Opinión | Análisis
Pedro Alfonso
Un trabajo del que sentirse orgulloso

Jóvenes trabajan en las instalaciones del Parque Científico y Tecnológico de Cuevas Blancas, en Santa Cruz. | ARTURO JIMÉNEZ
Pregúntele a cualquiera a qué se dedica y observe lo que ocurre en su rostro. Quien tiene un trabajo del que se siente parte se yergue un poco, sostiene la mirada, cuenta.
Quien no lo tiene baja la voz. En esa diferencia mínima –un gesto, un segundo– se juega algo enorme: la idea que una persona tiene de su propio valor. El trabajo nunca fue solo un salario a fin de mes. Es el lugar donde uno se vuelve alguien, donde deja de recibir por recibir y empieza a aportar, donde puede mirar a sus hijos y decirles, sin palabras, que la vida que llevan la ha levantado él o ella.
Por eso deberíamos hacernos todos una pregunta sincera. A esa persona joven de dieciocho años que en cualquier barrio de Tenerife decide hoy qué quiere ser, ¿qué le estamos ofreciendo de verdad? ¿La posibilidad de decir mañana que tiene un trabajo con el que sostiene a los suyos y ante el que se abre un futuro? ¿O la de conseguir una prestación con la que, apenas, sobrevivir?
Dicho así, nadie duda. Nadie elige sobrevivir cuando puede vivir. Y, sin embargo, hemos construido un país donde, para demasiada gente, la segunda opción es la única que tiene a mano. No porque falten personas dispuestas a esforzarse –las hay, y muchas–, sino porque hemos dejado que se estreche el terreno donde el esfuerzo da fruto.
Conviene ser exactos sobre por qué una persona no llega a fin de mes con lo que gana. No es porque su trabajo sea indigno: ningún trabajo honrado lo es. Es porque su actividad genera poco valor y, por tanto, poca renta; o porque se ve empujada a la economía sumergida, sin derechos, sin cotización y sin mañana; o porque solo le ofrecen unas horas sueltas cuando necesita una jornada entera. El problema nunca fue el trabajo. Es que tenemos demasiada actividad de bajo valor y demasiado empleo en la sombra. Y de ahí no se sale bajando sueldos, sino elevando el valor de lo que hacemos, que es la única forma honesta y sostenible de que suban.
Los números ponen rostro a ese estrechamiento. En Canarias, el 15,9% de los jóvenes de 18 a 24 años abandonó los estudios sin terminar la secundaria en 2025; entre los varones, casi uno de cada cinco. Miles de chicos que se descuelgan de las aulas y del trabajo a la vez, y que pronto dejan incluso de buscarlo. No es pereza. Es algo más hondo y más triste: han aprendido, demasiado jóvenes, que su esfuerzo no cambia nada. Cuando alguien interioriza eso, no pierde un empleo. Pierde el sentido.
A ese desánimo se suma, a veces, una red de protección mal calibrada que, en lugar de impulsar, retiene. Las evaluaciones independientes lo han medido sin rodeos: tal como está diseñado hoy, el ingreso mínimo reduce la probabilidad de que quien lo cobra dé el paso hacia un empleo. No porque esas personas se acomoden, sino porque el propio mecanismo castiga a quien lo intenta. Es una trampa. Y las trampas no las tiende quien cae en ellas.
Aquí está lo que de verdad importa, y no cabe en ninguna estadística. Una sociedad que sustituye trabajo por subsidio no solo le pide al Estado más de lo que ningún Estado resiste –más gasto, menos ingresos, una factura que pagarán nuestros hijos–. Hace algo peor: le dice, en voz baja, a una parte creciente de su gente que no la necesita. Y no hay prestación, por generosa que sea, que repare el daño de sentirse prescindible. Ese es el precio que no figura en ningún presupuesto: vidas enteras a las que hemos enseñado a conformarse.
Las empresas no somos ajenas a esto, ni somos el problema que a veces se nos pinta. Somos, sencillamente, quienes podemos crear la única salida real: trabajo que merezca ese nombre. Trabajo que forme a quien lo desempeña, que pague lo que produce, que abra una carrera en vez de un callejón. Nadie conoce mejor lo que necesita el tejido productivo que quien lo sostiene cada día, y ninguna política de empleo funcionará de espaldas a esa experiencia. Nuestra misión es elevar el valor de lo que Canarias produce, para que trabajar aquí vuelva a compensar siempre, y sin excepción, más que no hacerlo. Aquel joven que hoy deja las aulas puede ser mañana un profesional del que dependan otros, si encuentra una empresa que confíe en él y una formación conectada con el empleo de verdad.
Por eso la pregunta del principio no es para aquel joven. Es para nosotros. Podemos seguir administrando la supervivencia de nuestra gente, con eficiencia y con lástima, o podemos devolverle lo que ninguna ayuda le dará jamás: la posibilidad de mirarse por dentro y sentirse orgullosa de lo que hace. Lo primero se mide en euros. Lo segundo es lo único que, al final, sostiene a un pueblo.
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