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Opinión | Retiro lo escrito

Capitalidades

La alcaldesa, Carolina Darias.

La alcaldesa, Carolina Darias.

Cualquier proyecto para conseguir que una ciudad como Las Palmas de Gran Canaria sea declarada capital europea de la cultura demanda una reflexión previa. No una reflexión en el pleno municipal, sino un proceso de meditación y análisis abierto a la sociedad civil. Por supuesto, no suele ocurrir. Estas cosas se le ocurren a un alcalde al que un asesor medio dormido se lo comenta y queda encantado pensando en el bello penacho con el que podrá adornar su histórico alguacilazgo. Esto se remonta a los años de más Augusto que Hidalgo como alcalde. La herencia del hoy vicepresidente del Cabildo de Gran Canaria consistió en una combinación insoportable entre trivialidad y grandilocuencia mientras seguían degradándose año a año los servicios públicos. El proyecto – como toda la desastrosa gestión anterior – lo heredó Carolina Darias, quien finalmente presentó la candidatura en las últimas semanas del pasado año. ¿Necesitaba Las Palmas de Gran Canaria esta capitalidad reconocida por la UE?

Si ustedes me permiten, lo que necesita urgentemente Las Palmas de Gran Canaria, al igual que ocurre con Santa Cruz de Tenerife, es diseñar y desarrollar políticas públicas en materia cultural sólidas, sistemáticas, socialmente eficientes y eficaces, desde un concepto de la gestión cultural a la vez altamente profesionalizada y verdaderamente abierto al complejo e inestable sector cultural urbano. Necesita afrontar objetivos tan elementales – a veces en colaboración con otras administraciones públicas - como organizar circuitos estables de espectáculos teatrales y musicales, programar racionalmente para evitar superposiciones en la oferta, ordenar las ayudas al sector y transparentar las mismas, firmar convenios de colaboración, buscar fórmulas de apoyo fiscal para recintos teatrales o galerías de arte, simplificar trámites burocráticos, fiscalizar y revisar la rentabilidad sociocultural de todos los programas. Pondré un ejemplo no impulsado por el gobierno municipal: el programa Mapas, ‘encuentro profesional internacional de artes en viv’, cuyo gasto presupuestado más o menos exacto no conoce absolutamente nadie, salvo quizás, su director, José Luis Rivero, a su vez director artístico del Auditorio de Tenerife desde hace más de un cuarto de siglo, quien no informa al respecto ni mu. Y no, no intente buscarlo en ninguna página web. Tampoco encontrará la cantidad final que se gastó el equipo de Darias en los carnavales de este año, aunque se sabe que superó los 9 millones de euros: un 30% del presupuesto de la Concejalía de Cultura en 2025. No estaría mal establecer reglamentariamente que ninguna productora (por ejemplo) pudiera optar a más de un 20% de los fondos para programas culturales de una administración pública. En definitiva, lo que demanda Las Palmas, como Santa Cruz, como todas las capitales insulares, como Canarias en su conjunto, es que la política cultural como estrategia política y gestión de recursos se tome tan en serio como cualquier política pública, sin improvisaciones, sin reinos de taifas, sin oscuridades, sin ignorancia atrabiliaria, sin aprovechados ni chafarmejas. Entonces sería útil y rentable y un aprendizaje provechoso asumir una capitalidad cultural. Ahora no. Ahora si el ayuntamiento lo consiguiera la pasta se fundiría en una traca de fuegos de artificios y el uno de enero de 2032 nos despertaríamos sentados, sin zapatitos de cristal en los pies polvorientos y agitando un palo sobre una calabaza.

Por el momento lo que tenemos es un manifiesto donde se apoya todo lo bueno y se abomina de todo lo malo y un documento estratégico trufado de tantos nobles objetivos como lugares comunes, aunque peores exhibiciones retóricas se han visto. Ah, por supuesto, también una oficina pintipirada con un director técnico que, obviamente, no es de Las Palmas, ni siquiera canario, y ni falta que le hace para babear groserías en una reunión pública sobre los artistas de la ciudad que, según explicó, no saben estar a la altura. Por supuesto, tampoco sabemos lo que gana. ¿El viaje a El Hierro el otro día se lo pagó de su bolsillo? Ah, los godos. Tantos años después son como las meigas: habelos, hainos.

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