Opinión | Observatorio
Tiempo de cambios

La inteligencia artificial presenta múltiples ventajas / Shutterstock
Pocas generaciones han vivido una época de transformaciones tan rápidas como la nuestra. La tecnología avanza a un ritmo difícil de imaginar hace apenas unas décadas, la inteligencia artificial comienza a modificar la manera en que trabajamos, aprendemos y nos comunicamos, mientras los cambios económicos, demográficos y culturales alteran profundamente las estructuras sobre las que se construyeron las sociedades contemporáneas. Nos encontramos en un tiempo de transición cuyo alcance probablemente solo comprenderemos cuando podamos observarlo con la perspectiva que ofrece el paso de los años.
Sin embargo, los grandes cambios históricos rara vez son percibidos con claridad por quienes los están viviendo. Cada generación tiende a considerar normales las transformaciones que experimenta y extraordinarias las de épocas anteriores. Solo más tarde comprendemos que determinadas innovaciones no fueron simples avances técnicos, sino auténticos cambios de civilización.
La imprenta, la Revolución Industrial o la llegada de internet modificaron mucho más que nuestras herramientas; transformaron la manera de pensar, de relacionarnos y de entender el mundo. Todo parece indicar que nos encontramos nuevamente ante un proceso semejante.
El trabajo será uno de los ámbitos donde estas transformaciones resultarán más visibles. Muchas profesiones desaparecerán, otras surgirán por primera vez y una gran parte de las tareas rutinarias serán realizadas por sistemas automatizados. Esto obligará a replantear no solo la formación académica, sino también el propio significado del empleo. Durante siglos identificamos el trabajo con la producción material, pero, en el futuro, probablemente adquieran un valor creciente aquellas capacidades que resultan más difícilmente sustituibles, como la creatividad, el juicio crítico, la empatía y la comprensión profunda de la condición humana.
También cambiarán nuestras relaciones personales. Vivimos cada vez más conectados y, paradójicamente, muchas personas experimentan una creciente sensación de aislamiento. Las tecnologías continuarán facilitando el contacto inmediato, pero ninguna innovación podrá sustituir completamente la presencia, la conversación o el encuentro humano.
El verdadero desafío no consistirá en comunicarnos más, sino en aprender a relacionarnos mejor en un entorno donde la interacción digital ocupa un espacio cada vez mayor.
La educación tampoco permanecerá al margen de esta transformación. Memorizar información dejará de ser el objetivo principal cuando el conocimiento pueda consultarse de forma casi instantánea, el reto consistirá en enseñar a interpretar, seleccionar y comprender esa información. Saber pensar será mucho más importante que acumular datos y es que en un mundo saturado de respuestas, la capacidad para formular buenas preguntas adquirirá un valor extraordinario.
Otro cambio afectará a nuestra forma de comprender la identidad. Durante mucho tiempo definimos a las personas por su profesión, su posición social o su pertenencia a determinadas comunidades, no obstante, las trayectorias vitales serán cada vez menos lineales. Cambiaremos de ocupación varias veces a lo largo de la vida, aprenderemos continuamente nuevas habilidades y probablemente tendremos que reconstruir nuestra identidad en más de una ocasión. La flexibilidad dejará de ser una ventaja para convertirse en una necesidad.
Al mismo tiempo, surgirán importantes interrogantes éticos. La inteligencia artificial, la ingeniería genética, la automatización o el manejo masivo de datos abrirán posibilidades extraordinarias, pero también plantearán dilemas que ninguna tecnología podrá resolver por sí sola. La pregunta decisiva dejará de ser qué podemos hacer y pasará a ser qué deberíamos hacer. El progreso científico necesitará ir acompañado de una reflexión ética capaz de orientar su desarrollo al servicio de la persona.
Quizá el cambio más profundo, sin embargo, sea de naturaleza cultural, durante mucho tiempo hemos vivido convencidos de que el crecimiento económico y el progreso tecnológico bastaban para garantizar una sociedad mejor. Cada vez resulta más evidente que ninguna innovación puede sustituir valores como la responsabilidad, la solidaridad, la honestidad o el sentido del bien común. Las herramientas cambian con enorme rapidez; la naturaleza humana, en cambio, continúa enfrentándose a las mismas preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida, la libertad, el sufrimiento o la felicidad.
Frente a esta incertidumbre, es comprensible sentir temor. Todo cambio importante implica abandonar certezas y aprender a desenvolverse en escenarios desconocidos, aunque también representa una oportunidad para revisar muchas de las ideas que dábamos por incuestionables. Cada época obliga a redefinir qué significa vivir bien, educar correctamente o construir una sociedad verdaderamente humana.
Estamos entrando en una nueva etapa de la historia en la que casi todo cambiará más deprisa de lo que imaginamos, cambiarán nuestras profesiones, nuestras formas de aprender, de comunicarnos y de producir conocimiento; pero precisamente por eso será más importante conservar aquello que no debería cambiar nunca, esto es, la capacidad de pensar con libertad, de actuar con responsabilidad y de reconocer la dignidad de cada ser humano.
En tiempos de grandes transformaciones, esos principios constituyen el mejor punto de apoyo para afrontar un futuro que ya ha comenzado.
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