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Opinión | RETIRO LO ESCRITO

Venezuela y Cuba

Cada día puedes encontrar prosas –y no solamente argumentos– congeladas en el tiempo. En El País no es particularmente difícil encontrarlas. Leo en una crónica sobre las actuales relaciones entre Estados Unidos y Cuba que las noches en la isla son de una oscuridad impenetrable «por el embargo petrolero al que Trump tiene sometida la isla2. ¡El embargo! ¡En 2026! Veo que el chiquillo que firma la pieza lo hace desde Washington. Al menos, es cierto, no usa la locución «bloqueo». Pero Cuba no está sin electricidad por ningún maldito embargo yanqui. Durante un cuarto de siglo la Venezuela chavista proporcionó a Cuba petróleo y derivados a precios preferenciales. Ni siquiera se aprovechó un periodo tan prolongado para mejorar las reservas, modernizar la escuálida industria petroquímica cubana o reponer la arcaica red de distribución eléctrica. Tampoco el pulmón del petróleo mexicano (mucho más modesto) sirvió para nada de lo mencionado. No es que el embargo norteamericano no haya tenido impacto en los recursos energéticos de Cuba, pero la decisión de sumarse al bloque soviético, la indiferencia milagrera ante la obsolescencia tecnológica y logística creciente y el incremento del gasto militar (llegó a los 1.370 millones de dólares en 1989, más del 9% del PIB real) han tenido una importancia capital en esta catástrofe. Desde hace una década los apagones eléctricos en las principales ciudades ciudades han sido cada vez más frecuentes. Ya antes de la caída de Nicolás Maduro barrios populares de La Habana se quedaban sin electricidad durante muchas horas del día y de la noche.

El director de la CIA ya se reúne tranquilamente en Cuba y habla desde ahí, literalmente, de aumentar la presencia de su agencia en la isla. Es lo mismo que ver en Caracas a Diosdado Cabello reunirse con generales estadounidenses entre sonrisas y golpecitos en la espalda. La revolución chavista fue desde el primer minuto una farsa sangrienta, estúpida, cínica y ruinosa. Precisamente al ser una completa astracanada, basada en una organización básicamente corrupta y criminal, ha sido muy fácil, inicialmente, encomendarles desde Washington el papel de virreyes a los hermanos Rodríguez y dejar intacto al generalato y a los servicios de inteligencia: basta con seguir permitiéndole sus coimas y negociejos. Los terremotos de junio arruinaron el espejismo. Delcy y Jorge Rodríguez carecen de la mínima solvencia para gestionar los intereses del país –garantizando cierta eficacia técnico–administrativa y un simulacro de paz social– y la situación no puede prolongarse indefinidamente. El país está roto, arruinado, fragmentado, con un régimen que solo es una huida hacia adelante y una alternativa que solo es una ausencia charlatana. Finalmente el próximo año Marco Rubio acelerará las cosas y se celebrarán elecciones: antes las tutelaban los chavistas para que no saliera nada malo o erróneo de las urnas, ahora lo hará e Departamento de Estado. Al final tendrán que tragarse a María Corina Machado. Una María Corina Machado desacreditada, orbitada por oportunistas, coimeros y malandros, casi secuestrada por su propio núcleo duro de asesores e incapaz definir un proyecto político y constitucional para la República. Y la industria petrolera venezolana sufrirá una autonomía pública aun más débil y prostituida que antes de 1974, cuando fue nacionalizada por Carlos Andrés Pérez.

La situación en Cuba deviene mucho más preocupante. Porque la dictadura castrista sí es un auténtico régimen político que ha sabido sobrevivir a crisis recurrentes externas y externas durante más de sesenta años. Como en otras dictaduras con vocación de eternidad totalitaria la sociedad cubana ha terminado mimetizando al régimen político, no al contrario, y todo es castrismo, incluso el anticastrismo: el lenguaje político, el papel concedido a la ley y la supremacía de los reglamentos, la ineficacia y el orden vertical de la administración, el miedo, la hipocresía, la abulia, el patrioterismo. Patria o muerte, proclamaba Fidel, pero lo que ofreció realmente fue una larguísima agonía que aún no ha acabado y puede acabar empapada en sangre. n

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