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Opinión | Gato de Cheshire

El espejo que siempre culpamos

Corinna

Corinna / El Día

Pocas cosas resultan tan difíciles como conocerse a uno mismo, todos creemos tener una imagen razonablemente objetiva de quiénes somos, de nuestras virtudes y de nuestros defectos, sin embargo, gran parte de nuestra vida psicológica permanece oculta incluso para nosotros. Lo que no aceptamos de nuestro propio mundo interior suele buscar una salida, y con frecuencia la encuentra en la forma en que interpretamos a los demás. Por eso, muchas veces, aquello que más nos molesta de otras personas dice tanto sobre nosotros como sobre ellas.

Vivimos convencidos de que observamos la realidad con claridad, creemos que nuestras opiniones nacen exclusivamente de los hechos y que nuestros juicios responden a una valoración imparcial, ahora bien, la mente humana no funciona como un espejo perfectamente transparente. Percibimos el mundo a través de nuestros miedos, nuestras heridas, nuestras inseguridades y nuestras experiencias. La realidad que vemos siempre está filtrada por aquello que llevamos dentro.

Existe un fenómeno psicológico que ha sido descrito desde distintas corrientes del pensamiento y que continúa siendo extraordinariamente actual, la proyección. Consiste, en términos generales, en atribuir a otras personas sentimientos, deseos, defectos o conflictos que nosotros mismos no somos capaces de reconocer. No se trata de una mentira deliberada, ocurre precisamente porque esos aspectos permanecen fuera de nuestra conciencia y vemos en el otro aquello que todavía no hemos aprendido a ver en nosotros mismos.

Quizá por eso algunas reacciones resultan tan desproporcionadas. Existen personas cuya presencia nos irrita intensamente sin que podamos explicar exactamente por qué; determinadas actitudes ajenas despiertan una indignación que parece ir mucho más allá de los hechos. Con frecuencia creemos estar reaccionando únicamente ante el comportamiento del otro cuando, en realidad, también estamos respondiendo a partes de nosotros mismos que permanecen sin resolver.

Esto no significa que toda crítica sea una proyección ni que los problemas siempre se encuentren en quien los observa, existen conductas objetivamente dañinas que deben ser señaladas, pero conviene preguntarse por qué ciertas situaciones nos afectan de una manera especialmente intensa mientras otras apenas alteran nuestro equilibrio. La diferencia no siempre está en el acontecimiento, sino en aquello que ese acontecimiento despierta dentro de nosotros.

La proyección constituye además una forma de protección psicológica, pues resulta menos doloroso identificar nuestros defectos en los demás que reconocerlos como propios. Es más sencillo acusar al otro de orgullo que enfrentarnos a nuestra propia vanidad, denunciar su egoísmo que examinar nuestras propias contradicciones o señalar su intolerancia mientras permanecemos ciegos ante la nuestra. De esta manera preservamos una imagen idealizada de nosotros mismos, aunque el precio sea deformar nuestra percepción de la realidad.

Las consecuencias de este mecanismo van mucho más allá de la vida individual, buena parte de los conflictos familiares, laborales, sociales e incluso políticos se alimentan de proyecciones colectivas. Los grupos humanos también tienden a atribuir a sus adversarios aquellos rasgos que se resisten a reconocer en sí mismos, se condena la manipulación mientras se manipula, se denuncia el fanatismo desde posiciones igualmente fanáticas y se combate la intolerancia recurriendo, en ocasiones, a nuevas formas de intolerancia. La historia demuestra que nadie está completamente a salvo de este fenómeno.

El verdadero crecimiento personal comienza cuando dejamos de preguntar únicamente qué hacen mal los demás y empezamos a preguntarnos qué parte de nuestra reacción nos pertenece. La introspección no elimina automáticamente nuestros conflictos, pero reduce considerablemente el riesgo de proyectarlos sobre quienes nos rodean. Cuanto mejor conocemos nuestro mundo interior, menos necesidad tenemos de convertir a los demás en el escenario donde representar nuestras propias luchas.

Nuestra cultura nos ha acostumbrado a buscar responsables externos para casi todo, las circunstancias, la sociedad, la política o las personas que nos rodean aparecen con frecuencia como la explicación principal de nuestro malestar. Sin negar la influencia de esos factores, conviene recordar que la libertad interior comienza cuando aceptamos que no todo lo que nos perturba procede del exterior. Muchas veces el conflicto ya estaba dentro y simplemente encontró un rostro sobre el que proyectarse.

Un buen comienzo podría consistir en comprender que los demás también funcionan como espejos, algunos reflejan nuestras mejores cualidades, pero otros nos muestran precisamente aquello que todavía no hemos integrado. Lejos de ser una amenaza, ese descubrimiento puede convertirse en una extraordinaria oportunidad de crecimiento. Porque el problema no siempre es el espejo que tenemos delante, en muchas ocasiones, lo que realmente nos incomoda es la imagen que devuelve de nosotros mismos.

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