Opinión | Análisis
Ni parados ni ocupados: los invisibles que explican por qué no convergemos

Imagen de archivo de una camarera. / EFE
Una camarera con contrato fijo discontinuo termina la temporada. Durante meses no cobra, nadie la llama parada y tampoco cuenta como ocupada. Existe para su familia, para su casero y para su banco; no para la estadística. A pocos metros, alguien con un contrato a tiempo parcial que trabaja cuatro horas aparece en la foto oficial del empleo exactamente igual que quien trabaja ocho. La foto, sencillamente, está desenfocada. Y llevamos años tomando decisiones a partir de ella.
Cada trimestre celebramos las cifras de empleo, y no mienten: hay más gente trabajando que nunca. El problema es que contamos trabajadores, no horas trabajadas. Igualamos al que hace tres horas con el que hace ocho, y hacemos desaparecer al discontinuo cada vez que su empresa no lo llama. Contar personas nos impide ver el trabajo. Y cuando el termómetro está mal calibrado, la fiebre pasa desapercibida.
Cuando se mide bien -por horas efectivamente trabajadas, no por número de ocupados- aflora lo que la cifra redonda esconde. La infrautilización real de nuestra fuerza laboral, que suma al paro la parcialidad no deseada y a quienes querrían trabajar y han dejado de buscar, casi duplica la tasa de desempleo que sale en los titulares. No hablamos de una anomalía marginal: hablamos de una porción enorme de nuestra capacidad productiva funcionando a medio capacidad, sin que nadie la registre del todo.
Hay un segundo dato incómodo, pero también liberador. Una hora de trabajo en España produce alrededor del 64% de lo que produce en Alemania (2024), y nuestra productividad por hora se sitúa un 14% por debajo de la media europea. Mientras tanto, el trabajador español dedica cerca de 1.700 horas al año a su empleo, frente a las 1.343 de un alemán. Trabajamos más horas y rendimos menos por hora. Conviene decirlo claro para que nadie lo lea como un reproche a quien madruga: el fallo no está en el esfuerzo de las personas, está en el modelo. En empresas demasiado pequeñas para dar el salto, en inversión que no llega, en un tejido que se apoya en la estacionalidad y la rotación porque el marco se lo consiente.
Ahí se explica la paradoja que nos persigue. España crece más que la media europea, pero con una inflación bastante mayor; sube el PIB, no la renta real de cada hora trabajada. Por eso la convergencia no se mueve: Canarias lleva anclada en torno al 72% de la renta media europea (2024), plana desde 2019. Crecemos en volumen, no en valor. Y que nadie se refugie en el fatalismo del “es lo que toca por vivir del turismo”: Baleares, con una base turística equivalente, supera la media europea. No es el sector. Es lo que cada territorio decide hacer con él.
Esto es lo esencial, y por eso incumbe a todos: no es el drama de una persona ni el defecto de un gremio, sino una cuenta que pagamos entre todos. Y la pagan, sobre todo, los más frágiles -el discontinuo, el parcial, el temporal-, atrapados en empleos que ni les pueden dar continuidad ni les dejan crecer. No es casual que el salario por hora apenas haya mejorado en veinte años. La ineficiencia de un modelo siempre acaba teniendo rostro, y no suele ser el de quien más gana, ni aporta mas valor.
La buena noticia es que hay salida, y no pasa por trabajar más horas, sino por lograr que cada hora valga más. Empresas que crezcan y se profesionalicen en lugar de quedarse pequeñas; inversión en aquello que multiplica el trabajo; formación que se note en la nómina; y un marco laboral que premie la continuidad en vez de la rotación. Ese es el único camino honesto hacia mejores salarios: no prometerlos, sino hacerlos posibles elevando lo que cada hora produce. Prometer sueldos sin productividad es firmar un cheque que luego cobra la inflación y por extensión la recaudación de impuestos.
Convergir de verdad -ser europeos de primera clase también en el bolsillo- no es un tecnicismo de economistas. Es una decisión de sociedad: dejar de contar cabezas para empezar a cuidar horas, y medir nuestro éxito por el valor que creamos, no por el volumen que movemos. Empieza por algo tan simple, y tan exigente, como mirar de frente a los que hoy no salen en la foto. Porque mientras sigan siendo invisibles para nuestras cuentas, seguirán siendo invisibles para nuestras soluciones. Y este es, antes que un problema económico, un asunto de justicia que nos interpela a todos.
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