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Opinión | NOTAS DEL MÓVIL

Una mascarilla de coco contra el capitalismo tardío

Ilustración de momento de pausa con mascarilla de coco

Ilustración de momento de pausa con mascarilla de coco / @tutudominguez

Me parece curioso cómo he aprovechado numerosas ocasiones para hablar de la importancia de la pausa y lo difícil que es, realmente, integrarla en el día a día. He escrito textos, hecho fanzines y tenido miles de conversaciones en torno a la idea de que vamos muy rápido, que queremos todo para ya y que hemos perdido el contacto con cosas que nos hacen sentir un poco más en calma.

Pero luego, en momentos de frustración, en las semanas en las que hay muchas cosas a la vez, y un solo yo, ignoro por completo el pensamiento al fondo de mi cabeza que me dice: amor, para ya.

Como muchos, estoy en el proceso de sacarme el carnet de conducir y el otro día, en una práctica, hice absolutamente todo mal: no supe hacer cambios, no respeté las distancias laterales ni tuve mirada al futuro, entre otros fallos. Salí con tal frustración que me resigné a la idea de suspender ese examen y me convencí de que no servía para eso, que daba igual si todo el mundo conducía: yo no quería hacerlo.

Después del trabajo, al llegar a casa, no podía ni siquiera sostener un pensamiento por más de dos segundos en mi cabeza. Mi día entero se sintió como el montaje final de ‘Babylon’ de Damien Chazelle, en el que reconstruye la historia entera del cine con pequeños clips de un par de segundos. Me salía humo por las orejas y, añadido a la incomodidad del calor de estos días, terminé con un dolor de cabeza y una fatiga que no me dejaban ni tener los ojos abiertos.

Así que decidí desplazar a otros días de la semana todas las cosas pendientes que tenía anotadas para hacer para esa tarde (de hecho, esta columna la estoy entregando un día más tarde de lo que me había propuesto) con la finalidad de dedicar mi tarde a descansar, pausar un fisco y relajarme. Lo que se traduce en que me duché, me puse una mascarilla de coco en la cara y me acosté a ver vídeos de cocina hasta que mi madre me propuso ver ‘El Diablo viste de Prada 2’.

La peli no me gustó, me pareció un constante homenaje a la anterior en vez de una historia en sí misma, pero la tarde me vino de maravilla. Ahora, claro, sé que hablo desde una comodidad enorme tras haber podido desechar todas mis responsabilidades una tarde para dedicarla a no hacer nada a la mínima inconveniencia. Sé que la razón por la que estamos desgastados y al borde del colapso no es por amor al arte, ni mucho menos por voluntad propia, por lo que no quiero soltar un discurso de: “no haces suficiente por tí mismo” o “esto, esto y esto es lo que te está faltando para ser feliz” como los vídeos de Instagram de madres almendra ricas u hombres mediocres que te gritan porque no comes suficiente proteína (todo bajo el #publi, claro).

Pero siento que a todos nos vendría bien identificar cuál es nuestra mascarilla de coco o nuestros vídeos de cocina. Encontrar un hueco en el ajetreo de todos los días para hacer, consumir o disfrutar de algo por el simple hecho de que nos gusta, de que nos hace sentir bien. No estoy diciendo que si todo el mundo empieza a ponerse una mascarilla hidratante en la cara de vez en cuando acabaremos con las terribles consecuencias del capitalismo tardío, pero al menos tendremos la piel más bonita y una ilusa sensación de que está todo bien.

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