Opinión
La Luna y los eclipses en la Grecia arcaica

Archivo - Eclipse solar / NASA - Archivo
Nada hay que pueda sorprender, nada imposible ni asombroso, desde que Zeus, padre de los olímpicos, convirtió el mediodía en noche, ocultando la luz del sol resplandeciente; y un pavoroso miedo cayó sobre los hombres. (Fragmento 122 de Arquíloco de Paros)
La observación de la Luna llena es siempre un espectáculo fascinante que ha interesado a los hombres desde el nacimiento de los tiempos. Un enorme disco plateado flotando en el aire necesita una explicación que no hemos estado en condiciones de dar hasta tiempos muy recientes (y aún quedan cosas por aclarar).
Antes del surgimiento de la filosofía natural en las costas de Jonia (siglo VII a.e.c.; atención: todas las fechas de este artículo son de antes de nuestra era común), el mundo griego interpretaba los fenómenos celestes a través de una compleja estructura de personificaciones divinas. La Luna era percibida como una entidad viva y poderosa, cuya influencia se extendía desde la luz nocturna hasta los ciclos más íntimos de la vida biológica y social. Regía el calendario heleno y se empezaba utilizar en la navegación de altura. Alrededor del 700, Hesíodo escribió Los trabajos y los días, una obra que funcionaba como un manual de agricultura y ética. Hesíodo instruía a los campesinos sobre la importancia de observar la Luna y las constelaciones para determinar el momento exacto de las labores del campo.
La tradición mitológica griega nos habla de la trinidad lunar, compuesta por las diosas Selene, Ártemis y Hécate. Selene, la personificación directa de la Luna, era imaginada como una mujer de belleza extraordinaria, con largos cabellos y, en ocasiones, con alas doradas o pequeños cuernos que simbolizaban el creciente lunar. Su función principal era conducir su carro de plata a través del cielo nocturno, relevando durante unas horas a su hermano Helios, el Sol, para traer luz a la oscuridad. Artemis devino en Artemisa (Diana para los romanos) diosa de la caza y Hécate era la diosa griega de la magia, la brujería y la nigromancia.
En una sociedad donde la Luna y el Sol eran divinidades directas, la desaparición repentina de la luz en los eclipses no era vista como un evento astronómico, sino como un síntoma de desorden cósmico o ira divina (ekleipsis significa abandono o desaparición), y se interpretaba como un signo de que el Sol estaba abandonando la Tierra debido al disgusto de los dioses con el comportamiento humano (hoy estaríamos en la oscuridad permanente). Esto lo vemos en escritos de la época como el que sirve de «entradilla». El interés de este poema es que funciona como un reloj astronómico antiguo, ya que los historiadores modernos han utilizado los cálculos retroactivos de los eclipses para datar la vida del poeta. Las dos fechas más aceptadas es que el eclipse al que se refiere ocurrió el 6 de abril de 648 o el 27 de junio de 660.
Pasamos al siglo VI (siempre a.e.c.), que representa un punto de inflexión fundamental con la aparición de Thales de Mileto, tradicionalmente considerado el primer filósofo de la historia. Thales inició un proceso de desacralización del cosmos al proponer que los fenómenos naturales podían explicarse mediante causas achacables a la naturaleza misma, sin recurrir a la voluntad caprichosa de los dioses. Y supuestamente predijo un eclipse solar que detuvo una guerra entre lidios y medos. Parece ser que Thales tuvo acceso a los conocimientos de la astronomía babilónica que habían mantenido registros meticulosos de los eventos celestes durante siglos (en las tablillas de los astrónomos babilonios observaron que las condiciones astronómicas para que se produjera un eclipse de Luna se repetían cada 223 meses sinódicos-6 585,3 días, o 18 años, 11 días y 8 horas), lo que les permitió identificar patrones como los llamados saros (el nombre se lo dio Halley). Sin embargo, aún así, es difícil de creer la hazaña de Thales: simplemente no podía saber lo suficiente para predecir un eclipse en el tiempo y en el espacio (sobre el territorio).
Si avanzamos hasta el siglo V, con Anaxágoras de Clazómenas nos encontramos con una mentalidad científica radical que chocó frontalmente con la ortodoxia religiosa de la ciudad.
Anaxágoras fue uno de los primeros en afirmar que la Luna no era ninguna diosa y no poseía luz propia sino que era un cuerpo sólido y opaco que reflejaba la luz del Sol. En su célebre fragmento 18, declaró: «Es el sol el que pone el brillo en la luna». Esta comprensión no fue solo teórica; Anaxágoras utilizó este concepto para explicar correctamente el origen de las fases lunares como el resultado de las diferentes proporciones de la cara iluminada que son visibles desde la Tierra a medida que la Luna orbita nuestro planeta proporcionando la primera explicación física precisa de los eclipses. Comprendió que un eclipse lunar ocurre cuando la Luna entra en el cono de sombra proyectado por la Tierra al interponerse esta entre el satélite y el Sol. Del mismo modo, explicó que un eclipse solar se produce cuando la Luna pasa directamente f rente al Sol, bloqueando su luz desde la perspectiva de un observador terrestre. Esta capacidad para despojar a los eclipses de su carga mística y convertirlos en eventos geométricos fue uno de los logros intelectuales importantes de la época clásica.
El negar la divinidad de los astros, le supuso a Anaxágoras el ser arrestado y juzgado pero dejó encaminado el pensamiento que nos ha llevado a poder entender (hasta cierto punto) como Selene se mueve en el cielo nocturno ayudando a los hombres cuando su hermano descansa. Seguimos enamorados de la diosa.
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Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas
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