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Opinión | Otro sí

No hay báscula que mida el mejor libro de una vida

Unas jóvenes seleccionando libros.

Unas jóvenes seleccionando libros. / E. D.

Una vez me preguntaron cuál era mi libro preferido. Desde que empecé a leer la serie blanca de Barco de Vapor, todos me parecían los mejores libros de mi vida. Desde La bruja Mon y El Pampinoplas, hasta El pirata garrapata o Fray Perico y su borrico, todo era una aventura apasionante que te llevaban a historias impensables que surcaban la magia de los libros. Desde muy pequeño empecé a ver en los libros una forma de interpretar las cosas con más empatía. Ir a la librería para ver los nuevos libros de Elige tu propia aventura era una pasada. Recuerdo que estaba escrita en segunda persona, para que el lector asumiera el papel del protagonista y, por lo tanto, tomara decisiones que determinaban la trama. Preguntar a alguien cuál es el mejor libro que ha leído es, en el fondo, una pequeña crueldad disfrazada de curiosidad. Elegir el mejor libro es un ejercicio complejo porque exige comparar cosas que no se parecen en nada. ¿Cómo se mide un libro que te cambió la vida a los diecisiete años frente a otro que te sostuvo, literalmente, durante mal de amores? ¿Cómo se pesa la prosa contra la trama, la emoción contra la técnica, el libro que leíste en la playa de El Médano contra el que leíste cuando buscabas trabajo? No hay báscula para eso. Si me ponen contra la pared con esa pregunta que tanto detesto, y con permiso de García Márquez, creo que Sostiene Pereira, la obra maravillosa de Antonio Tabucchi. Y lo curioso es que no tiene la trama más deslumbrante. Sin embargo, recuerdo hasta el olor del Café Orquídea, donde tenía la costumbre casi ritual de pedir siempre una omelette de hierbas aromáticas acompañada de limonada. También qué sentiría Monteiro Rossi, el joven que se presenta a Pereira para escribir necrológicas anticipadas de escritores todavía vivos, y que termina siendo el detonante silencioso de toda la transformación del periodista. No es excesivamente brillante, pero tiene algo que atrapa al lector y lo sumerge en el periodismo tradicional, el de máquina de escribir y de las noticias en el lugar; el de preguntar directamente a las fuentes. Sostiene Pereira es un acto de valentía en dictadura y una oda a la necesidad de cambiar por una buena causa. Es de esos libros que uno desearía no haber leído todavía, solo por el placer intacto de descubrirlos por primera vez. Hay una envidia sana, casi física, hacia el lector que abre Sostiene Pereira sin saber lo que le espera, que todavía no conoce el peso de esa estructura hipnótica ni el momento exacto en que el personaje empieza a cambiar sin que él mismo se dé cuenta. Y tal vez elijo este libro más que cualquier otro porque el silencio también ha sido, durante mucho tiempo, una forma de sobrevivir. Aquí, a veces, es difícil saber el momento exacto en que hay que dejar lo cómodo para empezar a buscar lo justo. Pereira no es un héroe. Es un funcionario del lenguaje que un día decide que las palabras también pueden ser una forma de resistencia. Esa idea, la de que nunca es tarde para dejar de ignorar lo que pasa, me acompaña desde que cerré ese libro por primera vez. No hay báscula que mida el mejor libro de una vida.

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