Opinión | Al filo de las letras

Periodista y escritora
Ceuta, un cóctel de drama humanitario, chantaje de Marruecos y geopolítica
La crisis de Ceuta representa muchas cosas: el drama humanitario, el revuelo geopolítico, la impunidad del chantaje. Ha sido una violación de la soberanía nacional española, pero también está mostrando el racismo y la solidaridad que anidan en este país

Cientos de migrantes, en la playa del Trampolín de Ceuta el pasado 7 de agosto. / Gabriela Sardá Núñez - Europa / Europa Press
Las niñas y los niños se acumulan al desamparo de la calle. Sin techo, sin padres y sin madres, lejos de un lugar al que puedan llamar casa y les dé un plato caliente por las noches. Los cuerpos adultos cargan el cansancio en la playa, durmiendo en chabolas cubiertas con hojas de palmera a la espera de cicatrizar las heridas de la frontera. La crisis de Ceuta representa muchas cosas: el drama humanitario, el revuelo geopolítico, la impunidad del chantaje. Ha sido una violación de la soberanía nacional española, pero también está mostrando el racismo y la solidaridad que anidan en este país.
Durante estas dos últimas semanas, ha seguido reproduciéndose el terrible escenario de niñas y niños durmiendo al raso a la espera de un censo oficial. Mientras tanto, vecinas y vecinos se han organizado para hacer uno improvisado, acoger a los menores que han podido y sacar a algunas mujeres y niñas de las calles, alejándolas de una amenazante violencia sexual. Para algunos partidos –no solo la extrema derecha– la prioridad ha estado en el rechazo y el bloqueo, buscando hacer ruido para silenciar lo que debería ser básico: cobijar a los menores, atender con dignidad a las personas y que la ciudad autónoma vuelva a su estado normal.
Hablar en términos de invasión esconde la complejidad de un fenómeno que se expande en muchas aristas. Una palabra como invasión deshumaniza a las personas, difumina su individualidad y genera un odio visceral que dificulta más aún resolver la crisis. Esta línea discursiva no es inocente; la clase política que la utiliza sabe muy bien lo que hace.
A estas alturas de la película, deberíamos ser conscientes de lo que es capaz Mohamed VI, un dictador que castiga sin miramientos la disidencia. Nunca ha tenido reparos en arrojar a su población al peligro de la muerte con tal de mandar un mensaje: tiene el poder y lo usará a conveniencia. Le da igual que aquí se respeten o no los derechos humanos, porque lo único que le interesa es demostrar que necesitamos tenerlo contento, ya sea respecto al Sáhara Occidental, el Mundial de la FIFA, las relaciones con Argelia o cualquier asunto que se le cruce de por medio. Tanto España como Europa, que han mantenido una postura muy blanda con el régimen alauí, le han otorgado una buena tajada de ese poder.
Marruecos es el fonil que canaliza gran parte de las migraciones africanas. Lo hace con unos métodos inhumanos que la legislación europea no permite, y justo ahí reside su importancia como aliado para hacer el trabajo sucio: traslada fuera de nuestras fronteras lo que pretendemos fingir que no existe.
Hay varias cuestiones que tienen descontento al rey marroquí. España ha seguido estrechando lazos con Argelia, uno de sus grandes enemigos y nuestro segundo proveedor de gas natural, con la consecuencia de que Marruecos ya no puede cobrar el peaje para que el gas llegue a España. Al cóctel se suma la disputa por el Mundial de la FIFA o la nacionalización de una parte de los saharauis, por no olvidar que Mohamed VI es un buen amigo de Estados Unidos e Israel, dos naciones muy poderosas que –sobre todo ahora– están enfrentadas con España.
Además de evidenciar las tensiones internacionales, la crisis en Ceuta descubre una vez más lo que hemos dicho por activa y por pasiva en Canarias: la gestión migratoria no puede recaer en un solo territorio. La reciente reforma de la ley de extranjería busca precisamente evitar el colapso en la tramitación de expedientes y la acogida, que es lo que está sufriendo Ceuta ante la falta de medios. No es algo que pueda hacerse corriendo, ya que es necesario un estudio exhaustivo para determinar las vulnerabilidades de forma individual y si la reagrupación familiar es una opción viable, de acuerdo con el interés superior del menor. Así lo dicta la ley: no se pueden hacer retornos inmediatos, por mucho que lo pida Mohamed VI.
Dicho esto, pongamos las cosas tal cual son sobre la mesa: la migración irregular solo se acabará con migración regular. Canarias, Baleares, Ceuta o Melilla demuestran que los focos calientes no dejan de desplazarse cada vez que una ruta se vuelve inviable. Es mucho más complejo que levantar una valla más alta porque no se puede externalizar sin fin hasta fortificar el mundo entero. Sí es necesario abrir un debate sobre la gestión interna y la dotación de medios en el control fronterizo, pero cargar todos estos factores –y muchísimos más– sobre una población desesperada es tremendamente irresponsable. Y no solo eso: es un acto de odio, o ignorancia, o partidismo oportunista, o todas ellas a la vez.
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