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Opinión | Análisis

Todos podemos hacer el mal

Una imagen de 'Cuando acecha la maldad'.

Una imagen de 'Cuando acecha la maldad'.

Existe una idea especialmente peligrosa sobre la naturaleza humana, esto es, pensar que el mal pertenece exclusivamente a determinadas personas. Tendemos a imaginar que quienes cometen actos crueles son individuos radicalmente diferentes de nosotros, personas incapaces de sentir empatía o completamente alejadas de nuestros propios valores. Esta forma de pensar resulta tranquilizadora porque nos permite situar el mal siempre fuera de nosotros, sin embargo, la historia demuestra que la capacidad de hacer daño no es patrimonio de unos pocos. Todos podemos hacer el mal.

Esto no significa que todas las personas sean igualmente propensas a la violencia, la crueldad o la injusticia; tampoco significa que debamos considerar equivalentes todas las conductas. Existen diferencias individuales, circunstancias y responsabilidades que deben ser reconocidas, no obstante, existe algo profundamente humano en nuestra capacidad para justificar aquello que hacemos cuando creemos tener una razón suficiente. El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos hasta dónde podríamos llegar bajo determinadas circunstancias.

Una de las mayores dificultades para comprender el mal es precisamente nuestra tendencia a imaginarlo como algo extraordinario, pensamos en grandes atrocidades, en personajes históricos responsables de crímenes terribles o en individuos que han cometido actos especialmente crueles. Ahora bien, el mal también puede aparecer de formas mucho más pequeñas y cotidianas como humillar a alguien, aprovecharse de una persona vulnerable, difundir una mentira, excluir deliberadamente a alguien o permanecer indiferente ante una injusticia cuando intervenir supondría un coste personal.

La capacidad de hacer el mal aumenta cuando conseguimos convencernos de que nuestras acciones están justificadas, pues casi nadie se considera a sí mismo una mala persona. Incluso quienes causan un daño considerable suelen encontrar explicaciones que les permiten mantener una imagen aceptable de sí mismos, por ejemplo, el enemigo lo merecía, la situación lo exigía, todos lo hacían, no había otra alternativa o simplemente se estaba defendiendo una causa justa. La historia humana está llena de personas capaces de realizar actos terribles mientras estaban convencidas de actuar correctamente.

Por eso resulta tan importante reconocer nuestra propia vulnerabilidad moral. Una persona que se considera incapaz de hacer el mal puede resultar más peligrosa que aquella que conoce sus propias limitaciones. El autoconocimiento introduce una forma de prudencia que permite saber que podemos equivocarnos, dejarnos llevar por la ira, actuar por egoísmo o justificar una injusticia nos obliga a establecer límites antes de que las circunstancias nos lleven a cruzarlos.

También existen situaciones en las que el comportamiento individual se transforma bajo la presión del grupo, es decir, una persona puede realizar acciones que jamás habría imaginado cuando se encuentra rodeada de individuos que comparten una determinada creencia. La necesidad de pertenecer, el miedo a quedar excluido o la convicción de estar defendiendo una causa superior pueden disminuir progresivamente nuestras inhibiciones. Cuando el otro deja de ser percibido como una persona y pasa a convertirse en una categoría, un enemigo o una amenaza, resulta mucho más sencillo justificar el daño.

Esta es una de las razones por las que debemos desconfiar de cualquier discurso que divida el mundo de manera absoluta entre buenos y malos. Cuando alguien está completamente convencido de representar el bien y considera que sus adversarios encarnan el mal, desaparece una de las principales barreras contra la violencia: la duda. El fanatismo comienza muchas veces cuando dejamos de preguntarnos si podemos estar equivocados.

Reconocer que todos podemos hacer el mal no significa caer en el pesimismo ni pensar que la naturaleza humana es inevitablemente destructiva, al contrario, significa asumir que la moralidad requiere esfuerzo. Ser una persona justa no es simplemente poseer buenas intenciones, sino tomar decisiones concretas cuando resulta difícil hacerlo. La bondad no consiste en pensar que somos buenos, sino en construir comportamientos que reduzcan nuestra capacidad de perjudicar a los demás.

Quizá por eso la educación moral debería prestar tanta atención a la responsabilidad como a los valores. No basta con enseñar qué está bien y qué está mal; también debemos aprender a reconocer las circunstancias que pueden llevarnos a actuar contra nuestros propios principios. Necesitamos desarrollar la capacidad de detenernos antes de reaccionar, cuestionar nuestras propias justificaciones y recordar que también nosotros podemos convertirnos en aquello que condenamos.

La verdadera madurez moral comienza cuando dejamos de mirar el mal exclusivamente desde fuera, no para culpabilizarnos, sino para comprendernos. Todos podemos hacer el mal porque todos tenemos la capacidad para justificar nuestras acciones, para dejarnos arrastrar por nuestras emociones y para convertir nuestras convicciones en excusas. Reconocer esta posibilidad no nos hace peores personas, al revés, puede convertirse en una de las mejores defensas contra ella. Es por ello que planteo que la primera condición para no hacer el mal es abandonar la cómoda certeza de que nosotros jamás seríamos capaces de hacerlo.

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