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Opinión | Observatorio

José Miguel González Hernández

Reflexiones

Panorámica de una de las playas de Arico, municipio que carece de servicio de socorrismo en sus zonas de baño.

Panorámica de una de las playas de Arico, municipio que carece de servicio de socorrismo en sus zonas de baño. / María Pisaca / MARIA PISACA

Ahora que el verano invita a reducir el ritmo, a tomar distancia de la rutina y a disponer de más tiempo para la reflexión, quizá convenga hacerse preguntas para volver, no solo con las pilas bien cargadas, sino para regresar siendo mejores personas. Ahí van los temas:

El efecto de nuestras decisiones.

La respuesta rara vez será absoluta. Habrá ocasiones en las que priorizar nuestro interés sea perfectamente legítimo y otras en las que un pequeño gesto de consideración hacia los demás tenga un impacto mucho mayor del que imaginamos. De hecho, rara vez analizamos con suficiente profundidad que tener una razón para actuar no equivale necesariamente a actuar correctamente. En una sociedad acostumbrada a justificar cualquier decisión apelando a la libertad individual, a la rentabilidad económica o a las circunstancias personales, corremos el riesgo de olvidar que nuestras decisiones casi nunca afectan únicamente a quien las toma. En economía, como en la vida, toda elección genera consecuencias, y esas consecuencias suelen extenderse mucho más allá de nuestro ámbito personal. De hecho, basta con encontrar una explicación coherente, una motivación razonable o un beneficio individual para cerrar cualquier debate a no ser que, como efecto solidario, se incorpore parte de esos costes al proceso de decisión. Y ahí va la pregunta: ¿Defiende siempre tener la razón, cueste lo que cueste?

La diferencia entre tener y ser.

Los que pintamos canas podemos recordar un anuncio de relojes que convierten el tiempo en símbolo de estatus donde la narrativa no se centraba en la precisión mecánica ni en el valor material del objeto, sino en la idea de identidad personal. Si dicha reflexión publicitaria la relacionamos con lo que Erich Fromm (1900-1980) comentaba en su libro Tener o ser, este plantea una distinción radical entre dos modos de existencia donde el problema no es solo qué consumimos, sino si nuestra identidad depende de lo que poseemos. Desde la perspectiva del análisis económico que relacione fiscalidad con riqueza, cuando la presión fiscal y la estructura de incentivos empujan hacia la mera supervivencia o la maximización de ingresos, la dimensión del ‘ser’ queda comprimida mientras que, cuando permiten estabilidad, tiempo y seguridad, se amplía el margen para decisiones vitales menos condicionadas por la acumulación.

A partir de la evidencia comparada, se observa que la evolución de los ingresos netos de nuestros hogares ha estado condicionada por la recuperación de los salarios reales tras el episodio inflacionario tras la pandemia y los diferentes conflictos geopolíticos. Llegados a este punto, se percibe que Canarias soporta una presión fiscal sobre el trabajo que, ajustada por su nivel de renta, resulta excesiva en comparación con su capacidad económica. Para corregir esta situación, sería necesario ajustarla para alcanzar una posición de neutralidad respecto a España. Solo mediante una estrategia de este tipo se podría alinear la estructura fiscal con la realidad productiva del archipiélago y favorecer un proceso sostenido de convergencia económica. Y ahí va la pregunta: ¿cuánto dinero al mes debería tener para vivir con cierta tranquilidad?

El papel de la incertidumbre.

La gestión de la economía en contextos de incertidumbre constituye uno de los principales desafíos a los que se enfrentan actualmente las administraciones públicas, las empresas y las familias. Es cierto que antes no sucedía, pero en estos momentos la incertidumbre no es una anomalía temporal ni una circunstancia excepcional, sino una característica cada vez más habitual del entorno económico. Las crisis geopolíticas, la inflación, los cambios tecnológicos, la transición energética, las alteraciones en las cadenas de suministro y las transformaciones demográficas configuran un escenario en el que tomar decisiones resulta cada vez más complejo sabiendo que gestionar no ha de identificarse con la adivinación del futuro. Las previsiones son necesarias, pero ninguna previsión puede eliminar por completo la incertidumbre. Por ello, la verdadera capacidad de gestión debe medirse también por la capacidad de adaptación ante escenarios que no habían sido previstos donde la prudencia no debe confundirse con la parálisis. En determinados momentos, no tomar decisiones puede generar costes mayores que actuar. La clave está en mantener un equilibrio entre la estabilidad y la capacidad de intervención. Y ahí va la pregunta: ¿Cómo le afecta y gestiona lo incierto?

Mercado de trabajo y formación.

Canarias ha experimentado una evolución positiva del empleo en los últimos años, reduciendo progresivamente la distancia que la separaba del conjunto del Estado. La tasa de empleo se sitúa ya relativamente cerca de la media nacional. Sin embargo, esta mejora no ha permitido resolver uno de los principales problemas estructurales del mercado de trabajo canario como es la elevada tasa de paro, que continúa varios puntos por encima de la media española.

Los datos muestran también que la creación de empleo no se está trasladando plenamente a una mejora equivalente de las condiciones de vida. Canarias mantiene menores niveles de renta, una mayor proporción de hogares con baja intensidad laboral y un riesgo de pobreza y exclusión social superior al promedio nacional. A ello se suma el elevado abandono educativo temprano y la menor presencia de población con estudios superiores, factores que pueden limitar el acceso a empleos cualificados. El reto, por tanto, no consiste únicamente en aumentar el número de personas ocupadas, sino en favorecer empleos más productivos, cualificados y mejor remunerados. Y ahí va la pregunta: ¿Qué subiría antes, la productividad o el salario?

La eficiencia del tiempo.

La eficiencia puede ser una forma de aprender, de mejorar y también de disfrutar. Hay algo estimulante en descubrir que podemos hacer mejor aquello que hacemos cada día a través del aprovechamiento el tiempo donde la verdadera eficiencia consiste en detenerse, observar y preguntarse si existe una manera mejor de utilizar lo que tenemos.

Quizá por eso la eficiencia no debería presentarse únicamente como una obligación o una renuncia, sino también como un reto. Un pequeño desafío cotidiano que nos invita a experimentar, comparar y mejorar. Porque cuando conseguimos liberar tiempo, reducir el desperdicio o aprovechar mejor nuestros recursos, no estamos necesariamente viviendo con menos, sino aprendiendo a elegir mejor. Y si ser eficientes nos permite disponer de más tiempo, más posibilidades y más libertad, Y ahí va la última pregunta: ¿Cómo hacer las cosas bien sin que parezca un sacrificio?

En definitiva, tómese su tiempo y responda sin presión a cada una de las cuestiones y a ver qué sale. Feliz verano. Nos vemos en septiembre.

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