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Opinión | Claroscuro

Cuando no lo sabíamos todo

Imagen de la película "El mismo amor, la misma lluvia".

Imagen de la película "El mismo amor, la misma lluvia". / El Día

Al final de la infancia y comienzos de la adolescencia, muchos sábados transcurrían en el cine Aguere. Nuestros padres nos daban dinero para una entrada y un perrito caliente y nos dejaban allí toda la tarde. Le echábamos un ojo a la cartelera, decidíamos qué película ver. No teníamos demasiadas opciones: había cuatro salas, tenía que ser una película apta para nuestra edad y, si era posible, que no hubiéramos visto ya. Una vez sorteados esos obstáculos, entrábamos sin saber si la historia nos iba a entusiasmar o si saldríamos pensando que habíamos desperdiciado la tarde. Daba igual. Lo único que importaba entonces era estar fuera del radar de los padres, creernos mayores durante unas horas.

Hoy los cines que han sobrevivido son grandes multicines y tenemos plataformas que nos permiten ver casi cualquier película o serie en el momento que queramos. Sin embargo, el miedo a perder el tiempo hace que rara vez compremos una entrada o pulsemos el botón de reproducir sin haber leído antes unas cuantas reseñas o consultado su puntuación. Ocurre igual antes de comprar un libro o de entrar a un restaurante. Necesitamos la validación de desconocidos antes de decidirnos a disfrutar de algo.

Resulta paradójico que nos hayamos tenido que acostumbrar a tolerar las grandes incertidumbres que implica vivir en un mundo tan interconectado e inestable como el actual y que, al mismo tiempo, hagamos todo lo posible por tener bajo control pequeñas acciones cotidianas. Nos cuesta aceptar que una película pueda ser mediocre o que una novela no nos entusiasme. Y todo porque asociamos perder el tiempo con equivocarnos y no con una oportunidad para sorprendernos.

En el cine Aguere vi Entrevista con el vampiro, Las normas de la casa de la sidra y El mismo amor, la misma lluvia. Con la primera me obsesioné y tuve pesadillas. La segunda me aburrió profundamente. La tercera la vi con mi tía. La proyección se interrumpió a la mitad por una avería. Tuvimos que esperar unos minutos a que la solucionaran y, cuando por fin continuó, se había inaugurado, sin que yo lo supiera entonces, mi devoción por Ricardo Darín.

No hay duda de que resulta más práctico ir a tiro hecho y consumir aquello que sabemos que nos va a gustar. Pero ¿cómo formamos nuestros gustos? ¿Solo disfrutamos de aquello que se parece a lo que ya conocemos? Muchas de las cosas que hoy son parte de nosotros no las elegimos; el encuentro se dio por casualidad y, a veces, a fuerza de repetirse.

Hoy permitimos que el algoritmo influya cada vez más en nuestras decisiones. Analiza nuestras preferencias y nos propone nuevas películas, libros o canciones, pero esa comodidad hace que, casi sin darnos cuenta, nos movamos siempre dentro de la misma zona de confort. Una zona de confort que se basa en nuestro pasado, no en los futuros posibles. ¿Y qué ocurre con todo lo que queda fuera? ¿Con aquello que podría entusiasmarnos pero que nunca aparecerá entre las recomendaciones? ¿Cuántos libros que nos obligaron a leer en el colegio o cuántas canciones que sonaban en casa porque las escuchaban nuestros padres han terminado formando parte de nuestra identidad? ¿Sabemos qué nos gusta si dejamos de conocer lo que no nos gusta?

Cuando desconocemos lo que va a ocurrir, aumentamos la atención y la capacidad de adaptación. Construimos nuevas respuestas. Lo hacemos cuando nos cogemos unos días libres y cambiamos de paisaje. Pero también cuando entramos en una librería sin referencias previas, cuando escogemos un restaurante del que nadie nos ha hablado o cuando dejamos de reservar hasta para desayunar.

Improvisar no solo es una necesidad cuando los planes salen mal. También es una oportunidad para mantener activas nuestras conexiones neuronales y favorecer nuestra capacidad de adaptación. La improvisación obliga al cerebro a salir de los caminos conocidos. Y es en esos pequeños espacios de incertidumbre y exploración donde aparece, de repente, algo que no estábamos buscando.

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