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Opinión | Politikón

El poder de la intimidad

Las estudiantes del primer curso de coordinadores de intimidad de la ESCAC durante una de las clases

Las estudiantes del primer curso de coordinadores de intimidad de la ESCAC durante una de las clases / / Elisenda Pons

Me gusta decir que el halo de la intimidad es mágico. Realmente tendemos a asociar la intimidad a la pareja, aunque este concepto tiene un nivel mucho más potente. Este sentimiento trasciende al nivel clásico o conocido, para llegar a la relación que se establece entre un candidato y su ciudadanía, los vínculos de un equipo de trabajo entre las personas que lo forman, la relación con tus superiores jerárquicos, o las relaciones de amistad y familiares que mantienes.

La intimidad, en la actualidad, parece que se esfumó, y por ello hemos generalizado que nuestros aros de relación son muy abiertos… Esta interpretación nos lleva a relacionarnos de una forma diferente, básicamente con una menor protección sobre el concepto de intimidad, así como con una mayor exposición con respecto a las decepciones o expectativas que ponemos en las otras personas. Me encanta decir que debemos de establecer aros de confianza y conexión a diferentes niveles; realmente eso es una manera de relacionarse más honesta y natural. Digamos que más ordenada y, por lo tanto, más equilibrada. Me gusta usar un símil muy cercano; habitualmente, en tu casa no recibes a tus invitados en el dormitorio, salvo que tengas un alto punto de intimidad. Los recibes en otras estancias, porque intentas proteger ese lugar al que solo acceden personas elegidas o en circunstancias particulares. Pues un poco así es la vida con nuestras relaciones. Si abrimos todas las estancias por igual para todas las personas, perdemos nuestra intimidad y conexión. ¿Y sabes qué es lo que nos puede ocurrir? Que no le demos valor a las personas que verdaderamente están.

Me gusta que tu objetivo sea que «esas personas, especiales para cada uno de nosotros, se sientan especiales».

Algo similar nos ocurre como candidatos y candidatas cuando nuestro despliegue público no es distintivo; se convierte en un despliegue frío y alejado de cualquier conexión. Las personas necesitan nuestro tiempo y atención; una parada, un gesto, una mirada a los ojos, una sonrisa, una caricia. Poder transmitir el sentimiento de que se para el mundo, porque tienes ahora a esa persona contigo, se convierte en tu desafío. Da igual que sea un minuto, 30 segundos, o dos horas… Todavía recuerdo, hace ya unos años, una jefa de gabinete de un alcalde con la que me crucé en plenas aglomeraciones de Semana Santa; fueron solo unos segundos, me miró y me apretó su mano con la mía… No sé si fue su fuerza o conexión, pero me dejó huella. Su honestidad y apoyo fue capaz de transmitirlo con este gesto.

La intimidad es esa sensación de protección y confianza que sentimos en nuestra relación con otra persona.  Me gusta porque es anónima, solo pueden sentirla dos personas al margen del resto. Esa sensación de “estoy para ti” y, además, nadie lo sabe. Ese sentimiento de intimidad es comparable al mayor índice de libertad que una persona puede poseer… Si lo vendemos o cedemos a cualquier precio perdemos el valor de nuestro equilibrio, ya que nos extralimitaremos.

Piensa que la esfera de la intimidad está presente en un lugar público, privado, o frente a la multitud, porque no hay nada más maravilloso que ese acompañamiento íntimo y silencioso entre dos personas, ausente de luz pública pero acompañado de muchísima luz interior.

Me gusta decir que la vulnerabilidad seduce, que los tímidos ganan elecciones, porque atraen desde el interés, desde desear conocer más sobre esa persona, básicamente porque su concepto de la intimidad es mucho más atractivo. Querer gustar y agradar de forma sistemática diluye nuestra esencia, llevándonos a esa política popular de la que una gran parte de la ciudadanía huye.

Preservar tu intimidad, establecer límites, y seleccionar a quién le ofreces tu parte más personal es parte del éxito.

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