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Opinión | Observatorio

La patria que ya no da lecciones

Dani Olmo, durante la celebración del Mundial con España

Dani Olmo, durante la celebración del Mundial con España

Hay momentos en los que un acontecimiento deportivo explica mejor una sociedad que cien ensayos de ciencia política.

Durante años, la selección española fue, para muchos, simplemente un equipo de fútbol. Para otros, un símbolo con el que se identificaban. Y para una parte de la sociedad, un espacio ajeno. No porque rechazaran necesariamente a España, sino porque la propia idea de España parecía venir acompañada de un manual de instrucciones: una determinada forma de pensar, de expresarse o incluso de sentir. Quizá ese haya sido uno de los grandes cambios silenciosos de los últimos años. La nueva generación de futbolistas españoles, y la de muchos jóvenes de nuestro país, no nos ha conquistado únicamente por su talento. Lo han hecho porque transmiten algo mucho más profundo: naturalidad. No pretenden explicar a nadie cómo se debe ser español. Simplemente lo son. Cada uno a su manera. Hay jóvenes de barrios humildes y de familias acomodadas. Hijos de distintas procedencias. Personalidades completamente diferentes. Algunos son extrovertidos; otros, discretos. Unos hablan varios idiomas. Otros mantienen un fuerte vínculo con sus raíces regionales. Hay quien vive su fe con intensidad y quien no. Quien es conservador y quien probablemente no lo sea. Y, sin embargo, todos representan con absoluta normalidad a España.

La historia demuestra que las identidades más fuertes nunca han sido las que más insistían en definir quién pertenecía a ellas, sino las que conseguían que cada vez más personas desearan formar parte de un mismo proyecto.

Pocas civilizaciones comprendieron esa idea tan bien como Roma. A medida que el Imperio crecía, también lo hacía el círculo de quienes podían sentirse plenamente romanos. Quizá uno de los mejores símbolos de esa visión sea el emperador Adriano. Nacido en Itálica, en la actual Sevilla, gobernó uno de los periodos de mayor esplendor del Imperio sin que su origen hispano disminuyera un ápice su condición de romano. Al contrario, demostraba que la fortaleza de Roma residía precisamente en su capacidad para integrar pueblos muy distintos bajo una identidad política compartida. Roma no se hizo grande porque todos fueran iguales. Se hizo grande porque cada vez más personas quisieron ser romanas.

Dos mil años después, las democracias más cohesionadas del mundo parecen haber redescubierto aquella misma intuición: una nación no se debilita cuando admite distintas maneras de pertenecer; se fortalece. Porque la identidad deja de ser una frontera para convertirse en un punto de encuentro. Quizá España también esté entrando, silenciosamente, en esa misma etapa de madurez.

La generación que hoy despierta simpatía dentro y fuera del país no representa una España uniforme. Representa una España tranquila consigo misma. Una España que entiende que se puede amar un país de muchas maneras distintas. Quizá por eso conecta con tantas personas que hace años observaban estos símbolos con cierta distancia. Cuando una identidad deja de imponer una única manera de vivirla, muchas más personas encuentran un lugar en ella.

También Canarias puede extraer una enseñanza.

Nuestra historia nunca ha sido la de una identidad encerrada en sí misma. Ha sido la de un pueblo acostumbrado a cruzar océanos, emigrar y regresar, a recibir a quienes llegaban de otros lugares y a construir una comunidad abierta al mundo. Pero quizá la mejor demostración de esa forma de entender la identidad esté en el propio Archipiélago. Pocos territorios comparten un sentimiento de pertenencia tan sólido siendo, al mismo tiempo, tan diversos. Cada isla conserva una personalidad propia, una manera singular de hablar, de vivir sus tradiciones, de relacionarse con su paisaje y de entender su historia. Son diferencias que no nos separan; nos enriquecen.

La identidad canaria nunca se ha construido borrando esas particularidades, sino integrándolas y con ello haciendo nuestro modo canario mucho más rico y entrañable. La Gomera no necesita parecerse a Gran Canaria para sentirse profundamente canaria. Lanzarote no tiene que renunciar a su singularidad para compartir un mismo proyecto con El Hierro. Precisamente esa diversidad hace más valioso el conjunto. Ocho islas distintas han sido capaces de construir una identidad compartida porque nunca han sentido la necesidad de renunciar a aquello que las hace únicas. Por eso quizá el mayor error sería convertir lo canario en un molde. Ser canario no debería consistir en ajustarse a una forma concreta de hablar, de pensar o de sentir. Debería consistir en compartir un proyecto común y en querer contribuir al futuro de esta tierra.

En un mundo donde los territorios competirán cada vez más por atraer talento, inversión y personas, esa capacidad de integrar será una de nuestras mayores fortalezas. Las sociedades que prosperan son las que consiguen que personas muy distintas quieran formar parte de un mismo proyecto compartido. Ya sea de un país, una región, una ciudad o cualquier proyecto colectivo público o privado. Las identidades inseguras necesitan decir continuamente quién queda fuera. Las identidades maduras inspiran el deseo de pertenecer.

Quizá esa sea también la gran lección que deja esta joven generación. Las patrias más fuertes no son las que exigen adhesión. Son las que despiertan afecto. No son las que dicen a sus ciudadanos cómo deben sentirse, sino las que consiguen que personas muy distintas quieran sentirse parte de un mismo proyecto. Quizá esa sea la forma más madura de patriotismo. Quizá también la más difícil de construir.

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