; se vacía de dudas, deseos, experiencias e interpretaciones de los acontecimientos que dan un vuelco a su existencia. Comparte con ella la desazón que la inunda ante el egoísmo de su única hija, le participa su experiencia al volverse a enamorar de forma intensa y le confía sus proyectos para volver a levantarse cuando la dejan sin casa ni ahorros. Y ella, su hermana monja, calla, asiente con la cabeza y de vez en cuando se persigna, asombrada ante la desnudez y el detalle de tanta sinceridad.

Fue en estas escenas, que sirven de descanso a la trama, donde descubrí la importancia de escuchar; sobre todo, la paz que produce escucharse a uno mismo ante otra presencia humana al saberse escuchado.

Porque es más difícil escuchar que expresar el dolor que pide ser oído. Expresarse con desahogo, con la amargura que brota del interior y sin temor a ser interpretados como irreverentes o injustos, exige un interlocutor que sepa transmitir con la mirada que nos comprende; alguien que siga el discurso sin opinar, acentuando nuestro argumento apenas con un gesto de asentimiento o disconformidad.

Saber escuchar —como la monja con voto de silencio— es servir de pantalla a la desolación y amargura ajenas. Es una invitación a escucharse en voz alta y sin interrupciones, para hallar en las propias palabras la magnitud de ese acontecimiento que bloquea la vida, llama a la tristeza o acompaña al agravio, y encontrar así la salida para volver a empezar.

Saber escuchar es prescindir de juicios previos y estar abiertos a la sorpresa de esos matices existenciales que alteran la rutina y desbordan nuestros planteamientos. Es dejarse llevar y servir de esponja a los sentimientos del otro, para devolverla empapada de comprensión y apoyo sin palabras, con una sonrisa o una mirada, y la seguridad de que todo lo escuchado quedará en el olvido.

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